Los secretos del templo de Salomón

Todo es un misterio en los inicios de la Orden. El primer enigma,
que no el más importante, es la personalidad de su fundador. Por lo general,
se le conoce como Hugues de Payns. En efecto, generalmente se cree que había
nacido en Payns, a un kilómetro de Troyes, en torno a 1080, en el seno
de una noble familia emparentada con los condes de Champaña. Era señor
de Montigny y habría sido incluso oficial de la Casa de Champaña,
puesto que su firma figura en dos importantes actas del condado de Troyes. Por
la familia de su madre, era primo de san Bernardo. El hermano de Hugues de Payns
habría sido abad de Sainte-Colombe de Sens. Casado, Hugues habría
tenido un hijo al que algunos autores hacen abad de Sainte Colombe, en lugar
de su hermano.

En resumidas cuentas, sabemos muy pocas cosas de este caballero
llamado Hugues de Payns. Se han propuesto otras hipótesis en cuanto a
los orígenes de la familia. Se le han encontrado, entre otros, antepasados
italianos en Mondovi y en Nápoles. Para algunos su nombre real habría
sido Hugo de Pinós y habría que buscar su origen en España,
en Bagá, en la provincia de Barcelona, lo cual estaría documentado
por un manuscrito del siglo XVIII conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid.

También la fundación de la orden comporta muchas
zonas oscuras. Remitámonos en primer lugar a la versión oficial
tal como la transmiten los cronistas de la época.

«Algunos caballeros, amados de Dios y dedicados a su servicio,
renunciaron al mundo y se consagraron a Cristo. Mediante solemnes votos pronunciados
ante el patriarca de Jerusalén se comprometieron a defender a los peregrinos
contra los ladrones, a proteger los caminos y a servir de caballería
al Señor de los Ejércitos. Observaron la pobreza, la castidad
y la obediencia. Al comienzo no fueron más que nueve quienes tomaron
tan santa decisión, y durante nueve años sirvieron con hábitos
seglares y se vistieron con lo que los fieles les daban de limosna. El rey,
sus caballeros y el señor patriarca se sintieron llenos de compasión
por aquellos nobles hombres que lo habían abandonado todo por Cristo,
y les concedieron algunas propiedades y beneficios para subvenir a sus necesidades,
y para las almas de los donantes. Y porque no tenían iglesia ni morada
que les perteneciera, el rey les dio albergue en su palacio, cerca del Templo
del Señor. El abad y los canónigos regulares del Templo les dieron,
para las necesidades de su servicio, un terreno no lejos de palacio, y por dicha
razón se les llamó más tarde templarios».

Pero ¿acaso no eran muy pocos nueve caballeros para guardar
los caminos de Tierra Santa? Cabe imaginar, sin duda, que cada uno de ellos
debía de contar con algunos hombres, pajes de armas o escuderos. Esto
era algo muy habitual aun cuando no se hiciera mención de ello.

Lo que no quita que los comienzos fueron muy modestos y que los
primeros templarios no debieron de poder desempeñar la misión
a la que se suponía se habían consagrado. Prácticamente
desprovistos de medios, no podían hacer gran cosa. La lógica hubiera
querido que tratasen de reclutar más hombres a fin de cumplir mejor su
misión. Era indispensable. Y sin embargo, no hicieron nada de eso. Evitaron
incluso cuidadosamente, durante los primeros años, que su pequeña
tropa aumentara.

Todo ello es algo que no se sostiene y el papel de policía
de caminos se revela, en tales condiciones, como una mera tapadera para enmascarar
otra misión que debía permanecer secreta. Tal vez gracias a la
llegada de Hugues de Champaña comprendamos un poco mejor lo que sucedió.

En 1104, tras haber reunido a algunos grandes señores,
uno de los cuales estaba en estrecha relación con el futuro templario
André de Montbard, Hugues de Champaña partió para Tierra
Santa. Tras volver rápidamente (en 1108), había de regresar en
1114 para tomar el camino de vuelta a Europa en 1115, y hacer donación
a san Bernardo de una tierra en la que éste mandó construir la
abadía de Clairvaux.

En cualquier caso, a partir de 1108, Hugues de Champaña había
mantenido importantes contactos con el abad de Citeaux: Étienne Harding.
Ahora bien, a partir de dicha época, aunque los cistercienses no fueron
habitualmente considerados como hombres consagrados al estudio –al contrario
que los benedictinos–, he aquí que se pusieron a estudiar minuciosamente
algunos textos sagrados hebraicos. Étienne Harding pidió incluso
la ayuda de sabios rabinos de la Alta Borgoña. ¿Qué razón
había para generar un entusiasmo tan repentino por los textos hebraicos?
¿Qué revelación se suponía que aportaban tales documentos
para que Étienne Harding pusiera de esta manera a sus monjes manos a
la obra con la ayuda de sabios judíos?

