Herencia Esotérica de los Templarios


Todas
las sociedades que han practicado la búsqueda del saber, en cualquier
época y en cualquier país, se han comportado del mismo modo. Por
un lado han mostrado un rostro acorde con el poder establecido y han seguido
más o menos las normas de conducta vigentes allí donde estaban
asentadas: ha sido su lado exotérico. Por otro, han creado en torno suyo
una barrera infranqueable, tan imposible de trasponer que, muy a menudo, ha
sido incluso ignorada por los que convivían con ellos.

La orden militar templaria nació –exotéricamente–
con toda la garantía de acatamiento a la Iglesia y a los principios del
cristianismo; en apariencia incluso con una pátina de fe y de pobreza
más firme que muchas otras órdenes monásticas conocidas,
reconocidas y veneradas. Hasta el momento mismo de su disolución, en
que se les acusó de todos los pecados habidos y por haber, fueron un
modelo de cristiandad, reconocido tanto por monarcas como por obispos y clérigos.
Todo se hizo con una absoluta garantía de ortodoxia; la misma que habría
de regir los ciento setenta y nueve años de existencia del Temple.

El mismo Bernardo de Clairvaux, que había sido el inspirador de la regla,
escribiría personalmente para la orden de los caballeros de Cristo una
Exortatio ad milites Templii en la que se les aconsejaba cristianamente sobre
su doble comportamiento, en tanto que soldados y miembros de una comunidad religiosa.

Si repasamos fríamente la aparente ortodoxia templaria comprobamos que
hay demasiados puntos en los que la regla y el comportamiento oficial de los
caballeros de Cristo se condicionaron a una simbología arcaica, ya de
por sí sospechosa de trascender los estrictos preceptos del gobierno
eclesial. Y aún más: sus normas religiosas de conducta contienen
detalles que proclaman, sin más, un sincretismo que supera ampliamente
la estricta observancia del ritual del cristianismo.

Se ha escrito mucho sobre la eventual heterodoxia templaria y sobre los fines
secretos y ocultistas de la orden. Muchas de las observaciones que se han hecho
obedecen, sin un propósito explícito, a la justificación
de una determinada actitud de la Iglesia y, sobre todo, del papa Clemente V,
que permitió la extinción de los monjes guerreros del templo de
Salomón. Sin embargo, por encima de apreciaciones sectarias, por encima
incluso de justificaciones apasionadas o de visiones estrictamente racionalistas,
se unen muchos motivos en una amalgama que sólo una explicación
simbólica –trascendente y sincrética y, por tanto, heterodoxa–
podría aclarar.

1) Los templarios mandaron realizar, a lo largo de su existencia, no menos
de cinco traducciones del Libro de los Jueces, que es, sobre todo a través
del Canto de Débora, una de las obras cumbres del simbolismo bíblico.
Allí surgen, por primera vez en la Biblia, los abrevaderos de la sabiduría
del Grial. El libro de los Jueces es, convenientemente estudiado, una de las
grandes cumbres del pensamiento bíblico y, posiblemente, de las religiones
universales.

2) La misión oficial que se impusieron a sí mismos los caballeros
del Temple fue la custodia de los peregrinos que habrían de visitar los
lugares santos de la cristiandad. Estos lugares, circunscritos en principio
al ámbito de Tierra Santa, se ampliaron enseguida al camino de Santiago,
prácticamente creado en su versión cristiana por los monjes benitos.
Pero la peregrinación, en abstracto, era ya por sí sola una marcha
–siempre simbólica– por el camino del saber trascendente.
Más allá de sus supuestos fines penitenciales queda en los caminos
una serie de indicios que marcan en el tiempo auténticas gradaciones
del conocimiento y la iniciación, que el peregrino debe superar con su
intuición del símbolo o con su personal sabiduría.

