Las 7 claves esotéricas del Temple

Representación de los míticos monjes-soldado


La Orden del Temple está plagada de misterios relacionados con el Santo
Grial, el tesoro del Templo de Salomón, el secreto de María Magdalena,
de la Sábana Santa, la decapitada cabeza del Bautista… Conocimientos
esotéricos, herejías y maldiciones póstumas mezclan leyenda y realidad
para tejer la historia del Temple en un enigmático tapiz cuyas
principales claves intentamos desvelar.
Autor: Javier Navarrete

La fundación
clandestina del Temple

¿Para qué se
creó en realidad la Orden?

Los misterios del Temple se inician con su propia
fundación. Según algunos investigadores, cuando Godofredo de Bouillón
conquistó Jerusalén en 1099, creó el Priorato de Sión, orden secreta que
influyó en su nombramiento como rey de Jerusalén y preparó en la sombra la
fundación del Temple. Guillermo de Tiro, en su crónica, hace surgir a
los templarios en 1118, fecha en la que Hugo de Payen, André de Montbard
y siete caballeros más se presentaron al rey Balduino de Jerusalén
ofreciéndose para garantizar la seguridad de los caminos de peregrinación a los
santos lugares. Por supuesto, tanto Balduino como el patriarca de Jerusalén, Warmundo
de Piquigny, aceptaron encantados.

Pero todo parece indicar que la Orden de los Pobres
Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón no nació del arrebato de fe
guerrera de estos nueve caballeros, sino debido a otros ocultos intereses. Se
tiene constancia, en años anteriores a esa fecha, de las secretas maquinaciones
de un grupo de personajes capitaneados por el conde Hugo I de Champaña,
que estaban relacionados con los primeros reyes de Jerusalén. Los archivos del
condado de Champagne guardan memoria de un cónclave celebrado en 1104, al que
asistieron miembros de importantes familias de la nobleza cuyos nombres serán
recurrentes en la historia del Temple y de los reinos cristianos de Ultramar: Montbard,
Joinville, Anjou, Brienne… Por ejemplo, André de Montbard
fue Gran Maestre del Temple en 1154, el conde Fulko V de Anjou fue rey
de Jerusalén en 1131, y Juan de Brienne en 1210.

Todo apunta a que este grupo poseía “información
privilegiada” sobre algún importante secreto vinculado con Tierra Santa. Y que
fue esta secreta información la que provocó el viaje a Jerusalén de Hugo de
Payen y sus ocho acompañantes, con un propósito bien distinto al de proteger
los caminos de peregrinación. Buena prueba de ello es que durante los nueve
primeros años de su estancia en la Ciudad Santa se olvidaron de esa tarea para
dedicarse a excavar los cimientos del antiguo Templo de Salomón. Los miembros
de los Royal Engeneers, que en el siglo XX investigaron estas antiguas
galerías, encontraron en ellas muestras inequívocas de presencia templaria.

Pero, ¿qué buscaban y cómo sabían dónde encontrarlo? La
respuesta puede estar en el manuscrito conocido como el Rollo de Cobre,
descubierto en las cuevas de Qumrán, cerca del Mar Muerto, en 1952. Se trata de
un texto del siglo I, grabado a punzón sobre una lámina de cobre, que detalla
la ubicación precisa de sesenta y cuatro emplazamientos donde se ocultaban
enormes riquezas. La mayoría de los investigadores que han trabajado sobre este
texto opinan que el tesoro pertenecía al Templo, y la valoración del mismo
resulta realmente astronómica: contabilizando exclusivamente las cantidades de
oro y plata consignadas en el rollo, sale un total de entre 58 y 174 toneladas
de metales preciosos. Y, detalle sumamente interesante, el último apunte del
manuscrito indica el lugar donde se ocultaba otra copia de este inventario.

En resumen, el Rollo de Cobre nos dice que, en
el siglo I, existía un fabuloso tesoro perteneciente al Templo, bien escondido
e inventariado, de cuyo “plano” existían “copias”. Es muy posible que el grupo
reunido en cónclave por el conde Hugo de Champaña en 1104 tuviera información
sobre este documento. Incluso puede que dieran con una copia del mismo con la
que Hugo de Payen y sus ocho caballeros se habrían presentado en Jerusalén,
dispuestos a encontrar lo que sabían que allí se ocultaba.