En este contexto, la segunda estancia de Hugues de Champaña en Palestina
pudiera interpretarse como un viaje de verificación (cabe imaginar que
unos documentos encontrados en Jerusalén o en los alrededores fueron
traídos a Francia). Tras ser traducidos e interpretados, Hugues de Champaña
habría ido entonces ya en busca de una información complementaria,
ya a comprobar el fundamento de las interpretaciones y la validación
de los textos.

Por otra parte, sabemos el importante papel que había de desempeñar
san Bernardo, protegido de Hugues de Champaña, en la política
de Occidente y en el desarrollo de la Orden del Temple. Le escribió a
Hugues de Champaña, respecto a su voluntad de permanecer en Palestina:

«Si, por la causa de Dios, has pasado de ser conde a ser caballero, y
de ser rico a ser pobre, te felicitamos por tu progreso como es justo, y glorificamos
a Dios en ti, sabiendo que éste es un cambio en beneficio del Señor.
Por lo demás, confieso que no nos es fácil vernos privados de
tu alegre presencia por no sé qué justicia de Dios, a menos que
de vez en cuando gocemos del privilegio de verte, si ello es posible. Lo que
deseamos sobre todas las cosas».

Esta carta del santo cisterciense nos demuestra hasta qué punto los
protagonistas de esta historia están vinculados entre sí y por
lo tanto son capaces de conservar el secreto en el cual trabajan. Además,
el propio san Bernardo está él mismo muy interesado en algunos
antiguos textos sagrados hebraicos. En cualquier caso, parece que Hugues de
Champaña hubiera considerado las revelaciones lo suficientemente importantes
como para justificar su instalación en Palestina. Entró en la
Orden del Temple y no abandonó ya Tierra Santa, donde murió en
1130.

¿Quién querrá hacernos creer que repudió a su mujer
y lo abandonó todo simplemente para guardar caminos con gentes que no
querían que nadie les prestara ayuda? Habría que ser verdaderamente
ingenuo, por más que se considere que la fe puede ser motivo de muchas
renuncias. ¿No se trataba más bien de ayudar a los templarios
en la verdadera tarea que les había sido confiada y que Hugues de Champaña
tenía buenas razones para conocer?

Todo iba a acelerarse. La Orden del Temple no fue creada oficialmente hasta
1118, es decir, veintitrés años después de la primera cruzada,
pero no fue hasta 1128, el 17 de enero, cuando la orden recibió su aprobación
definitiva y canónica por medio de la confirmación de la Regla.

Cabe pensar que los documentos verosímilmente traídos de Palestina
por Hugues de Champaña (que los había descubierto sin duda en
compañía de Hugues de Payns) no dejaban de tener relación
con el emplazamiento que posteriormente fue asignado como alojamiento de los
templarios.

El Templo de Salomón

El rey de Jerusalén, Balduino, les concedió como alojamiento
unos edificios situados en la antigua ubicación del Templo de Salomón.
Bautizaron el lugar como alojamiento de San Juan. Había sido preciso
desalojar a los canónigos del Santo Sepulcro que Godofredo de Bouillon
había instalado primero allí. ¿Por qué no se buscó
más bien otra morada para los templarios? ¿Qué necesidad
imperiosa había para ofrecerles por albergue dicho lugar concreto? La
razón, en cualquier caso, no tiene nada que ver con la policía
de caminos.

El subsuelo estaba formado por lo que se conocía como las caballerizas
de Salomón. El cruzado alemán Juan de Wurtzburgo decía
que eran tan grandes y maravillosas que se podía albergar en ellas a
más de mil camellos y mil quinientos caballos. Sin embargo, se las destinó
íntegramente para los nueve caballeros del Temple que se negaban en principio
a reclutar a más gente. Las desescombraron y las utilizaron a partir
de 1124, cuatro años antes de recibir su Regla y de dar comienzo a su
expansión. Pero ¿únicamente las utilizaban como caballerizas
o se practicaban en ellas discretamente excavaciones? Y, en tal caso, ¿qué
estarían buscando?

