Manuscrito Voynich

El Manuscrito Voynich: Un
Código Por Descifrar


 

uién
fue el autor del misterioso manuscrito Voynich? En los años veinte
alguien pareció haber dado con la solución, pero hay que preguntarse si
el manuscrito reveló verdaderamente sus secretos.

 



Dos páginas del manuscrito, que ilustran
algunas de las plantas no identificadas. En 1931, John Manly
publicó un análisis del trabajo de Newbold, resucitando la
cuestión de la paternidad y del significado del manuscrito
Voynich . Newbold atribuyó el manuscrito a Roger Bacon, pero
según Manly su método «adolecía de tan graves defectos que
resultaba imposible aceptar
los resultados».

Muy pocas personas dudaron del profesor Newbold cuando, en 1921,
anunció que el misterioso manuscrito Voynich era un tratado
escrito por el filósofo y científico del siglo XIII Roger Bacon, y
que contenía información científica avanzada enmascarada por un
complejo código que Newbold pretendía haber descifrado. Sin
embargo, 10 años después un antiguo colega suyo, el profesor John
Manly
, publicó una crítica que demostraba que sus argumentos
dejaban mucho que desear.

La primera objeción de Manly se refería al
proceso «anagrámico» seguido por Newbold para llegar a su texto
final en latín. Resaltó que a partir de cualquier línea podía
obtenerse diversos anagramas, cada uno con un significado
distinto, violando con ello la regla de oro según la cual sólo
puede admitirse una solución para un pasaje dado. La construcción
de anagramas es un pasatiempo antiguo; así, por ejemplo, el saludo
del ángel a la Virgen María en la Anunciación expresado en latín
(Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum) constituyó desde
antiguo para los estudiantes una fuente de devotos juegos con
anagramas. A pesar de contener únicamente 31 letras, la frase
permitió obtener, por una parte, 3.100 anagramas en prosa y un
poema acróstico; por otra, 1.500 versos pentámetros y hexámetros,
y por otra, una Vida de la Virgen compuesta en 27 anagramas.

Por comparación, Newbold «anagramó» el supuesto
texto de Bacon en bloques de 55 o 110 letras, dando pie con ello a
miles de posibles traducciones. Sin embargo, Manly se preguntó si
Newbold se hallaba de verdad en el buen camino. Al examinar el
texto por medio de una lupa, no consiguió ver el manuscrito
secundario en «taquigrafía» que Newbold había visto; lo único que
vio fue que el pergamino se había rajado y dañado con el tiempo,
desfigurando los caracteres en tinta primitivos y originando
pequeñas líneas y garabatos.

En cuanto a las pruebas tipo, entre ellas la de
la nebulosa de Andrómeda, de la que Newbold pretendía no saber
nada hasta que leyó el texto de Voynich: sin poner en duda la
honestidad del profesor, Manly sugirió que, siendo como era un
gran lector, seguro que conocía ya la nebulosa; según él, Newbold
«fue víctima de su propio e intenso entusiasmo y de su cultivado e
ingenioso subconsciente».

El trabajo era concluyente. «En verdad, no
sabemos cuándo ni dónde fue escrito el manuscrito, ni siquiera el
lenguaje de base del cifrado –escribió Manly–. Cuando se apliquen
las hipótesis correctas, quizás descubramos que el código es
simple y sencillo.»

 

Un Gran Desafío


Roger Ascham, estudioso y escritor inglés
del siglo XVI, que según el doctor Leonell Strong era el
autor del manuscrito.

Una vez apagados los ecos de las declaraciones
de Manly, el tema no volvió a suscitarse durante muchos años. Sin
embargo, muchos especialistas continuaron trabajando privadamente
con el manuscrito (considerado, con razón, como el mayor desafío
al que jamás se habían enfrentado). En 1943 un abogado de Nueva
York se atrevió a proponer una solución, un confuso texto en latín
lleno de incongruencias. Dos años después un destacado
investigador del cáncer, el doctor Leonell C. Strong, creyendo
quizás que su reputación en el campo profesional era
suficientemente sólida como para afrontar los mayores reveses
académicos, pretendió haber transcrito con éxito ciertos pasajes
médicos.

Anunció que no se trataba de una obra de Bacon,
sino de Roger Ascham, contemporáneo del doctor John Dee que había
sido tutor y secretario privado de la joven reina Isabel I. Al
igual que muchos estudiosos de su edad, Ascham estuvo interesado
en varios temas, y publicó varias traducciones de obras clásicas,
un tratado sobre educación y un manual que explicaba y defendía la
práctica del tiro al arco, por entonces en trance de desaparecer.

Según el doctor Strong, en uno de los pasajes
del manuscrito Voynich Ascham describe una fórmula anticonceptiva
que, como demostró el propio doctor Strong, puede resultar eficaz.
Sin embargo, el doctor no explicó nada sobre sus métodos
criptográficos, limitándose a decir que se trataba de «un doble
método inverso de progresiones aritméticas basadas en un alfabeto
múltiple». En cualquier caso, varias de las afirmaciones del
doctor Strong referentes al estilo lingüístico de Ascham no
soportan el examen de un experto.

