Tradición secreta de los Templarios


"Que la tierra
se vaya haciendo camino ante tus pasos,

que el viento sople siempre a
tus espaldas,

que el sol brille cálido sobre tu cara,

que la lluvia
caiga suavemente sobre tus campos y,

hasta tanto volvamos a encontrarnos,

que Dios te guarde en la palma de sus manos"

(Antigua despedida de los peregrinos).

******************************

"Yo, Guillermo de Nogaret, siguiendo
las directrices dadas por mi señor el rey Felipe IV de Francia,
ordeno detener a todos los Caballeros pertenecientes a la Orden del Temple
y confiscar sus bienes. Gracias a los informes aportados por numerosas
personas dignas de fe, hemos sabido que los Hermanos de la Orden de la
Milicia del Temple, ocultando al lobo bajo la apariencia de cordero, y
bajo el hábito de la Orden, insultan miserablemente a la verdadera
fe, crucificando una vez más en nuestros días a Nuestro
Señor Jesucristo. Esta gente inmunda ha renunciado a la fuente
de la luz divina y practicando la sodomía, la adoración
de ídolos satánicos y el robo de propiedades ajenas, ha
tejido una inmensa y maligna telaraña que amenaza con destruir
nuestra sociedad y nuestra legítima creencia en el Altísimo.
Firmado en París en el mes de septiembre de 1307".

De esta manera tan explícita, las autoridades
francesas de la época, alertaban sobre la detención de los
Caballeros Templarios. Al poco tiempo, cumpliendo los planes con impecable
efectividad, la Orden había sido desmantelada, sus miembros detenidos
o ajusticiados y su último Gran Maestre, Jacques de Molay, quemado
vivo en la hoguera como si de un peligroso hereje se tratase.

Hoy ya sabemos que la siniestra trama urdida contra los
Templarios y las vulgares acusaciones que se les imputaron sólo
fueron una excusa para apropiarse de sus inmensas riquezas materiales
y de su enorme influencia política. Sin duda, la auténtica
verdad sobre la cuestión aún está muy lejos de saberse.
Pero dando por sentado que fueron destruidos debido a las maquinaciones
del poder, el investigador y curioso todavía se pregunta en nuestros
días si realmente poseyeron los Templarios un conocimiento esotérico
ajeno a la ortodoxia católica dictada por el Papa desde Roma. En
las siguientes líneas intentaremos arrojar alguna luz sobre este
apasionante tema.

||LA VERDADERA MISIÓN DE LOS
TEMPLARIOS||

Aunque algunos se hayan propuesto arrancar de raíz
las páginas de la historia escritas por los Templarios, lo cierto
es que la influencia de esta Orden en el desarrollo del esoterismo occidental
es tan grande que ignorarla resulta una tarea estéril. En efecto,
estos caballeros no sólo constituyeron una Orden religiosa y militar
dedicada a la salvaguarda de los santos lugares en Oriente Medio, sino
que también fueron los elegidos para llevar a cabo una misión
secreta, una arriesgada tarea que al parecer cumplieron perfectamente,
y que les proporcionó un profundo conocimiento esotérico
que reflejaron en sus actividades. Esta misión fue la de rescatar
el Arca de la Alianza en el que se hallaban las tablas que Dios entregó
a Moisés en el Monte Sinaí. Este Arca, había sido
desde los tiempos del rey Salomón, el centro del culto en el templo
de Jerusalén, y como signo visible de la presencia de Dios en la
Tierra, tenía la propiedad de abrir las puertas a un conocimiento
oculto basado en el equilibrio cósmico de las proporciones.

Estructuralmente,
el Arca constaba de una caja de madera de acacia de
cinco
palmos de largo por tres de alto que se hallaba revestida de oro. Según
se decía, de ella emanaba tal cantidad de energía, que podía
dejar ciegos a aquellos que sin tener un alma pura, se atreviesen a contemplarla.
Fue el jefe espiritual de los caballeros Templarios, Bernardo de Claraval,
quien ordenó a sus fieles servidores que se dirigieran a los establos
del templo del rey Salomón en Jerusalén y que derribaran
las paredes que desde hacía siglos sellaban sus entradas. Dentro,
se encontraron con el legendario Arca que contenía las Tablas que
habían pertenecido a Moisés. Para la iglesia católica,
en ellas sólo se encontraban impresos los mandamientos, por lo
que su valor era puramente histórico, pero para algunos iniciados
como San Bernardo, tenían un alto valor mágico y esotérico
ya que en la grafía de sus palabras se encontraba la clave lexarítmica
que permitía conocer los números que resumían las
proporciones que regían el Universo.

