Eudes de Saint-Amand, VIII Maestre Templario

EUDES DE
SAINT-AMAND,

VIII MAESTRE
DE LA ORDEN DEL
TEMPLE

—Fallecido en
Damasco el 19 de octubre de 1179—

Eudes (Odón) de Saint-Amand pertenecía a una de las
familias más distinguidas de la nobleza francesa, en la que ya sus padres
dieron ejemplo admirable de virtud al abandonar el mundo de común
consentimiento y profesando al estado religioso.

Cuando Odón
asume la jefatura de los templarios tiene ya en su haber una importante carrera
militar, pues, como señala el historiador Du Cange, autor del magno Glossarium mediae et infimae latinitatis (1678), fue mariscal del Reino antes de vizconde de Jerusalén, renunciando a
estas dignidades e ingresando en la Orden del Temple en fecha que se desconoce. La
figura del joven Odón “era hermosa, e interesante su persona, su porte y
maneras elegantes; fino, atento y obsequioso con sus amigos, así como hidalgo y
caritativo con los necesitados” (1). re

Sucedió en el
maestrazgo de la Orden
al efímero frey Felipe de Naplus tras la abdicación de éste en 1171, que
renunció, según algunos historiadores, profundamente afligido por un lamentable suceso, la
apostasía y estragos cometidos por el templario Melier (Mleh), un armenio que
había renunciado al cisma para ingresar en el Temple y que, tras apostatar y
convertirse al Islam, encabezó las tropas del atabeg Nur ed-Din que devastaron el reino armenio de Cilicia para
apoderarse de su trono, reclamado por Melier tras la muerte de su
hermano el rey Thoros II, quien le había desterrado del reino tiempo atrás. De
esta gravísima falta personal se aprovecharon después los enemigos del Temple
para difamar a toda la Orden.

Aunque
Odón gozó
también de una reputación como hombre sagaz y de gran coraje, la
animosidad
personal entre éste y el rey Amalrico I de Jerusalén hizo que el
arzobispo y cronista
Guillermo de Tiro, que entre otras cosas acusaba al Temple de no pagar
impuestos a la Iglesia, lo describiese como un “hombre ruin, soberbio,
arrogante, que respira sólo furor, sin temor de Dios y sin
consideración hacia
los demás…”.

Escudo de armas de

Eudes de
Saint-Amand

El
principal enfrentamiento entre el rey y el maestre del Temple lo relata el
propio cronista de Tiro, tras un incidente con la secta musulmana de los
Asesinos, que, debido a su condición de chiítas ismaelitas, eran “aliados
objetivos” de los cristianos latinos al tener por común enemigo a los sunnitas
de Siria y Persia —ello a pesar de que los Asesinos habían ejecutado al pie del
altar en Tortosa a Raimundo II, hijo del conde Trípoli, en 1152—. Guillermo de
Tiro, que ya había acusado a los templarios de haber vendido a Egipto en 1154
por afán de lucro, creía que los Asesinos querían convertirse al cristianismo,
expresando con ello más un deseo que una realidad. El incidente con los
Asesinos que motiva el conflicto entre el rey y el maestre del Temple, tal como
se refiere en la crónica de Guillermo de Tiro y muy resumidamente (2), es como
sigue: el Viejo de la
Montaña, jefe de los Asesinos, se pone en contacto con el rey
Amalrico, que ejerce la tutela del condado de Trípoli en ausencia de Raimundo
III, hecho prisionero. Anuncia su intención de convertirse al cristianismo,
tanto él como su secta, a condición de que los templarios de Tortosa renuncien
al tributo de 2.000 besantes que reciben de él. Se negocia y, con gran
entusiasmo, se llega a un acuerdo entre el rey y los emisarios del Viejo de la Montaña. Como

es de suponer, a los templarios no les agrada el acuerdo y consideran por
demás un engaño la intención de los Asesinos de convertirse al cristianismo. Así,
cuando los emisarios del Viejo de la Montaña regresan a su fortaleza, caen en una emboscada
tendida por los templarios de Trípoli, lo que motiva la cólera del monarca
cristiano y del sheik ismaelita.
Amalrico envía entonces dos barones al maestre del Temple, que se
encontraba en Sidón, para pedir el castigo del culpable, un caballero de la Orden que es descrito por el
cronista con una imagen que se conviertirá en estereotipo a partir de entonces:
templario orgulloso y altanero. Se trata del tuerto frey Gualterio du Mesnil,
jefe del operativo de la emboscada que acabó con los Asesinos. El maestre del
Temple afirma que ya le ha sancionado y que va a enviarle a Roma, y prohíbe a
los dos barones, y por consiguiente al rey, actuar contra la Orden y sus miembros, recordando
las inmunidades que acababan de ser renovadas por bula del Papa Alejandro
III promulgada en favor del maestre y milicia del Temple. El
impetuoso rey Amalrico, disconforme y enfurecido, se dirige a Sidón, penetra en
la casa del Temple y se apodera por la fuerza de Gualterio, al que encarcela en
Tiro para decidir sobre su suerte, sin preocuparse de los privilegios
pontificios de la Orden. Amalrico
fallece en junio de 1174 sin haber tomado una decisión sobre qué hacer con
Gualterio, estando durante todo ese tiempo enfrentado al maestre del Temple.

