El Priorato de Sión (I)

El Priorato de Sión

Los
nombres de Leonardo da Vinci y Jean Cocteau figuran en la lista de Grandes Maestres
de la que pretende ser una de las sociedades secretas más antiguas y
más influyentes de Europa, el Prieuré de Sion o Priorato de Sión.
Muy controvertida, su misma existencia ha sido puesta en duda algunas veces;
en consecuencia han sido ridiculizadas sus supuestas actividades y su repercusión,
ignorada. Al principio nosotros también participábamos de este
tipo de reacción, pero cuando proseguimos nuestras investigaciones vimos
que desde luego la cuestión no era tan sencilla.

En el mundo de habla inglesa el Priorato de Sión llamó
por primera vez la atención no antes de 1982, cuando su existencia fue
dada a conocer por el muy vendido libro La Sangre Sagrada y el Santo Grial (título
original traducido al español como El Enigma Sagrado), de Michael Baigent,
Richard Leigh y Henry Lincoln; en el país de origen, Francia, la opinión
pública empezó a saber algo desde comienzos de los años
sesenta. Se trata de una orden simili-masónica o de caballería
con ciertas ambiciones políticas y, a lo que parece, con una influencia
considerable entre bambalinas. Dicho esto, es considerablemente difícil
formular una opinión definida acerca del Priorato, quizá porque
toda la institución tiene en sí cierto carácter quimérico.
Sin embargo, no tenía nada de ilusorio la información que nos
facilitó un portavoz del Priorato a quien conocimos hacia comienzos de
1991 en una reunión resultante de una serie de cartas bastante extrañas
que nos enviaron después de una tertulia radiofónica sobre el
Sudario de Turín.

La influencia reservada del Priorato de Sión se debe al
menos en parte a la sugerencia de que sus miembros son y han sido siempre los
custodios de un secreto tan trascendental, que si alguna vez llegase a hacerse
público sacudiría los mismos cimientos de la Iglesia y del Estado.
El Priorato de Sión, llamado a veces la Orden de Sión o la Orden
de Nuestra Señora de Sión, entre otros títulos secundarios,
retrotrae su fundación al año 1099, durante la primera Cruzada,
e incluso entonces sólo fue cuestión de formalizar un grupo cuya
guarda de un conocimiento explosivo databa de mucho antes.

El Priorato y los templarios llegaron a ser, dicen, prácticamente la
misma organización, presidida por un mismo gran maestre, hasta que sufrieron
un cisma y emprendieron caminos separados en 1188. El Priorato continuó
bajo el caudillaje de una serie de grandes maestres entre los que figuraron
algunos de los nombres más ilustres de la Historia, como sir Isaac Newton,
Boticelli, Robert Fludd, el filósofo ocultista inglés… y, naturalmente,
Leonardo da Vinci, de quien se dice que presidió el Priorato durante
los últimos nueve años de su vida. Entre sus líderes más
recientes se cita a Victor Hugo, Claude Debussy, y al pintor, escritor, comediógrafo
y cineasta Jean Cocteau. Y aunque no fuesen Grandes Maestres, el Priorato cuenta
entre sus seguidores a otras luminarias de todas las épocas, como Juana
de Arco, Nostradamus e incluso el papa Juan XXIII.

Aparte de dichas celebridades, la historia del Priorato de Sión comprende
supuestamente a varias de las principales familias reales y aristocráticas
de Europa, durante muchas generaciones. Citemos los d’Anjou, los Habsburgo,
los Sinclair y los Montgomery. La finalidad declarada del Priorato consiste
en proteger a los descendientes de la antigua dinastía real de los merovingios,
que reinaron en lo que hoy es Francia desde el siglo V hasta el asesinato de
Dagoberto II, a finales del siglo VII.

Tenemos, pues, a un lado las pretensiones del propio Priorato en cuanto a su
pedigrí y raison d’etre, al otro las afirmaciones de sus detractores.
Enfrentados a este abismo aparentemente insalvable, hay que confesar que albergábamos
grandes dudas en cuanto a proseguir la investigación por esa línea.
En cualquier caso, nos dábamos cuenta de que si bien toda valoración
acerca del Priorato se descomponía lógicamente en dos partes –la
cuestión de su existencia en tiempos recientes y la de sus pretensiones
históricas–, el asunto era complicado y nada de lo relacionado
con esa organización aparece nunca con claridad. A los escépticos,
la primera vinculación dudosa o contradicción aparente los lleva
a denunciar todo el cotarro como un absurdo flagrante de principio a fin. Pero
convendría recordar que nos las tenemos con unos fabricantes de mitos,
a los que con frecuencia importa más transmitir ideas poderosas e incluso
escandalosas por medio de imágenes arquetípicas, que comunicar
la verdad escueta.