San Bernardo sabía muy bien lo que hacía.
En 1128 ya había interpretado la sagrada "geometría"
que sustentaba el Templo de Salomón y conocía perfectamente
tanto las relaciones existentes entre cifras y letras como el simbolismo
de las formas, los colores y el sonido. Además del Arca, en el
interior del recinto encontraron un fabuloso tesoro que de la noche a
la mañana los transformó en dueños de una inmensa
fortuna con la que poder materializar sus utópicas ideas de implantar
el reino de Dios en la Tierra. Tales hallazgos, dieron la suficiente autoridad
política y moral a Hugo de Payns, jefe de aquellos nueve caballeros,
para trasladarse a Roma y allí pedir al pontífice Honorio
II que convocase un concilio con el que conseguir el reconocimiento oficial
para la nueva Orden.

||EL TEMPLE Y LA ARQUITECTURA||

La devoción que tenían los caballeros de
la Orden por la Virgen y por la arquitectura, hizo que numerosas construcciones
dedicadas a Nuestra Señora fueran apareciendo a lo largo y ancho
del continente. Dueños de una enorme riqueza amasada gracias a
las donaciones de monarcas, nobles y señores feudales, pudieron
aquellos caballeros sufragar sin ningún problema los enormes gastos
que las catedrales generaban, organizando además las primeras cofradías
de constructores o hermanos maçons.

Casi todos los especialistas, están de acuerdo
en que fueron los cristianos de oriente, los judíos y sobre todo
los sufíes musulmanes, quienes dieron a los templarios las pautas
necesarias para elevar sus monumentos. La orientación fue una de
estas pautas. Del mismo modo que la esfinge de Gizeh se sitúa al
este de las pirámides, también los campanarios de las iglesias
templarias suelen encontrarse en esta dirección. Por otra parte,
el principal modelo a seguir en las plantas de las construcciones fue
la octogonal que procedía originalmente del templo de Salomón.
Aunque este tipo de planta se alternó con la rectangular, fue el
octágono, transformado en un círculo perfecto en el interior,
el símbolo esotérico más importante de sus construcciones.
Este círculo, uno de los esquemas más ancestrales del Cosmos,
constituía un espacio idóneo para realizar operaciones mágicas
y ritos iniciáticos. Otras de
las influencias presentes en su esoterismo provienen de la gnosis. En
efecto, los templarios compartieron con los gnósticos la idea de
que los templos eran símbolos del misticismo universal. Ningún
edificio se realizaba al azar. Todos ellos se encuentran emplazados en
lugares en los que las energías telúricas del subsuelo generan
un circulo invisible que envuelve al sujeto que penetra en el interior.
En el fondo, esta energía es esencialmente la misma que la emanada
del Arca de la Alianza ya que como afirma Laurence Hardner éste
"se revelaba como un poderoso condensador eléctrico construido
en maderas resinosas y forrado interior y exteriormente por una doble
cobertura de oro que generaba un voltaje suficiente para matar a una persona.
También el Arca era un amplificador de sonido con sus dos querubines
magnéticos flanqueando el trono de la misericordia en el que Moisés
se sentaba para comunicarse con Dios".

Durante los años en que se desarrolló el
estilo gótico, las nuevas edificaciones aspiraban a albergar en
su interior el mayor número posible de creyentes. El culto adquirió
así un carácter universalista, reflejado en la masiva acogida
de los peregrinos venidos desde muy lejos y en el trabajo unificado de
los distintos tipos de artesanos que colaboraban durante decenios en las
construcciones. Estos artesanos, se agrupaban en logias (asambleas) en
las que iban pasando por las categorías de aprendices, oficiales
y maestros-compañeros. Para alertar a los "hermanos",
se insertaban en los techos de los templos, inscripciones simbólicas
que aún no han sido descifradas en su totalidad, marcas con las
que el maestro de obras firmaba su trabajo o con las que saludaba a sus
compañeros. Estas marcas corresponden a un alfabeto secreto aún
mal conocido. Los Templarios idearon unos signos que se basaban en la
figura de la cruz de ocho puntas que generalmente llevaban colgada al
cuello. Estos símbolos podían aparecer dispuestos tanto
en círculo como en forma de cruz, y el verdadero significado de
cada uno de ellos podía ser alterado. Semejantes prácticas
han servido para que muchos textos diseminados a lo largo de la geografía
europea aún no hayan podido ser leídos. Similar circunstancia
sucede con la enorme cantidad de frases y dibujos que salpican los muros
y lápidas de muchas iglesias. La influencia de la cábala
judía y del lenguaje secreto de los alquimistas, indudablemente
influyeron a los seguidores de la Orden, quienes con su alfabeto esperaban
poder esquivar las insidiosas miradas de la nobleza y de una parte del
clero. Para Gilete Ziegler, autor de Les Templiers, está
claro que existió una regla secreta conocida sólo por algunos
dirigentes que había sido deliberadamente destruida tras la persecución
a la que se vieron sometidos. En todo caso, lo cierto es que esta regla
secreta nunca ha sido hallada. Actualmente, los denominados Estatutos
Secretos de la Orden
publicados por el alemán Mertzdorffen
en 1877, son considerados una burda falsificación. De todas maneras,
que no se hayan encontrado aún pruebas documentales que permitan
afirmarlo rotundamente, no quiere decir que no existiera una rama esotérica
de la Orden. Este grupo oculto podría haberse enriquecido con los
contactos sostenidos en Jerusalén con iniciados de tradición
sufí. Incluso hay quien defiende la teoría de que el Templo
de Salomón fue construido por el maestro sufí Maaruk Karkhi.
Según Idries Shah, los musulmanes habrían reconstruido el
sagrado recinto que con tanto celo defendieron después los señores
del Temple. Cuando al fin, Jerusalén fue tomada por los árabes,
lo primero que hicieron fue adquirir el Templo de Salomón, reafirmando
esta circunstancia la profunda relación que los ligaba a tan emblemático
edificio.

