Catalina de Medicis

El futuro en un espejo.

Llega a su término el año de 1559, año negro para
Francia. El rey Enrique II ha muerto, sucumbiendo en un trágico torneo
en el mes de julio y, desde entonces, un niño de quince años, Francisco
II, reina sobre Francia. Un niño delicado y débil, dominado por una
mujer cuyas armas son por norma el veneno, la magia y la brujería:
Catalina de Médicis, reina viuda de Francia, su madre.


Catalina de Médicis, Reina de Francia (1519-1589); según Clouet, en 1555, cuatro años antes del suceso…


el lugar de los hechos: el Castillo de Chaumont-sur-Loire, a orillas del río Loira…



Desde hace algún tiempo, la Florentina, que ha
abandonado París para encerrarse en su castillo de Chaumont-sur-Loire,
se encuentra presa de inquietudes que no le dejan dormir. Los problemas
religiosos dividen el país, el creciente poderío de los hugonotes, las
trahiciones de palacio le ponen nerviosa. Desearía saber qué le depara
el futuro. Desearía que le fuera revelado su destino y el de su primer
hijo Francisco II, el flamante rey de Francia.
Una vez más, se ha vuelto hacia Cosimo Ruggieri, ese astrólogo que se
llevó consigo cuando abandonó Florencia, y que se ha convertido casi en
su sombra:

-¿Podríais decirme, amigo mío, lo que me espera?
-Acordadme algunos días, Señora, y os mostraré el futuro…

Y Ruggieri se encierra en la torre que domina el
Loira, sin entrar en contacto con los demás ocupantes del castillo. Los
criados se limitan a dejarle una bandeja de comida tres veces al día a
pie de puerta. Alejado del mundo, Ruggieri se entrega a una tarea
misteriosa.
Varias veces, Catalina de Médicis ha venido a golpear su puerta:

-¿Para cuando será?, preguntaba.
Y Ruggieri respondía:
-¡Ya os lo dije, Señora, cuando la Luna sea llena!

Y la reina, consumida por los nervios, volvía a bajar
las escaleras de caracol y se encerraba en sus habitaciones hecha un
basilisco.

Pero esta noche, la Luna es llena y la impaciente Catalina de Médicis vuelve a aporrear la puerta de Ruggieri:

-¿Para cuando?
Ésta vez el astrólogo abre su puerta:
-Para esta noche, Majestad.

Y hace pasar a la reina en una estancia que es a la
vez laboratorio y antro del alquimista. A la luz del gran fuego que
arde en la alta chimenea, la soberana distingue el más variopinto
material de trabajo, alambiques, morteros, calderas, un astrolabio,
muchos libros apilados los unos encima de otros.

-Mirad hacia allí. Le dice Ruggieri, mostrándole un inmenso espejo que recubre toda una pared.
-Es aqui, Señora, que el futuro se os aparecerá.

Catalina de Médicis entiende entonces que su
astrólogo va a proceder a una operación de mágia llamada catoptromancia
o cristalomancia, y que consiste en ver el futuro en un espejo.

Ruggieri moja un bastón en una taza conteniendo
sangre de pichón macho, y traza sobre el muro letras del alfabeto
hebráico. Luego, tras ennegrecer la punta de otro bastón al fuego,
dibuja en el suelo un círculo doble, tipo de zodíaco, que decora con
figuras cabalísticas. Cuando ha terminado, dispone en sus cuatro puntos
cardinales, un cráneo humano, una lámpara de aceite, una tibia y un
gato en estado de sueño hipnótico…


Francisco II, Rey de Francia (1544-1560); el joven e inexperto
primogénito de Enrique II y Catalina de Médicis, que se había desposado
con la hermosa reina María de Escocia, moriría de una otitis degenerada
en una infección galopante y letal…


-Sentaos, Señora, y mirad.