3) La casa madre de los templarios, en París, concedida por el rey Luis
VI por intercesión directa de Bernardo de Clairvaux en 1137, estaba enclavada
en la inmediata proximidad de la iglesia dedicada a la veneración de
los hermanos gemelos Protasio y Gervasio, herederos ortodoxos de toda una tradición
esotérica basada en el signo astrológico de Géminis.

4) Las fortalezas construidas por los templarios contenían, desde su
misma planta, una serie de elementos estructurales que –no por casualidad–
coincidían con toda una manifestación numerológica mágica
de la realidad trascendente del edificio. Así sucedía con las
torres octogonales (2 x 4) que a menudo presidían las construcciones
o los campanarios levantados bajo su directa influencia. Así sucedía
con los lados dados a los castillos (24 = 2 x 3 x 4) y hasta con el número
de torres (12 = 3 x 4) que solían flanquearlos. Había una indudable
identificación entre la cruz templaría y la concepción
general de los edificios. Había igualmente una indudable preocupación
astronómica que ligaba íntimamente las casas templarias a toda
la tradición zodiacal y astrológica heredada de los magos caldeos
a través de las reglas esotéricas de los sufíes musulmanes
y de los cabalistas judíos.

Pero seamos prudentes, regresemos momentáneamente al menos a los caminos
trillados de la ortodoxia.

¿Lo sabían ustedes? Pues bien, y de esto no cabe la menor duda,
los buenos caballeros del Temple, los guardadores de caminos de peregrinos,
los protectores de canteros y de constructores, fueron unos auténticos
maestros en el manejo de la letra de cambio inventada por los mercaderes venecianos
y genoveses.

Lo hacían del siguiente modo: un viajero deseaba efectuar un viaje de
peregrinación o de negocios, se ponía en contacto con los templarios
y depositaba en su encomienda más cercana el dinero que calculaba necesitar
en su desplazamiento. Los templarios, contra ese dinero, le hacían entrega
de un documento mediante el cual el viajero tenía la posibilidad de recuperar
por tiempos sus fondos según fuera necesitándolos, en cualquier
casa templaria de su camino y en la moneda de curso legal de cada tierra. El
documento era personal, de modo que, al menos en teoría, quedaba garantizada
la seguridad de la fortuna depositada contra cualquier tipo de robo o de suplantación.

Métodos como éste, con el añadido de las rentas, de los
legados y de las donaciones que hacían muchas veces los nuevos miembros,
pusieron a los monjes del Temple en situación de ser la potencia económica
más fuerte de Europa y de todo el Mediterráneo. Con el dinero
de la orden –no olvidemos que sus miembros hacían voto de pobreza
personal– llegaron a dominar prácticamente la economía de
los reinos cristianos de Oriente, y a ser los dueños efectivos, en competencia
con genoveses y venecianos, del comercio marítimo mediterráneo.

La fortuna económica templaria –se dice– llegó a
ser extraordinaria, y sobre ella se ha hecho toda clase de especulaciones, desde
la afirmación –gratuita e improbable– de que poseían
un secreto alquímico, hasta la sospecha –ya más fundada–
de que lograron poner en explotación, con la ayuda de mineros germanos,
las minas romanas de Coume-Sourde. Sólo se trata de suposiciones para
justificar unos bienes que serían la única excusa para explicar
su poder y las virtudes de su administración .

En su actuación peninsular, lo económico jugó también
para los templarios un papel preponderante ya desde el principio de su asentamiento.
La producción y la venta de sal en el reino de Aragón estuvo prácticamente
en sus manos. No hubo acción guerrera en la que intervinieran sin la
promesa o la esperanza de un beneficio económico o territorial. En este
sentido, al margen de los fines expresados en su regla, se comportaron exactamente
igual que cualquier otro grupo armado, nacional o feudal. En sus posesiones
se atribuyeron siempre el derecho de recaudar impuestos locales, sin tener que
dar cuenta a nadie, ni siquiera al rey, ni a las autoridades eclesiásticas
superiores, porque el Temple no reconocía en la realidad ningún
poder por debajo del papa.