La dinastía
del Santo Grial

Apellidos que
se repiten a lo largo de la historia

No hay misterio más legendario que el del Santo Grial.
En realidad no se sabe muy bien en qué consiste tal objeto… si es que se
trata de un objeto. En general se identifica con el cáliz de la Última Cena, o
con aquel otro en el que José de Arimatea recogió la sangre que manaba
del costado de Cristo, que a la postre bien pudieran ser el mismo.

En lo que la tradición no duda es en adjudicar a los
templarios la custodia de su secreto, fuera éste cual fuese. En los romances
sobre el Grial escritos en los siglos XII y XIII abundan las referencias en
este sentido. El Parzival de Wolfram von Eschenbach identifica
como templarios a los caballeros que defienden el castillo de Munsalwäsche,
donde se guarda el Grial. De otro famoso romance, titulado Perlesvaus,
algunos eruditos afirman incluso que fue escrito directamente por un templario.

Pero lo que más nos interesa para seguir desvelando las
claves de esta intriga es que, relacionados con el Grial, nos encontramos de
nuevo algunos de los apellidos representados en el famoso cónclave presidido
por el conde Hugo de Champaña en 1104. La corte del
condado se asentaba en la ciudad de Troyes, sede eminentemente templaria y griálica.
Templaria, entre otras cosas, porque allí se celebró precisamente el Concilio
de 1129 que reconoció oficialmente al Temple como orden religioso-militar. La
“Milicia de Cristo”, como se la citaba frecuentemente. Y griálica porque a la
corte de Troyes pertenecía el autor de El cuento del Grial, uno de los
más conocidos romances sobre la materia. Se llamaba Chretien de Troyes,
escribió su romance en el último cuarto del siglo XII y se lo dedicó al conde Felipe
de Flandes, que era nieto por línea materna de Fulko de Anjou, uno
de los asistentes al cónclave de 1104, templario de primera hornada y rey de
Jerusalén en 1131. Además, en 1177 Felipe estaba en Tierra Santa, apoyando a su
primo hermano Balduino IV, entonces rey de Jerusalén, del cual era
presunto heredero.

El
linaje sagrado

¿Tuvieron
descendencia Jesús y María Magdalena?

Para muchos investigadores, el Grial no es otra cosa
que el símbolo de María Magdalena como esposa de Jesús y madre de
sus hijos. Un matrimonio dinástico que unía las casas reales de Benjamín
y de Judea, luchando por arrancar a los invasores romanos el trono de
Jerusalén que pertenecía a su sangre.

Que Jesús era descendiente del rey David y, por
tanto, rey legítimo de Israel, lo dicen los Evangelios canónicos y el INRI que
coronaba la cruz. Que estuviera casado con María Magdalena no lo dicen, pero es
sumamente probable. De entrada, si era maestro de la ley (rabino) como se
afirma, debía estar “obligatoriamente” casado, ya que la ley judía, la Mishna,
establece que “un hombre soltero no puede ser maestro”. Pero también hay
textos que así parecen indicarlo.

Los investigadores han rastreado la posible
descendencia de Jesús, y han creído encontrarla en una línea que, a través de
los reyes merovingios, se continúa dando nacimiento a las familias que formaron
la nobleza y las primeras casas reales europeas. A este linaje sagrado
pertenecería Godofredo de Bouillón, conquistador de Jerusalén, que
recuperaría así un trono al que tenía derecho de sangre. Y también compartirían
esa sangre los Capeto, los Habsburgo, los Aragón, los Anjou…

¿Qué dicen los romances medievales del Grial sobre todo
esto? Para empezar, los estudiosos de la materia encuentran una curiosa
evolución en el nombre de este misterioso objeto. En los textos más antiguos se
le denomina Sangraal o Sangreal, palabra que se descompone
posteriormente en dos: San Greal, esto es, Santa Copa, pasando a
identificarse entonces con el Santo Cáliz. Pero los investigadores opinan que
el sentido de la palabra Sangreal no era ése, sino Sang Real, es
decir, Sangre Real, aludiendo precisamente a la estirpe davídica a la que
pertenecían los hijos de Jesús y María Magdalena.

Indumentaria templaria

En todos los romances medievales se manifiesta una
verdadera obsesión por presentar a los heroicos buscadores del Grial como
descendientes de este antiquísimo linaje. Así por ejemplo, en La Demanda del
Santo Grial
, se presenta a Galaz como “del alto linaje del rey
David
”. En Lanzarote del Lago, se dice que el origen de este ejemplo
de caballeros “es el del rey David”. Y en La Muerte de Arturo, de
Malory, se afirma incluso que “Lanzarote viene del octavo grado de
nuestro Señor Jesucristo, y Galahad del noveno
”. Es decir, los hace
descender directamente de Jesucristo.

