LEONOR DE AQUITANIA


Fue una mujer que valía más que cualquier hombre de su época. Por ella
entró en la realeza española el nombre de Leonor, pues su hija, Leonor
Plantagenet, se casó con Alfonso VIII de Castilla.

Una bella dama yace, leyendo un libro, sobre una sepultura en la abadía
de Fontevraud. Es Leonor, duquesa de Aquitania, dos veces reina. Junto
a ella, compartiendo el sueño eterno, otra estatua yacente se abraza a
su espada, la del rey más famoso de la Edad Media gracias a Hollywood,
Ricardo Corazón de León.

Hay algo insólito en esta pareja,
pues él no es ninguno de sus dos regios esposos, sino su hijo favorito.
Tomando el puesto de honor junto a Leonor, Ricardo ha suplantado al
marido, su padre, Enrique II de Inglaterra, que también está enterrado
allí. Todo un símbolo: ¿Acaso no indujo Leonor a su hijo a rebelarse en
armas contra el padre, a disputarle el poder al monarca inglés?

La
especial relación madre-hijo, con su equívoco aspecto nupcial, evoca
también la de Leonor con Enrique. Ella le llevaba once años, casi lo
suficiente para ser su madre en aquella época. Con 29 años que tenía
Leonor cuando se casó en segundas nupcias, estaba en la plena madurez,
a poco de llegar a la vejez –lo normal era morir en la cuarentena–.
Además lo había vivido todo, había sido reina de Francia, había tenido
amoríos famosos, había hecho la Cruzada… Pero cuando vio a Enrique,
un guapo doncel de 18 años, se enamoró apasionadamente de él. La
experiencia amatoria de la mujer madura sedujo al joven durante algún
tiempo, aunque, por ley de vida, al cabo de los años ella envejeció y
él se buscó amantes jóvenes, dando lugar al drama. Pero no adelantemos
los acontecimientos.

Un último apunte, antes de empezar la
historia de Leonor, sobre lo que sugiere la extraña pareja yacente de
Fontevraud. Ricardo pasaría a la historia como hombre de un valor
indomable y de una espantosa crueldad –Corazón de León– pero es también
uno de los pocos reyes medievales notoriamente homosexual. Viéndolo tan
apegado a su madre, sugiere uno de esos casos de manual freudiano, hijo
mimado de madre dominante y enérgica, que detesta a las mujeres porque
no ha sido capaz de liberarse de mamá.

Primera boda
Leonor ha nacido en Poitiers en el año
1122, hija del duque Guillermo X de Aquitania y de Leonor de Châtellerault. Su padre muere en una
peregrinación a Santiago de Compostela cuando ella tiene 14 años, y con
esa edad se convierte en duquesa de Aquitania, se casa con el heredero
de Francia, Luis VII, y enseguida se ciñe la corona francesa como reina consorte.

Aquitania ocupa media Francia, desde el Loira a los Pirineos;
de hecho, los estados de Leonor son más grandes, más ricos y más
poderosos que los del rey de Francia. Ella además los gobierna por sí
misma, no es mujer que deje los asuntos políticos y económicos en manos
de tutores o maridos.

Gobernar, en la Edad Media, era hacer la
guerra, algo que Leonor asume con desparpajo. La duquesa Leonor vale
tanto como un hombre, pero su marido, el rey Luis VII, parece que no,
al menos a sus ojos. “Creí haberme casado con un hombre y no con un
monje”, llega a decir ella, porque Luis estaba destinado a la Iglesia,
y sólo la muerte de su hermano mayor le ha trasladado del claustro al
trono. El desentendimiento entre el beato y la mujer de armas tomar
hace que tarden ocho años en tener descendencia, una hija, María Condesa de Champaña. No sólo
tienen problemas en el tálamo nupcial, también en la forma de vivir la
vida y, por supuesto, en el campo político. Con Luis tuvo otra hija, Alix, condesa de Blois.

Leonor procede de
una de las cortes más cultivadas y exquisitas de Europa, donde se ha
inventado la cortesía, el amor romántico y la poesía provenzal. El
abuelo de Leonor, el famoso duque Guillermo IX, llevaba con orgullo el
sobrenombre de El Trovador. La corte francesa en cambio es aburrida y
mojigata, el rey Luis VII se deja dominar por el abate Suger, que había
sido su superior. Los cambios de costumbres que introduce Leonor
escandalizan a todos por su comportamiento emancipado y liberal.

Cuando los intereses del rey y su
poderosa esposa coinciden hay conflicto, porque ella interviene y la
autoridad de él sufre. Así se gesta la Cruzada. Los esposos reprimen
una revuelta y se produce la tragedia de Vitry-le-François: una iglesia
llena de pobres gentes que se habían refugiado allí es incendiada por
los hombres de Leonor, y la multitud es achicharrada viva.

Incendiar
un templo es un tremendo sacrilegio. El piadoso Luis VII es presa de
los remordimientos y, para lavar su culpa, “se cruza”, como se llama la
adquisición del compromiso de ir a combatir a los infieles a Tierra
Santa, de donde viene el término Cruzada.

Leonor también “se
cruza”, aunque más que el remordimiento le empuja el ansia de aventuras
y notoriedad, el atractivo de Oriente y el deseo de ver a Raimundo de
Poitiers, que vive allí. Es su tío, el que la ha educado y con quien
tiene un vínculo muy especial…

A Luis no le agrada que su
mujer vaya a la Cruzada. Como marido se lo prohíbe, pero como rey de
Francia no puede oponerse, pues el duque de Aquitania es el señor
feudal más importante del reino, sin cuyo concurso y apoyo fracasaría
la Cruzada que organiza el rey.