La existencia moderna del Priorato es indudable. En cuanto a los antecedentes
históricos que pretende, eso es otra cuestión. Hay que convenir
en que los críticos del Priorato tienen un buen argumento cuando afirman
que la primera referencia documentada se retrotrae a fecha tan reciente como
el 25 de junio de 1956. Resulta que según la ley francesa todas las asociaciones
deben obligatoriamente registrarse, por paradójico que eso parezca cuando
hablamos de sociedades «secretas». Lo que declaró el Priorato
ante el registro como finalidad suya fue que se proponía facilitar «estudios
y socorro mutuo a los asociados». En la ocasión manifestaba una
sola actividad, consistente en publicar un periódico titulado Circuit
y que, según la terminología del mismo Priorato debía servir
«para información y defensa de los derechos y libertades de los
inquilinos de viviendas de renta limitada». En el registro figuraron cuatro
funcionarios de la asociación, el más interesante de los cuales
–y ahora el más conocido– era un tal Pierre Plantard, director
además de Circuit.

Desde esa anodina declaración, sin embargo, el Priorato de Sión
ha sido dado a conocer a un público mucho más amplio. No sólo
se han dado a la imprenta sus estatutos, incluida la firma de quien supuestamente
fue gran maestre, Jean Cocteau, sino que ha aparecido en varios libros.

De lo publicado hasta la fecha resalta la figura de Pierre Plantard. Nacido
en 1920, asomó por primera vez a la vida pública en 1942, durante
la ocupación alemana de Francia, cuando publicó un periódico
titulado Vaincre, notablemente acrítico frente al opresor nazi, o mejor
dicho publicado con la aprobación del mismo. Éste era oficialmente
el órgano de la Orden Alpha-Galates, una sociedad cuasimasónica
y caballeresca con sede en París, de la cual Plantard se hizo gran maestre
a su temprana edad de veintidós años. Publicaba sus editoriales,
al principio, con la firma de «Pierre de France», luego «Pierre
de France-Plantard» y por último, sencillamente: «Pierre
Plantard». Esta obsesión con lo que él afirmaba ser la grafía
correcta de su apellido se manifestó de nuevo cuando adoptó el
título más sonoro de «Pierre Plantard de Saint-Clair»,
que es el nombre bajo el cual aparece en El Enigma Sagrado, y el que usó
mientras fue gran maestre del Priorato de Sión entre 1981 y 1984.

Así pues, quien trabajó en tiempos como delineante de un instalador
de radiadores y supuestamente tuvo a veces dificultades para pagar el alquiler,
ejerció, sin embargo, una considerable influencia en la Historia de Europa.
Pues fue Pierre Plantard de Saint-Clair, bajo el pseudónimo de «Captain
Way», la eminencia gris de los Comités de Salvación Pública
que prepararon el acceso al poder del general Charles de Gaulle en 1958.

La pretensión histórica se centra en el famoso misterio de Rennes-le-Château,
la remota aldea languedociana que fue el punto de partida de la investigación
de Baigent, Leigh y Lincoln. Sin embargo, también emergen otros temas
principales que son mucho más significativos para nosotros. En cuanto
al moderno Priorato de Sión, la empresa de restaurar la dinastía
merovingia se intuye bastante dificultosa. No sólo está el problema
de persuadir a la Francia republicana de la conveniencia de retornar a la monarquía
que rechazó hace más de un siglo; si eso fuese posible, y si se
lograse demostrar la continuidad de la línea de sucesión merovingia,
queda todavía que ese linaje en particular no puede sustentar ninguna
pretensión, porque en tiempos de los merovingios aún no existía
siquiera un Reino de Francia. Como ha dicho escuetamente el autor francés
Jean Robin, «Dagoberto fue […] rey en Francia, pero en modo alguno rey
de Francia».

