Los Templarios, su permanencia en el secreto

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Mucha tinta se ha vertido sobre los enigmas templarios, los cuales se
cuidaron de fomentar el misterio en torno suyo. Todos, en un mundo
medieval en el que imperaba lo maravilloso y lo mágico, asumieron la
evidencia de unos orígenes que incluso parecían basarse en lo
sobrenatural del secreto numerológico. Tras la primera Cruzada, nueve
caballeros franceses decidieron fundar una Orden, entre cuyas
intenciones, y a diferencia de lo que sucedía con los cruzados, no
estaba la de combatir sistemáticamente a los musulmanes. Tampoco
asistían a pobres y a enfermos, como sucediera con los Caballeros de
San Juan (más tarde, Caballeros de Malta) o con los Hospitalarios,
creados en 1120, ni tampoco quedaban circunscritos a un ámbito
territorial de actuación –tal es el caso más tardío de los Caballeros
Teutónicos, fundados hacia 1198 en los territorios del Báltico– sino la
de defender a los cristianos que peregrinaban a los Santos Lugares.

Hugues
de Payns, quién fuera realmente el promotor inicial y su primer Gran
Maestre, Geoffroy de Saint-Omer, Geoffroy Bisol, André de Montbard,
Payen de Montdidier, Archambaud de Saint-Amand, Gondemar, Rossal y
Hugues de Champagne se instalaron en Jerusalén y fundaron la Orden de
los Caballeros del Temple en 1118. Balduino II, que reinaba entonces en
la ciudad, les permitió establecer sus cuarteles generales en una sala
de su palacio, situado cerca de la mezquita de Al-Aqsa, La Única, en la
explanada del que fuera antiguo Templo de Salomón y del que, por dicha
razón, tomarán el nombre de templarios… Ciento noventa y seis años de
vida para una organización poderosa a la par que controvertida,
veintidós Grandes Maestres hasta 1314, en que desaparecen.

De
una orden insólita, medio religiosa y medio guerrera, que en pocos años
se convirtieron en el colectivo más rico y poderoso de la iglesia y en
espejo vivo de aquella guerra santa que Roma preconizaba para terminar
de convertir al mundo a la fe cristiana.

La dualidad fue siempre
una característica que definió al Temple, y que aparece reflejada
gráficamente en el blanco y negro, lo puro y lo impuro, de su
estandarte, el Beaucent (nombre que invocaban al entrar en combate) y
en otro símbolos, como emblemas y escudos. La dualidad se hacía patente
en su razón de ser (orden monástica y militar), su función (orar y
guerrear) y su imagen (la "externa" de monjes soldados que luchan por
liberar Palestina y la "interna", de recaudadores y administradores de
sus riquezas). La Orden ha quedado magníficamente simbolizada en los
muros de sus construcciones. A esta organización muchos historiadores
le atribuyen la paternidad más o menos probable de la Francmasonería.

El
Temple fue una orden; es decir, un colectivo sujeto al cumplimiento de
unas reglas propias y formado por un puñado de adeptos volcados a
alcanzar unos fines que debían permanecer secretos más allá del
estricto núcleo de sus dirigentes en Tierra Santa, donde siempre
conservaron su sede central. Estos líderes, desde su fundación,
establecieron el abanico de funciones y deberes de todos sus miembros,
de manera que el cumplimiento estricto de la Regla condujera a alcanzar
los objetivos de poder que configuran la existencia de la mayoría de
estos grupos.

La regla del Temple gobernada la vida de sus
monjes y todas las horas de su jornada. Se configuraba una disciplina
en el cumplimiento del rito donde cifraba su conciencia de grupo y se
fomentaba el convencimiento de ser sólo una célula cuya vida no tenía
más importancia en sí misma que la de colaborar al progreso de la
unidad superior de la que formaba parte.

La devoción de cada
templario era la de los santos protectores de la orden; su régimen de
comidas, el que seguían todos sus hermanos en los conventos; sus ropas,
las que correspondían al grado de autoridad concedido: comendador,
caballero, sargento; sus oraciones, las de todos los demás miembros,
sin un espacio para expresar devociones individuales; su fidelidad
total a sus superiores que, por naturaleza, eran a la vez mentores
espirituales y jerarquía militar. Y todos estos preceptos tenían que
obedecerse, no sólo cumpliendo a rajatabla, sino mostrando ante todos,
como una representación ofrecida al mundo exterior de que el temple era
un solo cuerpo monolítico sin individualidades.

Alfabeto templario

Símbolos y secretos templarios

Los
templarios fueron grandes maestros en el arte de la criptografía, un
alfabeto secreto que se supone utilizaban en sus transacciones
mercantiles y documentos confidenciales. Las letras del alfabeto
constaban de ángulos y puntas y podían ser leídos mediante un medallón
que portaban algunos caballeros. Posteriormente, los gremios de
constructores utilizaron un sistema parecido. También practicaron la
alquimia y habían descubierto la piedra filosofal. En numerosos
detalles arquitectónicos se encuentran símbolos que indican prácticas
alquímicas. En este sentido la regla secreta de la Orden a los
templarios les tenían prohibido trabajar ciertas materias por la
ciencia filosofal y éstas no serían emprendidas más que en lugares
ocultos y secretos.

El Baphomet, que se utilizó como argumento
para la condena de los templarios, pero nadie sabe a ciencia cierta lo
que significó, ni su origen ni su función ritual. Se dice de una cabeza
o busto que tendría la forma andrógino, y al que veneraban los hermanos
de la Orden. Posiblemente el símbolo hacía referencia al hermetismo
alquímico y representaría la unión del azufre y el mercurio filosofal,
considerados como los elementos macho y hembra en la consecución de la
gran obra. Para los templarios modernos se trataría de un objeto para
favorecer a la meditación, una especie de mándala cósmico.

La
tradición esotérica enseña que el número está en el principio del Ser
sobre el triple plan divino, natural y humano. El tres, el símbolo del
misterio o la Trinidad, era el número templario, y el triángulo la
figura geométrica base de sus construcciones. El tres o el nueve están
presentes en sus rituales de iniciación y en sus actuaciones
cotidianas. Los números simbólicos se encuentran grabados en todas las
construcciones templarias. Por ejemplo en la iglesia del Temple de
París, la casa madre (central) de la orden. La rotonda básica de las
construcciones se generaba por dos triángulos equiláteros de sentidos
opuestos que forman una estrella de seis puntas que se relaciona con el
sello de Salomón y que hoy es la estrella del Estado de Israel.

La
tradición nos ha rescatado de la Orden del Temple grandes tesoros,
conocimientos ocultos y otros misterios. Signos y símbolos tallados en
la piedra de las numerosas construcciones diseminadas por nuestra
geografía que nos hablan de los grandes enigmas del cristianismo. El
Arca de la Alianza, el Grial, riquezas traídas de Jerusalén y numerosas
reliquias supuestamente pertenecientes a Jesucristo y a cuantos le
rodearon. Pero la realidad posiblemente sea otra. Tal vez fueran los
mismos caballeros los que alimentaran su propia leyenda para conseguir
el poder que llegaron a ostentar. Dos siglos de primacía y un cruento
final, en algunos casos.

Autor: Víctor Manuel Guzmán Villena. Año 5767


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