Uno de los manuscritos del Mar Muerto encontrado en Qumran y descifrado en
Manchester en 1955-1956 citaba gran cantidad de oro y de vajilla sagrada que
formaban veinticuatro montones enterrados bajo el Templo de Salomón.
Pero en la época de los templarios, tales manuscritos dormían
en el fondo de una cueva y, aun cuando podamos imaginar la existencia de una
tradición oral a este respecto, cabe pensar que las búsquedas
se enfocaron más bien hacia textos sagrados o hacia unos objetos rituales
de primera importancia que hacían vulgares a los tesoros materiales.

¿Qué pudieron encontrar en aquel lugar y, antes que nada, qué
se sabe respecto a este Templo de Salomón del que tanto se habla? Al
margen de las leyendas, muy poca cosa: ningún rastro identificable por
los arqueólogos, sino básicamente unas tradiciones transmitidas
a lo largo de los siglos y algunos pasajes de la Biblia.

Fue sin duda edificado hacia el año 960 antes de Cristo, al menos en
su forma primitiva. Salomón, que deseaba construir un templo a mayor
gloria de Dios, había establecido unos acuerdos con el rey fenicio Hiram,
que se había comprometido a proporcionarle madera (de cedro y de ciprés).
Éste le enviaría también trabajadores especializados: canteros
y carpinteros reclutados en Guebal, donde los propios egipcios tenían
por costumbre reclutar a su mano de obra cualificada.

Pero cuando los templarios se instalaron en su emplazamiento, no quedaba ya
del Templo más que un fragmento del Muro de las Lamentaciones y un magnífico
pavimento casi intacto. En su lugar se alzaban dos mezquitas: Al-Aqsa y la mezquita
de Omar. En la primera, la gran sala de oración fue dividida en habitaciones
para servir de alojamiento a los templarios. Ellos añadieron nuevas construcciones:
un refectorio, bodegas y silos.

El Arca de la Alianza

Los templarios parecen haber hecho en esos lugares interesantes descubrimientos.
Si bien la mayor parte de los objetos sagrados habían desaparecido en
el momento de las diversas destrucciones, y principalmente durante el saqueo
de Jerusalén por Tito, hubo uno que, aún habiéndose volatilizado,
no parecía haber sido sacado de allí. Ahora bien, había
sido para albergar dicho objeto por lo que Salomón hizo construir el
Templo: el Arca de la Alianza que guardaba las Tablas de la Ley. Una tradición
rabínica citada por Rabbí Mannaseh ben Israel (1604-1657) explica
que Salomón habría hecho construir un escondrijo debajo del propio
Templo, a fin de poner a buen recaudo el Arca en caso de peligro.

Este Arca se presentaba bajo la forma de un cofre de madera de acacia de dos
codos y medio de largo (1,10 m) por un codo y medio de ancho (66 cm), y otro
tanto de alto. Tanto interior como exteriormente, las paredes estaban recubiertas
de panes de oro. El cofre se abría por arriba mediante una tapa de oro
macizo encima de la cual figuraban dos querubines de oro batido que estaban
uno enfrente del otro, con las alas replegadas y tendidas la una hacia la otra.

Tenía unas anillas fijas, que permitían introducir unas barras
–recubiertas también de oro– para transportar el Arca. Por
último, sobre la tapa, entre los querubines, había una chapa de
oro. Este kapporet estaba considerado por los judíos como el «trono
de Yavé». Se hace referencia a él en el Éxodo, donde
Yavé dice a Moisés:

«Allí me revelaré a tí y desde lo alto del propiciatorio,
del espacio comprendido entre los dos querubines». ¿Qué
quiere decir esto? No queda más remedio que clasificarlo dentro del misterioso
epígrafe de los objetos llamados de culto cuya función nos es
desconocida. Los querubines alados parecen sugerir unos «hombres voladores»,
unos «ángeles» intermediarios entre los hombres y los dioses.
Nos abstendremos por nuestra parte de dar cualquier parecer acerca de esta cuestión,
pero tampoco nos atreveríamos a rechazar a priori ninguna hipótesis,
toda vez que no se ha aportado ninguna explicación totalmente convincente,
y no resultará sin duda fácil explicar por qué el Arca
estaba construida a modo de un condensador eléctrico.

Como ya hemos dicho, no parece que el Arca hubiera sido robada con ocasión
de alguno de los diferentes saqueos o por lo menos, de ser cierto, fue recuperada,
según los textos. Su desaparición por medio de un robo habría
dejado numerosos rastros, tanto en los textos como en la tradición oral.

Louis Charpentier nos recuerda:

«Cuando Nabucodonosor tomó Jerusalén, no se hace ninguna
mención al Arca entre el botín. Hizo quemar el Templo en 587 antes
de Cristo». A Charpentier no le cabe ninguna duda acerca de ello: el Arca
permaneció en su sitio, oculta bajo el Templo, y los templarios la descubrieron.