Sin embargo, hay más de leyenda que de auténtica realidad en
la supuesta fortuna fabulosa del Temple. O al menos hay que pensar que, jugando
de nuevo las significantes del símbolo, todo cuanto se ha dicho respecto
a los tesoros templarios va encaminado más hacia la pista de un tesoro
interior –ficticio o real– que a un hipotético supercapital
económico.

Es cierto, absolutamente cierto, que la orden poseyó muchos bienes.
Prescindiendo de los datos proporcionados por los estudios realizados en Francia,
las actas del concilio de Salamanca nos revelan que sólo en el reino
de Castilla poseían 12 conventos y 24 bailías. Por su parte, Forey
da una lista de 36 castillos o conventos templarios en los países que
formaban parte de la corona de Aragón en el siglo XIII. Ahora bien, comparándolo
con los bienes que por entonces tenían en Castilla o en Aragón,
o en Portugal, las otras órdenes religiosas, ¿significa realmente
una tan gran potencia económica todo ese cúmulo de posesiones?

Cuando la orden tenía oportunidad de adquirir dinero líquido
se apresuraba a invertirlo en nuevos territorios previamente elegidos. Es así
como cabe suponer que pudieron comprar en 1303 las tierras de Culla a Guillén
de Anglesola por medio millón de sueldos jaqueses. Poco tiempo antes,
según lo notifican los documentos, el gran maestre Jacobo de Molay había
regresado de Chipre con todos los fondos de la orden en Oriente. Estos fondos
fueron destinados a la adquisición de nuevos bienes; y a los templarios
de Aragón pudo tocarles esto como a los de Francia les permitió
la compra de nuevas tierras en el valle del Ródano, en Tréveris
y en el Beaucaire.

Las encomiendas templarias eran de dos tipos: las hubo dedicadas al cultivo
y a la cría de ganado. Otras, situadas en lugares más apartados
y más inhóspitos, fueron centros iniciáticos de la orden;
enclaves en los que muy probablemente se entregaron a la experiencia esotérica.
Con las primeras ensayaron –con éxito, mal que les pesara a los
señores feudales y a los reyes– un tipo de convivencia social nuevo,
liberalizando a los hombres de la tierra con vistas a la experiencia futura
de un gobierno universal que nunca pudieron siquiera proyectar. En las segundas
prepararon a los escogidos de la orden para alcanzar un conocimiento que estaba
precisamente allí, presente y escondido a la vez, en el mismo recinto
de la encomienda o en sus proximidades.

En sus establecimientos ciudadanos buscaron también conscientemente
la proximidad, la vecindad de los barrios judíos. Sucedía así
en Ponferrada, en Gerona, en Aracena, en Valencia, en Mallorca. Este ha sido
uno de los indicios que han hecho afirmarse a muchos historiadores sobre los
fines económicos y comerciales del Temple. Era muy fácil la asociación:
los judíos dedicados a los negocios, a la usura y al cobro de tributos.
Junto a ellos, los templarios, banqueros y, ocasionalmente también, almojarifes
de las rentas reales. Sin embargo, hay al menos una circunstancia que conduce
a pensar en otras razones, una circunstancia que yo veo como fundamental a la
hora de calibrar realidades y razones comerciales y económicas de los
templarios, una circunstancia en la que intervienen nuevamente –aunque
parezca mentira– las razones simbólicas.

«Tu
alma ha sido pesada y ha sido encontrada falta de peso». Podría
tratarse de una frase pronunciada por cualquier Shylock shakespeariano, ¿no
es cierto? Una libra de carne, una libra de alma, ¿qué más
da? Y, sin embargo, sí da. Porque se trata de una de las citas del Libro
de los Muertos egipcio; la pronuncia el dios Toth, el Hermes helenizado por
los seguidores de la magia esotérica egipcia.

