Esoterismo medieval

1. Introducción

Durante la Edad Media el esoterismo no dejó de caminar más o menos subterráneamente, a pesar de la lucha encarnizada emprendida por el Papado contra todas las herejías. Durante ese dilatado período, hubo gran
número de organizaciones iniciáticas, algunas de las cuales trataban de
mantenerse apartadas de las controversias teológicas, como el
Compañonaje, otras eran francamente anticatólicas y depositarias de
doctrinas heterodoxas. Doctrinas teosóficas de todas clases que se abrevaban en las más diversas fuentes, desempeñaron un gran papel: la Cábala o tradición
hebraica; las doctrinas iluministas, en que reaparecen las antiguas
tradiciones gnósticas; la alquimia y las especulaciones propiamente
herméticas… Las corrientes ocultas de aquel período son aún muy mal
conocidas, particularmente sus relaciones con las doctrinas
orientales: es conocido el papel desempeñado por las Cruzadas sobre el particular. (Sería interesante, en particular, estudiar los vínculos de la tradición
hermética con el simbolismo utilizado por las órdenes de Caballería que
se constituyeron en el momento de aquellas expediciones: los blasones
usan abundantemente colores simbólicos.[1]

2.
Las corporaciones

Entre las múltiples agrupaciones medievales, las más célebres son las Guildas o corporaciones de oficios, en las cuales existían ritos iniciáticos, y cuyos usos se perpetuaron hasta mucho después.

La más sabia de esas Guildas era la de los «Albañiles»[maçons], constructores de los palacios y de las catedrales, adeptos del Arte real que entonces era la arquitectura, y depositarios de antiguos secretos:

«Con
todo derecho puede afirmarse que la geometría esotérica pitagórica se
transmitió desde la antigüedad hasta el siglo XVIII, por un lado a
través de las cofradías de constructores (que a la vez se
transmitieron, de generación en generación, un ritual iniciático en que
la geometría desempeñaba un papel preponderante), y por otro, por la
Magia, por los rosetones de las catedrales y los pentáculos de los
magos» [2]

De esos «Maestros de Obra», de esa masonería operativa, nació la francmasonería especulativa. En cuanto al Compañonaje,
cuyos diferentes «Deberes» rivales se repartían los picapedreros, los
cerrajeros, los carpinteros, y que por lo demás subsiste hoy, numerosas
novelas han popularizado las costumbres: los lazos y el bastón
simbólicos; la «Vuelta a Francia»; los «cayennes», especies de mesones
donde la «Madre» se ocupa del albergue y de la ropa de los compañeros…

El rasgo común de todas
esas Hermandades es la existencia de signos de reconocimiento, de ritos
iniciáticos de afiliación, de tradiciones que llegan a la más remota
antigüedad, algunas de las cuales se encuentran en la Masonería
moderna, como la célebre leyenda de la construcción del Templo de Jerusalén por Hiram.

3.
La leyenda del Grial

El Grial [o Graal] es el vaso sagrado, la copa que,
según la leyenda, sirvió en la Cena, y en la cual
José de Arimatea recogió la sangre y el agua que manaban
de la herida que la lanza del centurión Longino hizo en el costado
de Cristo; parece que el propio José de Arimatea transportó
luego el Grial a Gran Bretaña. Dicho vaso sagrado, que contiene
el «brevaje de la inmortalidad», aparece en gran número
de leyendas medievales relativas a la «Búsqueda del Grial»,
es decir, a la busca de la Sabiduría perdida; todos conocemos la
famosa Mesa Redonda construida por el Rey Arturo, siguiendo los planos
del encantador Merlín, y destinada a recibir el Grial cuando uno
de los doce caballeros llegara a conquistarlo, y lo llevara de Gran Bretaña
a la Armórica. (La copa del Grial fue labrada por los ángeles
en una esmeralda desprendida de la frente de Lucifer cuando éste
cayó; confiado a Adán en el Paraíso terrenal, perdido
después del pecado original, el Grial fue recobrado por Set, que
pudo entrar al Paraíso terrenal, y luego por otros, antes de Cristo.)
La pérdida del Grial es, en suma, la pérdida del Conocimiento,
«perdido», o mejor, oculto y que se trata de volver a encontrar. [3]

