Hermano árbol…

Hermano
árbol,


háblame


de tu energía.


Revélame


misterios


del cielo


y de la tierra.

"El verde de los
árboles es parte de mi sangre"


(Fernando Pessoa).

*************************

Nos han acompañado a lo largo de
la historia y lo siguen haciendo, brindándonos su protección
y energía. Respetados y venerados por numerosos cultos y tradiciones,
hoy sólo parecen interesar a las grandes industrias madereras,
empeñadas en explotarlos hasta las últimas consecuencias.

Cuando la actriz Helene von Dönniges
se casó en una capilla ortodoxa griega situada en las propiedades
de su novio, el rico propietario Yanco von Racowitza, un rayo cayó
sobre uno de los tres árboles que había en una colina cercana.
Este incidente no habría pasado de ser una mera anécdota
sino fuera porque el padre de Yanco los había plantado allí
cuando nacieron sus hijos. Precisamente fue el árbol
de Yanco el que cayó partido por el rayo y los invitados a la boda
murmuraron que era un mal presagio. No se equivocaron. Yanco moría
poco tiempo después.

Muchos tal vez piensen que esto fue una casualidad sin mayor trascendencia.
Otros, en cambio, estarán convencidos de que un árbol es
mucho más que una planta que tiene tronco leñoso, ramas
y hojas. Quizá piensen que es un ser vivo, totalmente interrelacionado
no sólo con los otros árboles que tiene a su alrededor sino
también con los seres humanos. Si es así, estarían
en consonancia con lo que otros pueblos y otras culturas han opinado en
torno a sus árboles. No los consideraban como seres aislados sino
que formaban parte directa de sus mitos y ritos, de sus cultos y prácticas
mágicas, de su vida cotidiana y sus usos medicinales. Sabían
qué árboles curaban y qué árboles mataban,
cuáles les protegían de los rayos y cuáles los atraían,
aquellos que eran buenos para alejar a los insectos y cuáles atraían
enfermedades. En definitiva, sabían que cada árbol alberga
un espíritu que le confiere una fuerza determinada, un "alma"
que le da un poder genuino y exclusivo, según a la clase que pertenezca.

En la enfermedad y en las preocupaciones,
nuestros antepasados buscaban un árbol para abrazarse a su tronco,
para transmitirle sus angustias y sus problemas y recibir, a cambio, su
fuerza. Entonces sentían que el árbol era mucho más
que un ser inerte y que por su tronco fluía la savia que da energía
a aquel que busca su consuelo. Los jóvenes enamorados buscaban
el tilo para confiar sus intimidades amorosas porque representaba el vigor
de Venus. Los hombres que iban a la guerra abrazaban al roble porque éste
simbolizaba al dios Marte y las personas que no tenían confianza
en sí mismas acudían al abedul, que estaba bajo la protección
de Mercurio.

Hoy en día se ha puesto de moda abrazar
a un árbol en los momentos de soledad y tristeza. Si alguien piensa
que es una práctica ridícula, debería saber que se
trata de una terapia que recomiendan cada vez más naturópatas
sabedores de los grandes efectos positivos que tiene.

||CULTOS DENDROLÁTICOS||

En efecto. Gracias a que gran parte de la humanidad está desarrollando
una mayor sensibilidad por los problemas ecológicos, hoy adquieren
sentido prácticas ancestrales que antes nos parecían absurdas.
Así, los pueblos de tradición (mal llamados pueblos primitivos)
creían en los espíritus moradores de los árboles
y les profesaban culto (de ahí procede la palabra dendrolático).
No se podía dañar un árbol sin que el infractor fuera
sancionado. Hace siglos, los habitantes de Dalmacia (Croacia y Bosnia-Herzegovina)
eran tan radicales en sus creencias que siempre que se derribaran hayas
y robles -dotados, según ellos, de almas o "sombras"-
debía morir el talador o al menos quedar inválido para el
resto de sus días.