Pero aún hay más. Wolfram von Eschembach, en su Parzival,
presenta a su héroe como “un Anjou de esclarecida estirpe”. De
manera que tenemos aquí, otra vez, uno de los nombres ya citados en el
enigmático cónclave celebrado en Champagne en 1104: un Anjou de estirpe
davídica, considerado como posible descendiente de Jesús y de María Magdalena.

Puede que el Grial no fuera otra cosa que la secreta
existencia de esta estirpe sagrada. En el ya comentado Perlesvaus, el
Grial se describe simplemente como un secreto relacionado con Jesús, algo que
debe guardarse confidencialmente porque no hay que “descubrir los secretos
del Salvador
”, como tampoco se tiene que descubrir a quienes “les
corresponde guardarlos
".

Herejías templarias

Las creencias
más heterodoxas de la Orden

Para acabar con el Temple, el rey de Francia Felipe
IV el Hermoso y el papa Clemente V acusaron a la Orden de cometer un
sinfín de herejías: renegar de Cristo, profanar la cruz, adorar a un
ídolo de nombre Baphomet, celebrar sacramentos sacrílegos y crímenes
rituales, practicar la sodomía… La mayoría de los caballeros templarios
confesaron su culpa, aunque eso no quiere decir nada dada la habilidad con que
los inquisidores manejaban los útiles de tortura. Aun así, hay suficientes
indicios para pensar que el Temple tenía su propio credo, y que éste era un
tanto herético.

De hecho, hay dos temas fundamentales en los que las
acusaciones parecen ser ciertas: el rechazo de la divinidad de Jesucristo y la
adoración de una extraña cabeza llamada en ocasiones Baphomet.

El tema de la naturaleza divina de Cristo fue uno de
los asuntos más difíciles de tragar para las mentalidades de la primera época
de la Iglesia, sobre todo teniendo en cuenta que, para los judíos coetáneos de
Jesús, pretender que un humano fuera Dios era una blasfemia castigada con la
muerte. La pertinaz herejía de Arrio, que negaba el carácter divino de
Cristo, sobrevivió a la condena de numerosos concilios y seguía vigente en la
Edad Media. De manera que el rechazo de los templarios a la figura de un Jesús
divino, sufriendo una muerte en la cruz que redimía a la humanidad de sus
pecados, tiene perfecto sentido dentro de sus creencias gnósticas. Para ellos
Jesús no sería más que un hombre, un maestro en las ciencias taumatúrgicas
egipcias, heredero legítimo del trono de Israel, casado y con descendencia.

En cuanto al Baphomet, parece que los templarios
sentían una especial devoción por ciertas “cabezas”. Veneraban la cabeza de Juan
Bautista, al que consideraban el precursor de Jesús. Y también veneraban
otros rostros, varoniles y barbados, de los que quedan muestra en la capilla templaria
de Rosslyn, Escocia, y en la precepturía de Templecombe, en Somerset,
Inglaterra. Se los considera relacionados con la famosa Sábana Santa, reliquia
que se suponía en poder de los templarios aproximadamente entre 1204 y 1307. De
hecho, se sabe que la famosa Síndone, hoy en Turín, estaba, hacia 1350, en
manos de Geoffrey de Charney, al que los genealogistas identifican como
sobrino del homónimo comendador templario de Normandía que murió quemado en la
hoguera junto al Gran Maestre del Temple Jacques de Molay. Y,
curiosamente, esta familia estaba emparentada con los Brienne y los Joinville,
familias representadas en el misterioso cónclave celebrado por el conde de Champaña
en 1104 y vinculadas al trono de Jerusalén.

Ya en el siglo XIX, el papa Pío IX afirmó que
los templarios eran “seguidores de la herejía juanista”. La verdad es
que esta herejía no figura entre las oficialmente tipificadas, pero parece
referirse a los oscuros escritos de otro Juan, en este caso el apóstol,
al que se considera autor de numerosas obras apócrifas como los Hechos de
Juan
y el Evangelio del Amor, en los que daría cuenta de las
enseñanzas esotéricas de Jesús, núcleo del credo oculto de los templarios.