Catalina se instala en un sillón, mirando frente al espejo.
Al principio no ve nada. Pero de pronto aparece una forma, vaga al
principio, y más precisa después, reconociendo en aquella silueta a su
hijo el rey Francisco II. Lleva su corona, su cetro y su manto de
terciopelo sembrado de flores de lis y doblado de armiño. Tiene una
expresión triste en el rostro. Su imagen se desliza, abandona el
espejo, y hace la vuelta de la estancia sobre las paredes encaladas,
volviendo a su punto de partida y desaparece. La silueta es
inmediatamente reemplazada por otra que toma la forma de un hombre en
cuyos rasgos, la reina Catalina reconoce a su 2º hijo Carlos, pero un
Carlos envejecido ya que por entonces no tiene siquiera la edad de
nueve años. Él también lleva la corona, el cetro y el manto real. Su
imagen se desliza fuera del espejo y ejecuta, a su vez, 14 vueltas
alrededor de la estancia. En el momento de ejecutar su 15ª vuelta, se
para bruscamente y se pone a considerar algo invisible con horror.
Luego sus manos se tensan, intentando rechazar horribles imágenes.


Carlos IX, Rey de Francia (1550-1574); el segundogénito de Catalina
de Médicis, moriría atormentado por los fantasmas de las víctimas
protestantes masacradas durante la horrible "Noche de San Bartolomé",
matanza que él ordenó presionado por su madre…

-Explicadme, inquiere Catalina, ¿qué significan esas vueltas?
-Cada vuelta representa un año de reinado.
Contesta Ruggieri.

Por encima de la chimenea desaparece como humareda la
figura de Carlos, dejando sitio a otra. De hecho deja paso a otro rey
en quien la pobre y angustiada Catalina de Médicis reconoce a su 3er
hijo Enrique, que tan solo cuenta ocho años de edad…


Enrique, Duque de Anjou (1551-1589), luego Enrique III, Rey de
Francia de 1574 a 1589, se sentó en primera instancia en el trono
polaco antes de abandonarlo por uno mejor, el de Francia. Tildado de
homosexual, libertino y extravagante, Enrique III fue el último de los
hijos de Catalina en reinar, antes de morir apuñalado por un monje a
sueldo de los duques de Guisa…


En el espejo es ya adulto. Avanza andando con saltitos. Su apariencia
es por lo menos increíble: tiene el rostro empolvado y maquillado como
una dama, con gestos amanerados, cubierto de joyas y lleva en los
lóbulos de sus orejas pendientes de enormes perlas. Ejecuta catorce
vueltas alrededor de la sala y se para un momento. Se le ve inclinarse
sobre un cuerpo estirado en el suelo, a sus pies. Se reincorpora,
ejecuta una 15ª vuelta y lleva bruscamente sus manos a su vientre con
una terrible expresión de dolor intenso. Después del gesto, desaparece.

Hundida en su sillón, Catalina de Médicis no suelta
siquiera una palabra. Apenas respira. Espera la aparición de su cuarto
hijo, Francisco-Hércules, duque de Alençon, que tan solo tiene cinco
años de edad.
¿Qué va a ver?¿Cuántas vueltas dará éste antes de desaparecer?¿Tendrá
una larga vida?¿O quizás tenga que pensar que los hijos de Enrique II
de Francia están malditos?
Ella espera.¿Cómo será su pequeño Francisco, bajo el aspecto de un adulto?


Enrique IV de Borbón (1553-1610), Rey de Francia
desde 1589 hasta 1610, fue rey de Navarra con el ordinal de Enrique III
antes de sentarse en el trono galo y jefe de los Hugonotes en el curso
de la guerra civil y religiosa que sacudió Francia durante decenios…


Una imagen se forma de nuevo y un hombre aparece. Un hombre con nariz
aguileña, la mirada inteligente y viva, llevando una pequeña barba bien
recortada. Aparece de buenas a primeras con la cabeza adornada de un
gran sombrero emplumado de plumas blancas y, de repente, lleva la
corona, el cetro y el manto de armiño como los anteriores.
Catalina le mira con espanto. Este personaje no puede ser su pequeño
Francisco convertido en hombre. Es otra persona, pero ¿quién? Y de
pronto encuentra un parecido… Este rey tiene los rasgos del duque
Antonio de Borbón.

