Presumidas medievales…

Mujeres seductoras durante la Edad Media

Cosméticos, perfumes, cremas
depilatorias a base de cal o pez griega, tintes y emplastes de olor
desagradable obtenidos por medios discutibles… A pesar de la Iglesia,
la mujer está dispuesta a todo por agradar.

Desleíd en leche de harina de guisantes, habas, avena, almendras
peladas y semillas de rábano, en cantidades similares”. ¿Una receta de
cocina? No, una máscara de belleza del siglo XIV. Sin embargo, la
“cocina” de las mujeres presumidas inquieta a los hombres de la
Iglesia: a sus ojos, los anaqueles repletos de peines y de espejos, de
polveras, limas y tijeras para las uñas, de pinzas para depilar
pestañas y cejas, de algodón y de plumas para maquillarse los labios,
de goma adragante y de azúcar de cebada fundido transforman la
habitación de una mujer en la antesala del infierno.


Perfume de azufre

Los clérigos intentan que los hombres desconfíen de la belleza de
las hijas de Eva, de su perfume de azufre, sospechoso por parecerse al
hedor del infierno, de sus pelucas confeccionadas con el cabello de los
muertos. Y no se ahorran improperios contra la vieja coqueta que pasa
sus últimos días recluida entre los muros de un convento, evitando así
que nadie vea su piel estropeada por el uso excesivo de cosméticos, que
la asemeja a una pobre leprosa. Con el fin de sensibilizar a los
hombres sobre la vanidad de los cosméticos, los predicadores narran la
historia de alguien que, tras haber seguido a una mujer por la calle,
atraído por su bella cabellera rubia, la supera para verle el rostro y,
sorpresa, ve la cara llena de arrugas de su mujer, consumida por
cosméticos urticantes y depilatorios astringentes.
Al igual que Jano, el dios pagano, la mujer coqueta posee dos
rostros y es el del diablo el que ella distingue reflejado en su
espejo.

Maquillarse es pecado

Los clérigos, además, también están asustados ante los tormentos,
dignos de un mártir de la Iglesia, a los que las mujeres no dudan en
someterse para obtener la belleza, cualidad que, en cambio, debería
reservarse a las santas o a los santos muertos, con su color de leche y
de nieve y su “olor a santidad”. Por otra parte, este olor no es mucho
más natural que el emanado por las mujeres de mala vida: así, Prudencio
y Paolino de Nola (siglos IV-V), por ejemplo, nos reportan en sus
escritos el uso de verter bálsamos y perfumes sobre las tumbas de los
santos, cuyos cuerpos han sido embalsamados, y que descansan en
sepulcros a los que se llevan hierbas odoríferas y flores.
Pero una mujer honesta no debería “sufrir para ser bella”. Esta
idea permanece en el lenguaje proverbial – para presumir hay que sufrir –, si bien su sentido se ha
debilitado. Así, los cuidados de belleza son pecado emparentado con la
lujuria y el orgullo. No sólo la mujer que se sirve de ellos se
arriesga a la condenación eterna, sino que, además, estos cuidados son
un verdadero flagelo social por su coste exorbitante.





Coquetas por fuerza



Éste era un modo demasiado apresurado de juzgar a las mujeres. De
hecho, se olvidaba que ellas eran prisioneras de un sistema de
pensamiento que, si bien por una parte les prohibía el recurso al
artificio de la cosmética —ya que maquillarse equivalía a rechazar el
aspecto concedido por Dios—, por la otra imponía cánones de belleza
absolutamente paradójicos: en el Medievo, la mujer ideal tenía que ser
rubia, pálida, con las mejillas de un color rojo vivo, los labios de
color rojo, las cejas arqueadas y negras pero el cuerpo completamente
carente de vello. Ahora bien, ¿qué mujer está dotada por naturaleza de
tal aspecto? Además, por religiosos o laicos que sean, son justamente
los hombres quienes recogen, a partir del siglo XII, aquellos
tratamientos de belleza y recetas de perfumes que permiten a las
mujeres seducirlos. El maquillaje ciertamente es un pecado, pero resta
el hecho que los hombres rechazan a las mujeres feas, incluso a sus
propias mujeres, poniendo en peligro, así, incluso la vida en pareja.





Casos justificados



Así las cosas, no puede prohibirse a las mujeres poco agraciadas el
embellecerse o, al menos, disimular eventuales defectos, siempre que su
propósito sea el de preservar sus maridos del pecado del adulterio. La
responsabilidad, pues, debe repartirse a partes iguales. ¿Quién es más
culpable: la mujer coqueta o el hombre que la incita a hacerse más
bella de cuanto Dios haya querido? La respuesta, en los capítulos
dedicados a los tratamientos de belleza presentes en todos los grandes
tratados de medicina y cirugía; y, más tarde, a partir de la segunda
mitad del siglo XV, en los de cosmetología, sobre todo italianos. De
hecho, es en Italia, sobre todo en Venecia, donde se imprimen los
primeros tratados sobre perfumes y cosméticos.