Cátaros y
templarios

Un secreto
compartido

Durante los siglos XII y XIII se desarrolló en el sur
de Francia una herejía, la de los cátaros o albigenses, que provocó la única y
vergonzosa Cruzada contra cristianos, decretada en 1209 por el papa Inocencio
III. En apariencia, nada podía haber tan opuesto como los herejes y los
cristianísimos templarios. Y, sin embargo, tenían mucho en común. Tanto que la
Orden del Temple, que participó ejemplarmente en todas las cruzadas, se abstuvo
de hacerlo en ésta.

El territorio donde proliferó el catarismo, la Provenza
y el Languedoc-Rosellón, estaba por aquel entonces repartido en condados
independientes y poderosos, y allí era precisamente donde el Temple tenía la
mayoría de sus posesiones continentales. Los caballeros de la blanca túnica se
llevaban muy bien con los difamados herejes. Un gran número de dignatarios del
Temple procedían de familias cátaras y entre el personal de la Orden había más cátaros
que católicos. Incluso se cree que Bertrand de Blanchefort, Gran Maestre
del Temple entre 1156 y 1169, era de procedencia cátara, como lo eran la
mayoría de los nobles de la zona: el conde de Foix, el de Toulousse,
el vizconde de Carcasonne y de Béziers… Durante los años de
persecución, los templarios dieron cobijo a numerosos cátaros, y enterraban en
sagrado a los fallecidos a pesar de la prohibición.

La fe cátara coincidía en gran medida con las ocultas
creencias templarias. Por ejemplo, los cátaros repudiaban la cruz y no creían
en el sacrificio redentor de Jesús. Tampoco aceptaban la naturaleza
divina de Cristo, al que tenían por exclusivamente humano y maestro en los
secretos de la gnosis. Al igual que los templarios, seguían las enseñanzas del Evangelio
del Amor
y sentían una especial predilección por Juan Bautista, cuya
festividad celebraban, según la Inquisición, con prácticas de brujería.

Pero la más sorprendente coincidencia es que los cátaros
también veneraban a María Magdalena como compañera de Jesús. Pierre
des Vaux-de-Cernay, en su Historia Albigense, señala que “los
heréticos decían que Santa María Magdalena era la concubina de Jesucristo
”.
Hay una serie de circunstancias significativas en torno a este asunto. La
primera matanza de la Cruzada tuvo lugar en Béziers, donde el ejército de la
cruz, dirigido por el abad Arnaud-Amalric, entró en la ciudad a sangre y
fuego el 22 de julio de 1209… precisamente, la festividad de María Magdalena.
La población, herejes y católicos, se refugió despavorida en la iglesia… iglesia
dedicada a María Magdalena. Fue una carnicería. Los asaltantes preguntaron a Arnaud-Amalric
cómo hacer para distinguir, en el ataque, a los herejes de los buenos
cristianos. Y, según se cuenta, el abad respondió: “Matadlos a todos, que
Dios sabrá distinguir a los suyos
”. Pierre des Vaux-de-Cernay dejó escrito
que bastaba su herética creencia en María Magdalena como compañera de Jesús
para justificar “que esos perros repugnantes fuesen habidos y exterminados
en la misma festividad de aquella a quien insultaban
”.

De manera que los cátaros parecían estar al tanto del
secreto de María Magdalena, lo mismo que los templarios.

El misterio
de las catedrales

“Señales”
para descifrar el enigma de estas construcciones

Los investigadores consideran que las catedrales
góticas se alzaron gracias al dinero y a los conocimientos arquitectónicos del
Temple, con una finalidad que trasciende la simple intención de levantar
enormes iglesias. El arte de esta geometría sagrada debió de ser uno de los
secretos que descubrieron en Tierra Santa, y en secreto lo siguieron
custodiando las hermandades de  constructores, de las que luego surgió la
masonería. Estos artistas del arco y de la piedra se denominaron
significativamente Hijos de Salomón, rey que construyó el primer Templo de
Jerusalén. Muestra de su vinculación al Temple es que fue esta Orden, con ayuda
del cisterciense Bernardo de Claraval, la que se ocupó de crear una
“regla” de conducta para la hermandad de canteros.

La construcción de las catedrales encierra numerosos
enigmas, aunque los templarios dejaron en ellas algunas claves reconocibles.
Por ejemplo, la catedral de Amiens fue expresamente construida para alojar en
ella una reliquia por la que sentían, como ya hemos visto, especial
predilección: la cabeza de Juan Bautista, traída de Constantinopla por Gualterio
de Sarton en 1206. Y en la de Chartres no incluyeron ninguna imagen de la
crucifixión, algo verdaderamente sorprendente en un templo cristiano pero
acorde con el credo oculto de la Orden.