 

Una Dimensión Insólita


El librero y anticuario Hans Kraus
adquirió el manuscrito en 1960, cuando falleció Ethel L.
Voynich. Kraus donó el libro a la Universidad de Yale en
1969. Creía que esta obra podría arrojar nueva luz sobre la
historia de la humanidad; otros creen que no aportará nada
nuevo, y que no es más que un complicado herbario.

Probablemente el esfuerzo más prometedor para
encontrar una solución se inició en 1944, de la mano de un antiguo
discípulo del profesor Manly, el capitán William F. Friedman,
militar especializado en el desciframiento de códigos que había
contribuido a derrumbar la teoría de Newbold. El capitán Friedman
dedicó parte de su gran equipo de expertos a la tarea de resolver
el antiguo misterio.

Después de muchas horas de trabajo lograron
reducir el texto a unas series de símbolos que podían ser tratados
por máquinas tabuladoras, pero abandonaron su trabajo (dejándolo
incabado) al finalizar la guerra. Un resultado curioso, sin
embargo, fue que el equipo de Friedman logró demostrar que las
palabras y frases del manuscrito se repetían más a menudo que las
de un lenguaje corriente: esto era algo insólito, puesto que los
sistemas de cifrado suelen pecar de lo contrario.

Una teoría que pretendía explicar este fenómeno
se basaba en que el libro era un herbario, tal como se había
sugerido en un principio, y que las repeticiones eran fórmulas
químicas (al igual que en los modernos libros de texto de
medicina, donde las fórmulas se repiten con gran frecuencia).

Al morir Wilfred Voynich en 1930, su principal
heredero fue su mujer, Ethel Lillian. Ethel L. Voynich era una
mujer muy independiente y de carácter enérgico; en 1897 había
publicado una novela romántica sobre el movimiento de la Joven
Italia titulado The gadfly (El tábano), que se convirtió en
un bestseller mundial, especialmente en la Rusia
postrevolucionaria. (Antes de su muerte se habían vendido en aquel
país más de 2.500. 000 de ejemplares.) En realidad, a ella no le
interesaba la polémica sobre la «controversia Voynich», y guardó
el manuscrito en su caja fuerte de la Guaranty Trust Company de
Nueva York. Cuando murió en 1960, a la edad de 96 años, sus
albaceas subastaron sus bienes, y el manuscrito fue adquirido por
otro librero de Nueva York llamado Hans P. Kraus. Dos años
después, Kraus ponía en venta el libro al precio de 160.000
dólares.

Paralelamente declaró que había comprado el
libro convencido de que «contiene información que puede arrojar
luz sobre la historia del hombre. Cuando alguien sea capaz de
leerlo, este libro valdrá un millón de dólares».

La respuesta de varias fundaciones literarias y
académicas americanas ante estas afirmaciones fue sumamente
ambigua. Por otro lado, es posible que se trate únicamente de un
herbario, elaborado por un autor de la baja Edad Media que no
sabía muy bien lo que se llevaba entre manos, y que inventó un
código secreto del que luego no supo acordarse.

En 1969, Hans Kraus hizo donación del libro a
la biblioteca de la Universidad de Yale, donde permanece aún
guardando su secreto.

 

Sólo Para Sus Ojos


Samuel Pepys, literato y administrador naval del siglo XVII.

El uso de cifrados y claves estaba muy
extendido en siglos pasados, y no siempre por razones de secreto
militar o diplomático. Es posible que el manuscrito Voynich
estuviese escrito en clave para escapar a las virtuales
acusaciones de brujería achacables a los avanzados conocimientos
científicos que contenía. Quizás el ejemplo más famoso de este
tipo de manuscrito críptico sea uno cuya clave respondería a
motivaciones muy distintas: los diarios del literato y
administrador naval inglés del siglo XVII, Samuel Pepys.

En 1724, de acuerdo con la última voluntad de
Pepys, los diarios fueron depositados en su antiguo College de
Cambridge, donde permanecieron indescifrados hasta su
redescubrimiento en 1818. El trabajo de desciframiento fue
encargado a un estudiante no graduado llamado John Smith. Este
tardó tres años en descifrar el código y transcribir el
manuscrito, dedicando a esta tarea hasta 12 y 14 horas diarias.
Finalmente, el resultado fue publicado en 1825, revelando un
pintoresco y escandaloso fresco de la vida de Londres durante la
época de la Restauración.

Sin embargo, la última burla recayó sobre el
pobre John Smith. Cuando en los años 1870 se preparó una nueva
edición de los diarios, se descubrió que si el transcriptor
hubiese conocido mejor la biblioteca en la que trabajaba no
hubiese tenido tantas dificultades en encontrar la solución. En
efecto, Pepys se basó simplemente en una especie de taquigrafía
cuya clave se utilizaba comúnmente en aquella misma biblioteca.

Fuente: http://www.mundoparanormal.com

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