Los antecedentes medievales de estos textos son las recetas
conservadas en los libros de economía doméstica, los tratados de moral
y las obras de medicina. Los médicos italianos Aldobrandino de Siena,
en el Régime du Corps —escrito en francés entre 1234 y 1256—y Lanfranco
de Milán en su Chirurgia Magna (1270), dedican particular atención a
los tratamientos de belleza relacionados con la salud. También Roger
Bacon, en el siglo XIII, menciona máscaras para la piel y lociones
hechas a partir de raíces de flores. En cambio, a principios del siglo
XIV, en Francia, un médico cirujano como Henri de Mondeville no presta
atención a las preocupaciones ligadas al embellecimiento del cuerpo y
declara que todo esto no le interesa para nada.





Rubio y bello



En tales tratados de medicina abundan los tratamientos de belleza
para las afecciones de la piel, como verrugas, furúnculos e incluso
pecas. Estas curas se admiten para disimular una herida o un defecto
físico. En contrapartida, comportan riesgos para la salud, sobre los
que es necesario alertar a las que los vayan a utilizar: apoplejía,
epilepsia e incluso quemaduras en los pulmones provocadas, sobre todo,
por el uso de tintes para el cabello.

Los médicos presentan tratamientos de todo tipo para el cabello:
para dejarlo rubio (a base de azafrán); para evitar su caída (sangre de
murciélago); para darle volumen (caña de azúcar cocida en lejía); o
para matar los piojos que, según se decía, dañaban el tinte. “Todas
deseáis tener el cabello rubio, abundante y larguísimo”, afirmaba Leon
Battista Alberti, autor, entre otras obras, de los cuatro libros De la
familia (1437-1441) y de un tratado sobre el amor en el que se recogen
tratamientos de belleza, pues sólo es digna de ser amada aquella que se
hace bella… Toda mujer de su tiempo, de hecho, sueña con una bella
cabellera rubia dorada que contraste con unas cejas negras, obtenidas
mediante el empleo de bellotas y de cuero quemado.

No todos los tratamientos son doctos ni todos los ingredientes
proceden de China, India, Persia o de Oriente Próximo. Para las curas
de belleza se pueden usar muchas plantas que crecen en los campos, los
jardines o en los márgenes de los caminos, como la rosa, la cebolla,
las hojas de vid o la ortiga hervida, cuya agua proporciona un bello
color al cabello. El aceite de almendra y la miel aseguran a quien lo
utiliza una piel de bebé. El zumo de limón, edulcorado con azúcar
candí, se considera un remedio válido para las manos. El agua de flores
impregna los guantes de las mujeres elegantes, que acostumbran a
lavarse las manos con jabón perfumado con almizcle y con clavel, y a
rociarse con agua de rosas o de romero, la conocida “agua de la reina
de Hungría”, que todavía hoy goza de gran aprecio entre los
perfumistas. Los perfumes, de suaves fragancias, combinan el almizcle y
el agua de rosas, la madera de aloe, la rosa roja, la algalía, la
lavanda o el agua de flores de naranja.








Grasa de cerdo y bilis de carnero



Los cosméticos, en cambio, son pastosos y de mal olor. En el mejor
de los casos, si se da crédito a una célebre belleza del siglo XV,
Caterina Sforza, parecen “quesos blancos”. Éstos se hacen a base de
grasa blanca de perro y bilis de carnero (un emulsionante), sebo de
carnero o grasa de cerdo. El rojo para las mejillas y para los labios
se obtiene a partir del fuco, un género de algas, y con madera de palo
del Brasil; las máscaras de noche están hechas con harina de habas;
para las cremas depilatorias se utiliza pez griega o, peor, oropimiente
(sulfuro de arsénico), cenizas y cal hervida en aceite. El “albayalde
de Venecia” (mezcla de albayalde y goma adragante) asegura un color
cándido, y los productos de belleza astringentes, como las grasas
animales, dejan brillante la piel del rostro y del cuello, u otorgan
color a las mejillas de las que no se exponen demasiado al aire libre,
si no es en las terrazas de sus casas para poner rubio el cabello, como
era habitual en Venecia.

Mas la belleza tiene un precio: la piel se marchita y los dientes, por el contacto con el albayalde del plomo, se pudren.





Mujer barbuda



Además, está el dolor causado por la depilación total realizada
mediante la cal o la pez griega, puesto que también la gente de Iglesia
está de acuerdo en este punto: la mujer con mucho vello o barbuda es
medio diablesa. Sin embargo, el cirujano Henri de Mondeville no toma en
serio a aquellas mujeres que creen hacer milagros al aplicar sustancias
depilatorias sobre su rostro. Ciertamente alcanzan el objetivo de
engrandecer la frente, hacer más sutiles las cejas o alisar la piel;
pero, cuidado con descuidarse: los depilatorios atacan la piel viva si
se tienen por mucho tiempo, de forma que habrá que calmar el dolor de
las quemaduras con aceite de hinojo o de azucenas o con agua de tocador
obtenida, por ejemplo, de la decocción de agua, violetas y salvado, o
de sauce yaltea, cuya aplicación se aconseja por la mañana. Es primordial
controlar con atención la duración de la aplicación de estos
depilatorios —ayudándose con plegarias, como sucedía también con las
recetas de cocina—, evitando dejarlos in loco más allá de la duración
de un miserere. Así las mujeres coquetas, despreciadas por los
clérigos, se maquillan mientras rezan, esperando quizás de este modo
escapar de las llamas del infierno.

Autor: Danièle Alexandre-Bidon, doctor en Historia Medieval.
Fuente: Revista El Mundo Medieval, Nº 6, Diciembre 2001

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