En esas tradiciones se entrevé un vínculo
entre el esoterismo cristiano y la tradición céltica, es
decir, druídica: sus orígenes son, por lo demás,
bastante misteriosos. Todas esas leyendas parecen haber sido utilizadas
por gran número de agrupaciones más o menos iniciáticas,
y sin duda también por los albigenses…

Según Henri Martin [4], habría habido también una suerte de Orden de Caballería oculta, la Masenia del Santo Graal, cuyas huellas encontraba en una obra bastante posterior, el Titurel:

«Ya no es en la isla de Bretaña,
sino en Galia, en los confines de España, donde se conserva el Grial. Un
héroe llamado Titurel funda un templo para depositar el santo Vaso
en él, y es el profeta Merlín quien dirige esta construcción
misteriosa, pues fue iniciado por José de Arimatea, en persona en el plano
del Templo por excelencia, del Templo de Salomón. La Caballería
del Graal
se convierte aquí en la Masenia, esto es, en una Francmasonería
ascética, cuyos miembros se llaman Templistas, y aquí puede
verse la intención de unir a un centro común, figurado por ese Templo
ideal, la Orden de los Templarios y las numerosas cofradías de
los constructores
que entonces renuevan la arquitectura del medioevo. Esto
nos permite entrever mucho de lo que podría llamarse la historia subterránea
de aquellos tiempos, mucho más complejos de lo que se cree… [5]»

4.
Los cátaros

Los cátaros (es decir: los «puros»),
llamados también albigenses, porque eran particularmente
numerosos en la región de Albi, son célebres sobre todo
por la encarnizada lucha que la Iglesia y la Realeza emprendieron contra
ellos, exterminándolos por todos los medios. Sus doctrinas, que
se distinguen por su pesimismo, son bien conocidas: llevando al extremo
la doctrina de los dos principios del Bien y del Mal, declaraban que el
universo entero había sido creado por el Príncipe de las
Tinieblas, y de ahí concluían en una moral ascética,
que condenaba el casamiento, la generación, y la vida misma, mala
en sí, puesto que aprisiona el alma luminosa en la materia tenebrosa…
A decir verdad, únicamente los Perfectos estaban sujetos
a estricto ascetismo; en cuanto a los simples Auditores, gozaban
de una moral más suave. Paradójicamente, por lo demás,
esos herejes eran, en cierto sentido, mucho más «optimistas»
que la Iglesia: al hacer de la Tierra el «Reino de Satanás»,
los cátaros excluían el infierno del más allá,
del mundo suprasensible y espiritual; al cabo de los tiempos, todos los
espíritus, luego de pasar por gran número de reencarnaciones,
quedarían salvados, toda la Luz librada de las Tinieblas. La literatura
ocultista atribuyó a los cátaros toda clase de creencias
esotéricas que les eran extrañas. No por eso dejaban de
tener ceremonias y ritos iniciáticos, prácticas diversas
que tenían por finalidad separar el espíritu de este mundo
y librar el alma, cautiva de su cuerpo; algunos hasta querían conseguirlo
bruscamente por la Endura, acto que consistía en dejarse
morir de hambre; pero la mayoría se limitaba a los ritos iniciáticos
propiamente dichos, que permitían alcanzar la iluminación
espiritual por el ascetismo y diversas técnicas que permitían
separar momentáneamente el alma del cuerpo. «Los cátaros
– escribe Aroux – tenían ya en el siglo XII signos de
reconocimiento, santo y seña, y una doctrina astrológica».