Además, Chartres guarda en su cripta otro de los muchos
misterios del Temple: la imagen de una virgen negra, llamada Notre-Dame-sous-Terre.
A pesar de su piadoso nombre, según las tradiciones locales esta oscura madonna
era adorada ya en ritos paganos anteriores a Cristo. En realidad, este tipo de
imágenes representa a Isis, diosa negra de la fertilidad y el
conocimiento, y proceden de la tradición gnóstica egipcia como símbolo de una
sabiduría arcana. La inscripción en la base de una de estas antiguas vírgenes
dice: “Isis, la Virgen de la que nacerá el Hijo”. Las vírgenes negras
están asociadas a María Magdalena bajo este mismo principio de
fertilidad sagrada, de Virgen de la que nacerá el Hijo. De hecho, en Francia
hay consignadas al menos cincuenta iglesias dedicadas a María Magdalena que
guardan en su interior imágenes de vírgenes negras. Una de ellas, por supuesto,
es la iglesia de Les-Saintes-Maries-de-la-Mer, pueblo cercano a Marsella al
que, según la tradición, arribó María Magdalena con su hija Sara, de
piel oscura, en brazos.

Las catedrales se levantaron en honor a Nuestra Señora,
una ambigua denominación que muchos creen dedicada en realidad a María
Magdalena como representante de esa fertilidad sagrada, evocada así bajo la
tapadera oficial de la Virgen María.

La maldición
de Jacques de Molay

Las
“profecías” cumplidas del Gran Maestre

Riqueza, poder y conocimientos no salvaron a los
templarios de la destrucción. En un proceso sorprendente por su rapidez, la
Orden del Temple, que sólo rendía cuentas a la autoridad del Papa y era tenida
como el máximo ejemplo de los valores cristianos, pasó a ser perseguida por
herética.

Pero la Orden del Temple no iba a desaparecer sin dejar
tras ella un último misterio, el hechizo de una maldición destinada a
cumplirse. En realidad, el Gran Maestre Jacques de Molay y otros altos
dignatarios de la Orden, no habían sido condenados a muerte. Se había pactado
su puesta en libertad a cambio de que reconocieran el error de sus herejías. El
11 de marzo de 1314 fueron conducidos a la Cité, ante los representantes del
Papa -Clemente V- y del rey –Felipe IV-, para escuchar la
sentencia. Pero cuando descubrieron con asombro que, en lugar de quedar libres,
eran condenados a ser “encerrados a perpetuidad”, lo que significaba la
muerte lenta en una hedionda mazmorra, Jacques de Molay y su comendador de Normandía,
Godofredo de Charnay, se retractaron de su anterior confesión: “Declaramos
que nuestras confesiones, obtenidas tanto por tortura como por astucia y
engaño, son nulas y no válidas
…”.

El bochorno fue general y los encerraron de nuevo en
los calabozos del Temple. Para ellos ya no quedaba otro destino que la hoguera.
Esa misma tarde, ambos fueron conducidos a la isla del Palacio, llamada ‘de los
Judíos’ porque en ella habían sido quemados varios rabinos. El pueblo se
arracimaba en las orillas del Sena para ver el espectáculo y desde una ventana
del Palacio, el rey Felipe el Hermoso contemplaba cómo se abrasaban en la pira
los cuerpos del Gran Maestre y de Godofredo de Charnay, pariente de los Brienne
y Joinville que asistieron a la reunión secreta celebrada en Champagne
en 1104. Y entonces, entre las llamas, se escuchó la voz potente de Jacques de Molay
lanzando su legendaria maldición contra el Papa y el rey: “Clemente, y tú
también Felipe, traidores a la palabra dada, os emplazo a los dos ante el
Tribunal de Dios… A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe,
dentro de este año
…”.

El 9 de abril, veintiocho días después, el papa
Clemente V fallecía corroído por la disentería y bañado en vómitos. Y el 29 de
noviembre del mismo año lo hacía el rey Felipe, en Fontainebleau, arrojado al
suelo por su caballo en un accidente fortuito.

La maldición de Jacques de Molay, Gran Maestre del
Temple, se había cumplido

Fuente: Revista MÁS ALLÁ nº 187 (Sept 2004)
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