Al mando
Leonor, como suele, no le
hace caso al marido que desprecia. Y el duque toma las riendas del
proyecto, precisamente lo que quería evitar Luis. Será ella quien
dirija la II Cruzada, y lo hace desde el principio, decidiendo la ruta.
El rey de Sicilia propone la vía marítima, utilizando sus naves, pero
desde Oriente, Raimundo de Poitiers, peleado con los sicilianos,
aconseja la ruta terrestre, por Alemania y el Imperio Bizantino. Irán
por tierra. La decisión tendrá consecuencias trágicas. Antes de llegar
a Tierra Santa deben atravesar los desfiladeros de Anatolia,
controlados por los turcos. La expedición forma con una vanguardia, al
frente de la cual va Leonor con sus huestes aquitanas, un cuerpo
principal con la impedimenta y una retaguardia, al mando de Luis VII.
En un momento dado, la vanguardia se descuida y se despega del grueso,
que cae en una emboscada en la que hay gran mortandad de franceses.
Luis hace responsable a Leonor de la catástrofe.

Al final
llegan a Antioquía, capital de uno de los estados cristianos de
Oriente, donde reina el tío de Leonor, Raimundo de Poitiers. Leonor se
arroja en sus brazos, en más de un sentido.

Raimundo tiene su
propia idea del objetivo estratégico de la Cruzada. Hay que
reconquistar Edesa, desde donde los turcos amenazan la supervivencia de
los estados cristianos. Es lo más sensato, pero el beato Luis VII lo
que quiere es ir a Jerusalén para postrarse en el Santo Sepulcro.
Leonor, en cambio, da primacía al interés militar y apoya la propuesta
de su tío.

La diferencia de opiniones se envenena porque el
rey de Francia se siente afrentado en su honor. Los amoríos entre
Leonor y Raimundo son vox pópuli. Es ahí, en Antioquía, donde va a
forjarse la leyenda de Leonor- Mesalina, a la que se atribuyen
relaciones sexuales con no importa quien, desde los esclavos negros
hasta el sultán Saladino, aunque por esa época sea un niño. Finalmente
Luis secuestra a su propia esposa y se la lleva a Jerusalén.

El
matrimonio está roto. Al volver de Tierra Santa Leonor consigue del
Papa la anulación, basándose en el socorrido argumento de que los
esposos son primos. Sólo espera seis semanas para sus segundas nupcias
con Enrique Plantagenet. Poco después, su joven esposo se convierte en
rey de Inglaterra y Leonor vuelve a ceñir corona real. Y para demostrar
que la falta de hijos de su primer matrimonio era culpa de Luis, tiene
ocho hijos con Enrique II.

Traicionada
Pero
al pasar los años Enrique busca amantes más jóvenes que su madura
esposa. Eso es algo que no se le puede hacer impunemente a Leonor,
quien azuza a sus tres hijos mayores a rebelarse contra el padre.
Cuando éste logre aplastar la rebelión, perdonará a los hijos pero no
tendrá piedad con ella. La encarcela de por vida.

Aquí debería
terminar la historia de Leonor de Aquitania. Ella es mayor, las
condiciones de encierro insalubres y el rey quiere verla morir en
prisión. Esperará durante 15 años que esa mujer se quiebre, pero al
final sucede al contrario. Es Enrique II quien muere, y el nuevo rey,
Ricardo Corazón de León, libera a su madre, que vuelve a tomar las
riendas. Cuando Ricardo, imitando a su madre –el dato no es banal–
organiza su propia Cruzada, va a ser Leonor, y no Ivanhoe o Robín de
los Bosques, como dicen las novelas y el cine, quien vele por sus
derechos frente a las intrigas del hijo pequeño, Juan Sin Tierra, y le
reponga en el trono. Pero luego, al morir Ricardo, Leonor decide que el
nuevo rey de Inglaterra sea Juan Sin Tierra, aunque tenga un nieto con
más derechos.

En el año 1200, cercana ya a los 80, Leonor
tiene energías para venir a España, a buscar una infanta castellana
para casarla con su nieto francés. Elige a Blanca de Castilla, que será
madre de San Luis, rey de Francia.

Finalmente se retira a
Fontevraud, una abadía que goza de su especial favor. En Fontevraud
rige una especialísima norma: es una abadía mixta de monjes y monjas,
pero la autoridad máxima reside en la madre abadesa. El sitio adecuado
para convertirse en lugar de eterno reposo de Leonor de Aquitania, que
toda su vida mandó sobre hombres. Leonor murió en 1204 a los 82 años de edad, siendo sepultada allí mismo junto a su esposo Enrique y su hijo Ricardo.

Descendencia de Leonor, duquesa de Aquitania
y reina de Inglaterra
  nació
el año de 1122. Murió el 28-VII-1204. Casó con Enrique II
Plantagenet, duque de Normandía y rey de Inglaterra (Casa de Anjou). Tuvieron por hijos a Guillermo (1156), Enrique el Jóven
(1183; casado con Margarita de Francia, hija de Luis VII), Matilde (casada con
Enrique el León, duque de Sajonia), Ricardo Corazón de León
(1199; casado con Berenguela de Navarra, hija de Sancho el Sabio), Geofredo (1187;
casado con Constanza de Bretaña), Leonor (casada con Alfonso VIII de Castilla),
Juana (casada con Guillermo II de Sicilia y luego con Raimundo VI de Tolosa),
y Juan sin Tierra (1216; padre de Enrique III, 1272).

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