Entiende inmediatamente que su hijo Francisco no
reinará jamás, que morirá sin duda bastante joven y que los Borbones,
que ella odia, subiran al trono de Francia… Por lógica, y con
certeza, cree que es el pequeño príncipe Enrique de Navarra, que tiene
entonces 6 años de edad… Es el pequeño Enrique, al que le gustaría
poder envenenar.

Sobre el espejo, el hombre de la nariz aguileña se
desliza lentamente sobre las paredes. Catalina cuenta las vueltas.
Sobrepasan pronto las de sus hijos Carlos y Enrique: dieciocho,
diecinueve, veinte,… Una media vuelta más y desaparece.
¡Este Borbón reinará pues durante más de 20 años!

Catalina de Médicis se derrumba y, a pesar del gran
fuego de la chimenea, se pone a temblar. Bruscamente se yergue y, sin
mediar palabra, abandona la habitación con la mirada llameante y
glacial, para encerrarse en sus aposentos, herida de muerte…

Tuvo razón en llorar desconsoladamente aquella noche.
Al año siguiente, Francisco II moría, después de un año en el trono.
Carlos IX le sucedió y murió al cabo de catorce años de reinado,
perseguido por los fantasmas de las víctimas de la tremenda noche de
San Bartolomé. Luego le sucedió Enrique III, reinando quince años y fue
asesinado por un monje, que le clavó una cuchillada en el vientre. Un
año antes, había ordenado el asesinato del Duque de Guisa. Finalmente,
el joven Francisco Hércules, duque de Alençon, murió de una tísis
galopante y la Casa de Valois se extinguió… Enrique de Borbón, rey de
Navarra, se convirtió en el rey Enrique IV de Francia y reinó 20 años y
nueve meses exactamente…



La Reina Catalina de Médicis rodeada de sus cuatro últimos hijos:
Carlos IX, la princesa Margarita "Margot" -futura reina de Navarra-, el
príncipe Enrique, duque de Anjou -y futuro rey Enrique III-, y el
benjamín que nunca reinó, Francisco-Hércules, duque de Alençon (cuadro
de 1564).

En 1559, nadie se podía imaginar, y mucho menos
Catalina de Médicis, que la Casa de Valois iba a extinguirse en 1589, o
sea treinta años después. La sucesión del trono estaba bien asegurada:
el difunto Enrique II y Catalina de Médicis habían tenido 4 hijos
varones. ¿Quién no iba a pensar que los Valois seguirían reinando
durante mucho tiempo? A nadie se le ocurrió pensar que, a la postre,
estarían obligados a buscar un nuevo rey en el seno de la Casa de
Borbón, en el frondoso árbol genealógico de San Luis…

A pesar de las dudas que surgieron posteriormente,
sobre si la escenificación del astrólogo Ruggieri fue una superchería o
no, lo que queda bien claro es que tal y como se desarrolló el desfile
de personajes en el espejo, y las vueltas dadas por la estancia, es
evidente que las predicciones se cumplieron a rajatabla a lo largo de
los 30 años siguientes, con exactitud, sin equivocación alguna.


Catalina de Médicis, Reina Viuda de Francia, retratada en 1565…


En cuanto a la temible consultora, la reina Catalina de Médicis, se
puede decir que estaba familiarizada con todos los tipos de magia, sus
prácticas y aplicaciones. Como todos los florentinos de su época, ella
también practicaba la brujería. De hecho se sabe con certeza que, para
protegerse de un posible asesinato o atentado, llevaba sobre ella una
especie de talismán, que no era más que la piel de un niño degollado…

El relato de esta historia fue sacada, entre otras, de las publicaciones siguientes:

-"La Trágica Historia del Castillo de Chaumont", por el Príncipe Jacques de Broglie.

-"Las Casas Reales", de André Félibien, 1681.

-"Tesoro de Historias Admirables", de Simon Goulard, 1614.

in HISTORIAS MÁGICAS DE LA HISTORIA, de Louis Pauwels & Guy Breton, 1977.

Fuente: http://www.lacoctelera.com/retratosdelahistoria/categoria/misterios

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