La «cruzada» empeñada contra los albigenses
es demasiado conocida para que hablemos de ella. Sin embargo, debe señalarse
que las doctrinas cátaras sobrevivieron a la degollina de sus sacerdotes.
Los Trovadores, que habían demostrado ser auxiliares fervientes
y devotos de la herejía albigense, siguieron propagando en su «gaya
ciencia» las ideas proscritas por la Inquisición. [6]

5. Los Templarios

El esoterismo de los templarios sigue siendo un
enigma. Es conocida la historia de esa famosa Orden, fundada en 1117 para
la protección de los peregrinos en Tierra Santa, cuya regla había
sido establecida por San Bernardo: después de combatir mucho tiempo
a los sarracenos, los templarios debieron por último retirarse
a Siria luego de la reconquista del país por los musulmanes, pero
habían adquiridio gran poderío y riquezas en la cristiandad,
y poseían encomiendas en todos los reinos de Europa. El proceso
intentado por el envidioso Felipe el Hermoso a esos hombres demasiado
influyentes ha sido referido a menudo: todos sabemos de qué manera
el soberano acabó por arrancar al papa Clemente V la condena de
los templarios con la acusación de «renegar de cristo, apostatar,
entregarse a actos de idolatría y a horribles libertinajes en el
curso de ceremonias secretas». Después de un largo proceso
y la disolución de la Orden pronunciada por la Bula papal de 1312,
el Gran Maestro Jacques de Molay y gran número de templarios fueron
quemados vivos en París, en 1314.

¿Tenían los templarios una doctrina secreta y ritos
de iniciación? El problema ha suscitado gran número de interpretaciones;
ciertos historiadores niegan categóricamente la existencia de un
esoterismo templario, y otros, al contrario, no vacilan en hacer derivar
la francmasonería de la Orden mártir. En realidad, bien
parece que los templarios tuvieron un culto secreto y doctrinas reservadas
a los iniciados, y que esas doctrinas heterodoxas les fueron transmitidas
por heréticos musulmanes – quizás los asesinos,
con quienes tuvieron relaciones -, herederos de especulaciones gnósticas.
Pero conocemos muy mal dicho esoterismo, tanto más cuanto que los
documentos seguros faltan casi totalmente. El historiador se ve reducido
a conjeturas, con respecto a las figuras bafométicas (de
bafometo = «inspiración del Espíritu»),
especie de ídolos andróginos, que representan la unión
de los principios masculinos y femeninos, cuyo papel en los rituales secretos
no ha podido ser precisado con suficiente certeza. Aroux, citando a Von
Hammer, hace alusión a «símbolos gnósticos
impresos en un talismán hallado, en el siglo XVII, en la tumba
de un templario, muerto antes de la destrucción de la Orden»,
y asimismo a:

«…dos cofrecillos descubiertos, uno en Borgoña,
el otro en Toscana, sobre los cuales se reconocen esos mismos símbolos,
principalmente la cadena de Eones, representada por la houppe,
las pruebas de fuego y del agua, el falo, el cteis, el toro de
Mitra y la cruz ansada de los egipcios».

Y también a «esos emblemas extraños esculpidos
en la puerta de algunas iglesias, donde parecen querer mostrarse y ocultarse,
a un mismo tiempo, las doctrinas interiores del templo» (por ejemplo,
en lo alto de la puerta principal de la iglesia Saint-Merri se halla un
Bafometo, entre dos ángeles que le echan incienso). Pero
ignoramos casi todo del esoterismo templario, y el historiador debe desconfiar
de las descripciones demasiado precisas que dan ciertos ocultistas de
los misterios practicados por los Caballeros.