||LA MÚSICA DE LOS TEMPLARIOS||

En la Edad Media, la música tenía un acentuado
carácter ritual. Las normas dictadas por la tradición eran
de obligado seguimiento por parte de los compositores, quienes consideraban
que su obra surgía gracias a la intervención directa de
la divinidad. Ellos sólo eran meros intermediarios de la conciencia
superior que los inspiraba.

Aunque apenas poseemos documentación fiable de
la música con la que los Templarios acompañaban sus ritos,
sí contamos con datos que nos permitan realizar una aproximación
bastante fiable. Así por ejemplo sabemos que Bernardo de Claraval
escribió al respecto que: "El
canto debe estar lleno de gravedad; que no sea ni mundano ni demasiado
rudo y pobre…; Que sea dulce, aunque sin liviandad; que,
mientras
agrada al oído, conmueva al corazón; deberá aliviar
la tristeza y calmar el espíritu irritado…".

Y en el apartado 15 de la primitiva regla templaria nos dice que:
"… Ordenamos que tanto los fuertes como los
débiles, para evitar confusión y tumulto, en cuanto el salmo
que es llamado Venite, con el invitatorio y el himno hayan sido cantados,
os sentéis y digáis vuestras plegarias en silencio, suavemente
y sin alzar la voz, para que el proclamador no perturbe las plegarias
de los otros hermanos".
Y más
adelante, en los apartados dedicados al servicio religioso, hace alusión
a los cantos que integran la misa, volviendo a señalar que deben
ser entonados con el debido acatamiento y respeto.

Durante los años en que los templarios desarrollaron
su actividad, la música conoció una auténtica revolución.
Su artífice fue el benedictino Guido D´Arezzo (995-1050)
quien estableció definitivamente la notación pautada y el
nombre de las notas. Sus aportaciones se encuentran recogidas en el Micrologus
de disciplina artis musicae,
en este tratado D´Arezzo introduce
la escritura sobre cuatro líneas que a finales del siglo XII se
convirtió en el pentagrama. Gracias al pentagrama fue posible conocer
tanto la duración, como la altura de cada sonido.

El espíritu comunal que se difundió por
toda la cristiandad en forma de gremios, corporaciones, fraternidades
y órdenes, también influyó a la música. Así,
a través de la polifonía o grupo de diferentes líneas
de canto que sonaban simultáneamente, los artistas encontraron
el vehículo ideal para expresar sus sentimientos. A la austeridad
de la melodía gregoriana, se añadieron los primitivos cantos
a dos voces denominados organum, en los que el canto principal
era acompañado, nota contra nota, por un tema paralelo a distancia
de quinta o de cuarta. La octava o distancia de ocho sonidos, era el límite
máximo entre las melodías. Inmersa en la octava musical
se encontraban las siete notas de la escala, que resumían perfectamente
el ámbito del mundo conocido, del universo y de la potencia divina.
La octava se correspondía con el octógono, con el círculo
y con las ocho puntas de la estrella que representaba a la Orden.

En
Tierra Santa, las masas de peregrinos cantaban emotivas melodías
religiosas en las que la importancia del texto era tan grande como la
de los sonidos. Los jerarcas templarios conocían bien todas estas
circunstancias y saludaron con entusiasmo los nuevos rumbos de la polifonía
en los que la imitación cobraba especial relevancia. Los diferentes
temas se perseguían unos a otros produciendo un efecto fugado que
se relacionaba directamente con el de las arriesgadas perspectivas de
los arcos ojivales y con las enormes bóvedas preparadas para albergar
a la masa de creyentes.