 


Nunca
tuvo el Temple un maestre más celoso por la conservación de los privilegios de
su Orden que Odón de Saint-Amand; “y ese celo y firmeza le han hecho calificar
de personaje orgulloso y altivo por Guillermo de Tiro y sus copistas” (3)

 

El
18 de abril de 1174, Odón de Saint-Amand suscribía la confirmación del
rey Amalrico de una renta donada al Hospital de San Juan. El 15 de
julio de 1174, el joven y enfermizo Balduino IV, el “rey leproso”,
sucedía a su padre Amalrico en el trono jerosolimitano. El 13 de
septiembre del mismo año, el maestre del Temple es citado en un acta de
Balduino V, quien sería coronado años más tarde, en 1183, como rey de
Jerusalén junto con su tío materno Balduino IV. En 1176, de nuevo
aparece Odón como testigo de una confirmación: la venta del Casal de
Beit Daras.

 

El
18 de noviembre de 1177, el sultán y guerrero kurdo Saladino cruzó la
frontera de Egipto y los Estados latinos con un ejército de cerca de
26.000 hombres, y avanzó rápidamente a lo largo de la costa de ultramar
hasta acampar entre Ascalón y Ramala. El rey Balduino, sorprendido por
la proximidad
del enemigo y convaleciente a causa de la lepra, abandonó el lecho de
muerte y apenas pudo reunir 3.000 soldados de infantería y unos 300
caballeros, a los que se unió el maestre del Temple, frey Odón, con 80
de sus
caballeros templarios —el grueso del ejército templario se encontraba
en Gaza, pues allí se había movilizado sin sospechar que el primer
objetivo de Saladino era el puerto de Ascalón, un poco más al norte—.
Balduino, a pesar de su precario estado de salud y la
desigualdad del número de sus tropas, no titubeó en aprestarse a
defender sus fronteras. Saladino,
despreciando la debilidad de su rival, descuidó sitiarle en Ascalón,
esperando
tomarla cuando quisiera. Con esta persuasión, dividió a su ejército en
diferentes destacamentos, que llevaron hierro y fuego a las comarcas
vecinas.
El maestre del Temple y otros señores que componían el consejo del
joven
monarca cristiano, advertidos de las disposiciones del sultán y viendo
al
enemigo considerablemente disminuido, creyeron llegado el momento de
atacarle
con ventaja y salieron de Ascalón a favor de una noche oscura. Por
caminos
desviados avanzaron en buen orden hacia las líneas musulmanas, que en
ese momento atravesaba un estrecho barranco en las cercanías del
castillo de Montgisard. Saladino,
apercibido tarde de su error, no pudo hacer otra cosa que escuchar un
retumbar de cascos y ver a los cristianos arrojándose con intrepidez y
furor sobre sus huestes. No obstante, las tropas del sultán opusieron
tal resistencia que obligaron el repliegue de los primeros atacantes.
Sin embargo,
volviendo éstos a la carga rompieron el cuerpo de mercenarios
mamelucos,
matando a su comandante y penetrando hasta el lugar donde Saladino
estaba
atrincherado, lo que causó a éste tal espanto que huyó precipitadamente
sobre un
dromedario (4).

 

Fueron
los
caballeros templarios, al mando de su maestre frey Odón, los que
aquella
sangrienta noche se situaron en vanguardia y cargaron atropellando a
las
primeras líneas del sultán. Saladino se salvó de milagro gracias a la
abnegación de los mamelucos de su guardia personal, que murieron casi
todos alrededor de él. Dicen las crónicas de Balduino: “El joven rey,
atacado por la lepra, superó todos los obstáculos y luchó con un gran
valor, lo que dio también valor a sus hombres”. De este modo, la
batalla de
Montgisard (25 de noviembre de 1177) fue una gran victoria cristiana,
conseguida gracias al ímpetu y la furia de la carga de la caballería
templaria, al coraje del “rey leproso”, a la fe de sus mesnadas y, sin
duda también, a la protección de la Vera Cruz que portaba Aubert,
obispo de Belén

En
1178, el maestre del Temple recibió en donación de Renaud, señor de
Margat, la mitad de Brahim y la mitad del Casal Albot y del Casal de
Talaore. En febrero de 1179, concierta un acuerdo con Roger de Molins,
maestre de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Es el último
acta conocida sobre el maestrazgo de Odón de Saint-Amand.

En el mismo año de 1179, mientras el ejército cruzado construía una fortaleza a orillas del río
Jordán, fue sorprendido por Saladino (batalla del vado de Jacob). En medio de
la desbandada generalizada de los caballeros seculares, sólo los freires
(templarios y hospitalarios) resistieron. Terminado el combate, todos los
monjes-soldados, a excepción del maestre del Temple, yacían muertos en
el campo de batalla. Capturado frey Odón, el sultán deseó intercambiarlo por uno de sus sobrinos
prisionero de la Orden;
el maestre, que rechazó la oferta, le respondió:

“Yo no puedo autorizar con mi ejemplo
la cobardía de mis caballeros que se dejarían prender con la esperanza de ser
rescatados. Un templario debe vencer o morir, y no puede dar por su rescate
otra cosa que no sea sino su puñal y su cinto”.

Llevado
al
cautiverio, el octavo maestre del Temple murió en Damasco el 19 de
octubre de 1179, lo que es confirmado por el obituario de Reims.

 

NOTAS.—

(1) Mateo
Bruguera: Historia general de la
religiosa y militar Orden de los Caballeros del Temple desde su origen hasta su
extinción
, vol. I, 1882; reed. Ediciones Alcántara, Madrid, 1999; p.231.

(2) Alain
Demurger: Auge y caída de los Templarios,
Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 2000; p.126.

(3) Mateo
Bruguera: Op.cit.; p.241.

(4) Ibíd.; p.243.


Autor: Fernando Arroyo

Fuente: http://www.templespana.org/

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