6. Dante y el esoterismo

Dante Alighieri (1265-1321) es el más célebre
«iniciado» de la Edad Media: ese gran adversario del papado
parece haber desempeñado un gran papel en las sociedades secretas
de aquel entonces; era, en particular, uno de los jefes de la Fede
Santa,
Orden Tercera de filiación templaria. Y se hizo el intérprete
de dicho esoterismo en su Divina Comedia, que es «una alegoría
metafísico-esotérica, que vela y expone al mismo tiempo
las fases sucesivas por las cuales pasa la conciencia del iniciado para
alcanzar la inmortalidad» [7]

Cada «Cielo» representa un grado
de iniciación: el Infierno representa el mundo profano,
el Purgatorio comprende las pruebas iniciáticas,
y el Cielo es la morada de los Perfectos, en quienes se
hallan reunidos y llevados a su cenit la inteligencia y el amor. En esta
vasta síntesis aparecen toda clase de elementos: doctrinas paganas,
gnósticas, cátaras, árabes, herméticas, etc.
Se encuentran en particular los símbolos más típicos
del hermetismo cristiano: la Cruz, la Rosa, el Águila, la Escala
de las siete artes liberales, el Pelícano que se abre el pecho
para alimentar a su cría (símbolo a la vez del Redentor
del mundo y de la más perfecta humanidad). Es una verdadera máquina
de guerra dirigida contra la Iglesia [8]

7. Alquimistas y cabalistas


Como
hemos podido darnos cuenta, la Edad Media fue una época en que
los cultos secretos y las doctrinas esotéricas proliferaron, propagados
por numerosas organizaciones iniciáticas. Citemos, a ese respecto,
las sociedades secretas que agrupaban a los alquimistas, cuyas
doctrinas y prácticas no dejaron de desarrollarse durante todo
ese período, a pesar de las repetidas condenas de la Iglesia.

También hay que mencionar a los rabinos cabalistas, que
se agruparon en una suerte de escuelas, pequeñas capillas cerradas.
El sentido etimológico de la palabra Cábala es «tradición».
Ese esoterismo hebraico, cuya influencia había de ser tan grande
sobre numerosos pensadores cristianos, tiene remotas raíces en
las doctrinas puramente judaicas y también en las otras tradiciones,
principalmente las ideas gnósticas: las obras de los cabalistas
son una especie de depósito en el que han venido a acumularse los
residuos de los sistemas teosóficos más diversos. Había
una Cábala práctica, suerte de enciclopedia de conocimientos
mágicos de todas clase, junto a diversos procedimientos que permitían
obtener el éxtasis místico, y aun llegar a poner a algunos
sujetos en trances hipnóticos. Pero había sobre todo una
Cábala especulativa, que interpretaba alegóricamente
los textos sagrados, utilizando diversas técnicas de permutación
de letras. (Gematria, Notarikón, Temurah, Teruf), y que
intentaba penetrar los más profundos misterios de la Creación
(Maaseh heresit,«Historia del Génesis») y de
la constitución del Universo (Maaseh Merkabah, «Historia
del carro celestial»). Los dos textos de base de las especulaciones
cabalísticas eran el Sefer( o Sepher) Yetsirah («Libro
de la Formación»), sin duda del siglo VIII, y el Séfer
– ha – Zohar
(«Libro del Esplendor), redactado en
España hacia fines del siglo XIII; esta última obra ejerció,
sobre todo a partir del siglo XVI, considerable influencia sobre casi
todas las doctrinas esotéricas que vieron la luz.

No podemos resumir, siquiera brevemente, el inmenso
cuerpo de doctrinas que forman las especulaciones cabalísticas:
nos permitimos remitir a las obras especializadas (Ver bibliografía).
Sin embargo, he aquí el principio de base, enunciado por J.Boucher [9]:

«Dios puede ser considerado en sí o en
su manifestación. En sí, antes de toda manifestación,
Dios es un ser indefinido, vago, invisible, inaccesible, sin atribución
precisa, parecido a un mar sin orillas, a un abismo sin fondo, a un
fluido sin consistencia, imposible de conocer por ninguna razón,
por consiguiente, de ser representado, sea por una imagen, sea por un
nombre, sea por una letra, ni siquiera por un punto. El menos imperfecto
de los términos que puede emplearse sería el Sin fin,
el Indefinido o Ain Sof, que no tiene límite, o
Ain el No – Existente, el No-ser.