La belleza al servicio de la divinidad, la estrecha relación
entre palabras y notas musicales, la sobriedad y la profundidad del estilo,
fueron sin duda algunas de las características de la música
que los Templarios interpretaron en sus cultos, todo ello sin olvidar
las canciones profanas, alegres y vigorosas, que entonaban con ánimo
firme mientras se dirigían a la protección de los Santos
Lugares.

||TEMPLARIOS Y MASONERÍA||

Una de las principales actividades de los Templarios
fue la elevación de iglesias a lo largo del continente europeo
y Tierra Santa, por lo que el contacto que mantuvieron con los maestros
constructores pertenecientes a las logias fue constante. Esta relación
entre los compañeros masones y los Templarios, continuó
incluso tras la desaparición de la Orden. Efectivamente, tras la
condena de los Templarios por el rey Felipe de Francia, muchos de ellos
se aprestaron a salvar algunas de las numerosas propiedades de la hermandad
o a reintegrarse en otras órdenes de caballería. Un grupo
fue a parar a Escocia donde protegidos por Roberto I, asimilaron algunos
elementos de la mitología celta, conformando con el tiempo el denominado
Rito Escocés. No es ninguna casualidad que el documento masónico
más antiguo conservado en Escocia sea un manuscrito de finales
del siglo XIV, época en la que los Templarios se habrían
visto obligados a integrarse en otras obediencias. El rey Roberto creó
dos hermandades con las que asegurar la permanencia del legado del temple
tras la persecución sufrida por el papado y las autoridades. De
este modo, en la Real Orden de Escocia y en la de Kilwinning del Heredom,
pudieron refugiarse muchos caballeros que transmitieron sus enseñanzas
a los maestros que formaban las fraternidades de arquitectos. Tras la
Edad Media, fue en el siglo XVIII, cuando los elementos propios de la
tradición templaria volvieron a plasmarse con gran intensidad en
la masonería. Gracias a la iniciativa de J.A. Starck el ritual
de la clericatura templaria se afianzó en el rito. En dicho ritual
tanto el initiator como el conductor, iban ataviados con
una capa blanca en la que se hallaba representada una cruz roja. En la
ceremonia iniciática, el neófito recibía de sus compañeros
el beso de la paz y al final se le agasajaba con un modesto ágape
durante el que se leían algunos versos de la Regula Vitae, inspirada
en la que redactó San Bernardo. Asimismo, encontramos en el denominado
Rito de Perfección, algunos grados con clara alusión templaria,
tales como el noveno o del maestro elegido de los nueve; el quinceavo
o del Caballero de la espada de Oriente y el dieciseisavo o del grado
del Caballero de Jerusalén. Estos grados también se denominan
así en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Por otra parte,
el grado número treinta, denominado del Caballero Kadosch, se denomina
también "grado de la venganza", ya que en él se
evoca el padecimiento sufrido en la hoguera por Jacques de Molay, el último
de los Grandes Maestres.

Pero las relaciones entre los Templarios y los masones
no se acaban ahí. No olvidemos que los templarios habían
considerado el templo del rey Salomón, donde se encontraba el Arca
de la Alianza, como un lugar sagrado y que precisamente este monarca había
ordenado a los gremios de artesanos realizar réplicas de este santo
lugar en todo el orbe. De hecho, según la tradición, la
primera logia habría surgido en el lado occidental del templo salomónico,
en donde Hiram, el legendario fundador de la masonería, había
erigido dos columnas de bronce.

Para algunos, los colores de los atuendos de los caballeros,
o sea la cruz octogonal negra o roja sobre fondo blanco, reflejaban un
influjo maniqueísta, en el que el mundo se dividía entre
la luz de Dios y las tinieblas del mundo infernal. Los masones recuperarían
este simbolismo en los mosaicos de los suelos que adornaban sus logias.

Gracias a su contacto directo con las culturas judaica
y musulmana, los Templarios habrían asimilado la cábala
y el sufismo, transmitiendo estas enseñanzas a las fraternidades
de obreros constructores que posteriormente engrosarían las filas
de los adeptos a la masonería. En su libro titulado La Espada
y el Grial,
Andrew Sinclair escribe que abundan en los lugares de
Escocia en los que estuvieron los templarios, tumbas con representaciones
del Templo de Salomón, con estrellas de ocho puntas y con otros
símbolos característicos, mezclados con los de origen estrictamente
masónico. También, y este dato debería alertarnos
acerca de la estrecha relación entre Templarios, Rosacruces y Masones,
se encuentran algunos emblemas representando a la rosa mística.
Una vez más, los extremos del círculo oculto vuelven a unirse
sin solución de continuidad.

González
de la Rubia – "La Otra Información"

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