Pongamos atención: Toth Hermes, el gran maestro del saber y de los primeros
conocimientos alquímicos –el Hermes Trismegisto de la «Tabla
de Esmeralda»–, pasó sin esfuerzo al panteón romano
de amplias fauces y fue adoptado sin solución de continuidad como divinidad
olímpica entre los latinos. Y César, al conquistar la Galia céltica,
encontró una divinidad que fácilmente identificó con ese
Mercurio importado de las creencias orientales.

Sin embargo, con uno u otro nombre, ese dios era Lug, el ser superior de los
ligures precélticos, el maestro de todos los saberes, imposible de convertir
en figura o en imagen antropomórfica. No volvamos ahora sobre él,
sino sobre sus formas a través del tiempo. El cristianismo lo convirtió,
a través de la Biblia, en san Miguel Arcángel, también
pesador de almas y buscador y luchador incansable contra las fuerzas demoníacas
negativas. San Miguel fue devoción templaria y benedictina a lo largo
del siglo XII, se le dedicaron en la península más iglesias que
a ningún otro santo y fue siempre advocación agraria en la Rioja,
en el Ampurdán, en Navarra, en Castilla, y fue protector tanto de las
almas de los muertos como de aquellos que se le encomendaron en vida buscando
el conocimiento ancestral.

Hermes-Mercurio-Toth tiene en su mano un caduceo compuesto por una lanza rodeada
de serpientes. Era su símbolo de poder, de trasmutación, de mensaje.
Y, ¡atención!, en lengua vasca Hermes es el mensajero, y su símbolo,
el caduceo, es la vara misteriosa y mágica. Una lengua neolítica,
la más antigua conocida en el occidente europeo, la que aún emplea
palabras líticas para designar instrumentos metálicos, conoce
a Hermes y le define precisamente por su función estricta.

Y Hermes-Mercurio-Toth es heredero onomástico de Lug, el todopoderoso
e innombrable, el vencedor de las serpientes, el ayudante de Perseo cuando el
héroe ha de vencer a Medusa, prestándole sus «sandalias»
aladas.

La herencia de ese Lug fue seguida, paso a paso, por los templarios a través
de Mercurio y bajo la advocación de su heredero cristiano san Miguel,
que también pesa las virtudes y los pecados para determinar el destino
de los muertos. Pero Mercurio-Hermes es, como lo fue antes Lug, divinidad activa,
no ociosa. Y el no-ocio es en lenguaje inmediato el negocio. El comercio, en
su sentido más amplio.

El tesoro templario existía, y en realidad aún existe. Sólo
que no se trata de un tesoro de monedas y piedras preciosas, ni de vasos materialmente
valiosos. Es otro tipo de tesoro, simbólico como tantos otros símbolos
ocultistas que el pueblo ha trasmitido sin conocer el significado exacto de
las palabras.

Es significativo, tanto en la orden del Temple como en otros muchos aspectos
de la historia oculta, que lo que los investigadores no han querido nunca reconocer
lo ha proclamado sin más el pueblo y la tradición secular. Naturalmente,
todo lo que el pueblo ha afirmado –o casi todo– ha sido sistemáticamente
desmentido por los investigadores, por falta aparente de pruebas materiales
o de documentos. Pero en estos casos no se ha tenido en cuenta algo muy importante
en la tradición esotérica: que en ella los saberes, las prácticas,
las órdenes, y en general las enseñanzas, se han trasmitido siempre
oralmente, lo cual imposibilita que puedan hallarse documentos escritos que
jamás existieron.

Sin embargo, hay algunos indicios que son, a mi modo de ver, esclarecedores
de los fines ocultistas de los templarios. Son indicios que sobrepasan incluso
con creces la fecha de su extinción, y que se dan precisamente en los
lugares donde estuvieron asentados. Son, por ejemplo, un muy determinado tipo
de imágenes religiosas que pueden considerarse como herencia críptica
legada por los caballeros del Temple, utilizada simbólicamente por los
monjes que ocuparon los lugares que fueron suyos.

Extraído del libro La meta secreta de los templarios,
de Juan G. Atienza.

Fuente: http://mpfiles.com.ar

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