Pensemos también en la construcción del Templo que Salomón
confió al maestro Hiram. El arquitecto, según la leyenda, murió
a manos de unos compañeros celosos a quienes había negado la divulgación
de determinados secretos. Como consecuencia de la desaparición de Hiram,
Salomón envió a nueve maestros en su busca. Nueve maestros, como
los nueve primeros templarios, en busca del arquitecto de los secretos.

Satán prisionero

Examinemos aún otra posibilidad, por más descabellada que ésta
sea.

Según el Apocalipsis de san Juan, desde que fuera derrotado y expulsado
del cielo con los ángeles caídos, Satán está encadenado
en los abismos. Ahora bien, afirma la tradición que este abismo tiene
unas salidas y que éstas se hallan obturadas. Una de ellas se encontraría
precisamente sellada por el Templo de Jerusalén. El alojamiento de los
templarios habría estado así situado en un lugar de comunicación
entre diferentes reinos, característica común con la del Arca
de la Alianza. Era un punto de contacto tanto con el cielo como con los Infiernos:
uno de esos lugares sagrados siempre ambivalentes, consagrados tanto al bien
como al mal. En suma, un ámbito de comunicación ideal del que
los templarios se habrían convertido en guardianes.

Asimismo se cuenta que el Templo de Salomón había estado precedido
en ese emplazamiento por un templo pagano consagrado a Poseidón. Ahora
bien, se ignora a menudo que Poseidón no se convirtió en dios
del mar más que tardíamente. Con anterioridad, tenía rango
de Dios supremo y no fue sino con la llegada a Grecia de los indoeuropeos cuando
Zeus se hizo con el liderazgo de las divinidades.

Poseidón había sido, desde los tiempos de los pueblos pelasgos,
el Dios creador, demiurgo que tenía un vínculo privilegiado con
las aguas madres saladas. Era el gran sacudidor de las tierras, señor de
las potencias telúricas y, en ciertos aspectos, próximo a Satán.

Los templarios encargados de custodiar los lugares por los cuales Satán
habría podido evadirse de la prisión que le fue atribuida en la
noche de los tiempos es algo que le parecerá sin duda grotesco a más
de un lector moderno, pero que sería conveniente resituar en las creencias
de la época. Y luego, nunca se sabe… Tanto más cuanto que Salomón
hizo también erigir unos santuarios para unas «divinidades extranjeras».
Consagró en particular unos templos a Astarté, «la abominación
de los sidonios» y a Milkom, «el horror de los amonitas».
El «dios celoso» de Israel debió de sufrir por ello. ¿No
hacía con ello Salomón sino ceder a las presiones de sus numerosas
concubinas extranjeras? Si actuó así para halagarlas, ¿qué
no haría en recuerdo de la reina de Saba, cuyo reino sin duda podemos
situar en el Yemen? Los dioses del país de Balkis, en su mayor parte,
olían fuertemente a azufre.

¿Qué encontraron allí?

En resumen, puede considerarse como una certeza casi absoluta el hecho de que
Hugues de Payns y Hugues de Champaña descubrieron documentos importantes
en Palestina entre 1104 y 1108.

Estos hallazgos estuvieron sin duda en la base de la constitución del
grupo de los nueve primeros templarios y deben ser vinculados a la decisión
de darles por residencia el emplazamiento del Templo de Salomón.

Allí, efectuaron excavaciones. No era cuestión, en esta fase,
de aumentar sus efectivos, por obvias razones de secreto. Sus búsquedas
debieron de llevarles a encontrar algo realmente importante, al menos a sus
ojos. A partir de ese momento, la política de la orden cambió.
¿Qué habían encontrado? ¿El Arca de la Alianza?
¿Una manera de comunicarse con potencias exteriores: dioses, elementos,
genios, extraterrestres u otra cosa? ¿Un secreto concerniente a la utilización
sagrada y, por así decirlo, mágica de la arquitectura? ¿La
clave de un misterio ligado a la vida de Cristo o a su mensaje? ¿El Grial?
¿El medio de reconocer los lugares donde la comunicación, tanto
con el cielo como con los Infiernos, es facilitada, aún a riesgo de liberar
a Satán o a Lucifer?

Uno diría estar frente a una narración de H. P. Lovecraft, ciertamente.
Pero tales cuestiones, por más que no sean racionales, se plantean imperiosamente
en el contexto de la época.

Extraído del libro La otra historia
de los templarios
, de Michel Lamy.

Fuente: http://mpfiles.com.ar

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