«En cuanto Dios se manifiesta se hace accesible,
cognoscible; se le puede nombrar; y el nombre que se le da se aplica
a cada manifestación o exteriorización de su ser. El Ain
Sof, el Ain
se manifiesta de diez maneras por o en las sefirot
[sephirot]
. Cada una de éstas, la Corona, la Sabiduría,
la Inteligencia, la Gracia, la Fuerza, la Belleza, la Victoria, la Gloria,
el Fundamento y la Realeza, constituye un modo especial de revelación
o de notificación del Ain Sof y permite nombrarlo. Cada círculo, limitación o determinación del Ain Sof, es una sefirah…

«La Cábala considera también a
Dios bajo la forma del Adán celeste, el Adán
Quadmón
, y localiza las sefirot en cada uno de sus miembros,
aplicando la ley de los contrarios y la ley sexual»

De ahí el diagrama conocido con el nombre de árbol
de las Sefirot
. (Fig.1)

8. La brujería

Este rápido vistazo sobre las iniciaciones medievales no sería
completo si no hiciéramos alusión a la brujería.
Han existido, según parece, asociaciones secretas de brujos y brujas,
celebrando sus ritos en fechas fijas. Por paradójico que parezca,
la brujería constituye una especie de culto y aun de religión.

Como se ha hecho notar muchas veces, «no
es posible separar desde la Edad Media en que ellas dominan, las dos nociones
paralelas y antinómicas de Dios: el bien, y del Diablo: el mal.
Es, pues, fácil comprender que si se levantaban altares a Dios,
si existía toda una liturgia, con misas y fiestas que se le ofrecían,
también habían de existir ceremonias tan fervorosamente
dedicadas al Diablo. Si la Iglesia misma consideraba al Diablo como un
ángel caído, muy poderoso y un "casi igual" ;
si, por añadidura, un pacto con él aseguraba, no después
de la muerte, sino en la vida terrenal, felicidades y riquezas ciertas,
era muy tentador para quienes una fé sólida no ataba a Cristo…
probar con el Diablo [10]». Las prácticas
y el culto satánicos han sido abundantemente descritos en obras
especializadas [11]. El estudio de esa forma
aberrante de iniciación es, por lo demás, del más
alto interés para el historiador de las religiones: en las prácticas
místico-eróticas del Sabbath se encuentra sin duda un eco
lejano y pervertido de un antiguo culto pagano de la fecundidad [12].


[1] F. Portal, Des coulerus
symboliques,
reedic. París, Niclaus, 1938. 

[2] Matila, G. Ghika, Le nombre
d’ór
, t. II, páginas 75-76 (nueva edic., París,
N.R.F., 1951).

[3] Rene Guénon, Le
roi du monde,
cap.V. Véase: A.E.Waite, The Holy Grail, Londres,
1933, Lumière du Graal, París, 1949 y Jean Marx,
La légende arthurienne et le Graal, París. P.U.F.,
1912.

[4] Historie de France, t. III, págs.
398-399.

[5] También se encuentra el Grial
en las leyendas germánicas (cf. la Tetralogía de Wagner).

[6] Véanse los romances
o poemas sobre el Santo Grial.

[7] A. Reghini, citado por R.Guénon,
L’ésotérisme de Dante, pág. 25.

[8] Cf. el Roman de la Rose,
de Lorris y Meunc.

[9] La symbolique maçonnique,
págs. 102-103.

[10] M.Verneuil, Dict. des
Sciences occultes
, Mónaco, 1950, pág. 360.

[11] La obra clásica es
la de Grillot de Givry, Le musée de Sorciers. París,
Lib. de France 1929.

[12] Véase sobre el particular:
M.A. Murray, The Witch – cult in Wester Europe, Oxford, 1921.

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