Antiguamente se plantaban dos tilos en la
casa nueva donde uno iba a vivir y un aliso en el jardín posterior
para sentirse más seguros y protegidos. Los granjeros sajones rodeaban
la casa de robles porque éste ha sido siempre un árbol reverenciado,
tanto que cuando Julio Cesar y sus tropas quisieron penetrar en la costa
del sur de la Galia (en la actual Francia), repleta de bosques de robles,
nadie se atrevió a empuñar un hacha para no alterar la paz
de los espíritus del robledal, tan venerados por las tribus celtas
que habitaban el lugar (los galos). Tuvo que ser Cesar en persona el primero
que taló un árbol para que todos sus soldados perdieran
el miedo a vulnerar un recinto sagrado. Ciertamente, consiguieron invadir
y someter la Galia en ocho años (del 50 al 58 a.C.), pero ahora
esa zona es un desierto de piedras donde no hay robles ni agua.

Algunos árboles adquirieron este
carácter sagrado por tener una vinculación con fenómenos
atmosféricos, como por ejemplo por su capacidad de atraer los temibles
rayos. Es el caso de los sauces, robles, encinas, abetos y tilos. Otros,
en cambio, no se ven afectados por esta descarga eléctrica, como
los olmos, fresnos, saúcos y las hayas. Y esta creencia no es un
efecto de la superstición sino de la observación. Por eso,
en caso de tormenta, el saber elegir el árbol adecuado para guarnecerse
no sólo se debe dejar a la suerte sino al conocimiento, porque
su elección puede ser una cuestión de vida o muerte y no
es una simple metáfora.

||ÁRBOLES DE NACIMIENTO||

A veces las leyendas se han encargado de
recordarnos que un árbol estaba ligado a la vida de un pueblo o
de un hombre y que talarlo significaba sesgar la vida no sólo del
espíritu que moraba en su interior, sino la de ese pueblo u hombre
al que fue consagrado. Según el etnólogo rumano Mircea Eliade,
"el hecho de que una raza descienda de una especie vegetal presupone
que la fuente de la vida se halla concentrada en ese vegetal; por tanto,
la especie humana se encuentra allí, en estado potencial, en forma
de germen, de semilla". Es el caso de las tribus meos de Tailandia
y Birmania, los tagalos de las islas Filipinas o los ainos del Japón,
los cuales creen que provienen de un bambú o de una mimosa.

En algunos pueblos papúas (en Melanesia) unen la vida de un recién
nacido con la de un árbol introduciendo una pequeña guija
en la corteza de este último. Después de un nacimiento,
los maoríes de Nueva Zelanda solían enterrar el cordón
umbilical en un lugar sagrado y plantar encima un renuevo retoño.
En su paulatino crecimiento, el árbol era un tohu oranga, es decir,
un signo de la vida del niño: si el árbol prosperaba o se
marchitaba, el niño seguía igual suerte. Entre los dayaks
de Landak y Tajan, distritos de la Isla de Borneo (Indonesia), plantan
un árbol frutal por cada niño y, según la creencia
popular, el espíritu o hado de la criatura estará ligado
con el del árbol.

Pero esta asociación no es sólo
patrimonio de culturas ancestrales, sino que en muchos países de
Europa han hecho lo mismo, confiando que el árbol crecerá
al compás del pequeño. La costumbre todavía perdura
en el cantón de Aargau, en Suiza: cuando nace un niño plantan
un manzano y si es una niña, un peral.

Más sorprendente aún es el
hecho de que cerca del castillo de Dalhouise, no lejos de Edimburgo (Escocia),
crece un roble llamado el Árbol Edgewell, del que es opinión
popular que está conectado a la suerte de la familia por un lazo
misterioso, pues aseguran que cuando un miembro de la familia muere o
está próximo a su fallecimiento, se desprende una rama de
dicho árbol. Un día plácido del mes de julio de 1874
cayó una gran rama del Árbol Edgewell y un viejo guardabosques
exclamó al verlo: "¡El lord ha muerto ahora mismo!".
Poco después llegaron noticias de la muerte de Fox Maule, undécimo
conde de Dalhouise.

Muchos opinaran que todo es una cuestión
de creencias, pero éstas son las que mueven el mundo. Cuenta Marco
Polo que el emperador chino Kubilai Kan (nieto de Gengis Kan) ordenó
plantar árboles por todo su imperio con suma satisfacción
porque sus astrólogos y adivinos le habían asegurado que
quien esto hiciese tendría una larga vida. Vivió 80 años
(y hablamos del siglo XIII).

De ser cierto, he aquí un elixir
barato, sin contradicciones y ecológico para vivir muchos años.
Si tienen ocasión, pónganlo en práctica.


Autor: Jesús Callejo
– "Más Allá"

Fuente: http://www.laotrainformacion.com/

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