Los Dossiers Secrets publicados por el Priorato, que dan base a esta pretensión,
serán un absurdo total, pero da qué pensar la medida del esfuerzo
y de los recursos que se dedican a ellos. Incluso el escritor francés
Gérard de Sède, que llenó muchas páginas para pulverizar
la causa merovingia aducida en esos expedientes, ha acabado por admitir que
se invirtió en ellos una cantidad de erudición y de recursos y
estudios académicos fuera de toda proporción con su supuesta finalidad.
Aunque irritado por «ese mito delirante», sin embargo saca la conclusión
de que detrás de todo eso hay un misterio auténtico. Un rasgo
muy curioso de los dossiers es la constante implicación que se insinúa
entre líneas, a saber, que los autores tuvieron acceso a archivos oficiales
de la administración y la policía.

Por citar sólo dos ejemplos de entre muchos: en 1967 se agregó
a los dossiers un cuaderno intitulado Le Serpent Rouge, atribuido a tres autores,
Pierre Feugere, Louis Saint-Maxen y Gaston de Koker, y fechado el 17 de enero
de 1967, aunque el resguardo del depósito en la Bibliotheque Nationale
lleva fecha del 15 de febrero. Este extraordinario texto de trece páginas,
generalmente alabado como ejemplo de talento poético, utiliza también
simbolismos astrológicos, alegóricos y alquímicos. Pero
resulta que estamos ante un asunto siniestro, porque los tres autores fueron
hallados ahorcados con menos de veinticuatro horas de diferencia, entre el 6
y el 7 de marzo de aquel mismo año. Va sobreentendido que las muertes
fueron consecuencia de su colaboración como autores de Le Serpent Rouge.
Pero otras investigaciones ulteriores han demostrado que la obra fue añadida
al depósito de los dossiers el 20 de marzo, es decir, después
de que aquéllos fuesen hallados muertos, y que se falsificó deliberadamente
el resguardo. Sin embargo, hay en esa extraña historia algo todavía
más chocante, y es que los tres supuestos autores no tenían en
realidad ninguna relación con ese panfleto, ni con el Priorato de Sión…
Por lo visto, alguien había aprovechado la ocasión de aquellas
tres muertes extrañamente coincidentes en el tiempo, y la puso al servicio
de sus propios y sin duda no menos extraños fines. Pero ¿por qué?
Tal como ha señalado De Sède, sólo transcurrieron trece
días entre las tres muertes y el depósito del cuaderno en la Bibliotheque
Nationale; de manera que alguien trabajó muy rápido, tanto es
así que da a entender que ese verdadero autor o autores estaban en el
secreto de las investigaciones policiales. Y Frank Marie, un escritor y detective
privado, ha demostrado de modo concluyente que la máquina de escribir
utilizada para elaborar Le Serpent Rouge volvió a serlo en la confección
de otros documentos posteriores de los expedientes secretos.

Está luego el caso de los falsos documentos del Lloyds Bank. Unos supuestos
pergaminos del siglo XVII hallados por un cura francés a finales del
siglo pasado, y que supuestamente demostraban la continuidad del linaje merovingio,
fueron comprados por un caballero inglés en 1955 y depositados en una
caja de una sucursal londinense del Lloyds Bank. Aunque en realidad nadie ha
visto esos documentos, se supo que existían cartas que confirmaban el
hecho de estar depositados, firmadas por tres destacados hombres de negocios
británicos, todos los cuales habían estado relacionados anteriormente
con los servicios secretos de su país. Sin embargo, en el curso de su
investigación para El Legado Mesiánico (la continuación
de El Enigma Sagrado), Baigent, Leigh y Lincoln consiguieron demostrar que las
cartas eran falsificaciones… pero incorporaban en su confección partes
de documentos auténticos que exhibían las firmas auténticas,
y copias de los certificados de nacimiento de los tres hombres de negocios.
Sin embargo, el punto más significativo y de más largo alcance
es que el falsificador, quienquiera que fuese, debió de obtener esas
partes de unos papeles auténticos en los archivos de la administración
francesa y por vías que implican seriamente a los servicios secretos
franceses.

Una vez más nos quedamos con una fuerte sensación de extrañeza.
La realización de tan complicada estratagema debió de suponer
una enorme cantidad de tiempo, esfuerzo y tal vez incluso riesgo personal. Pero
al mismo tiempo, y en última instancia, no se le ve finalidad alguna.
Aunque en este sentido el asunto no hace más que seguir la vieja tradición
de los servicios de inteligencia, donde casi nada es lo que aparenta y los casos
más sencillos a primera vista quizá no sean más que operaciones
de desinformación.

Los escépticos, que tan listos se creen, muchas veces son sorprendentemente
ingenuos, y eso proviene de que lo ven todo blanco o negro, verdadero o falso,
que es precisamente como les conviene a determinados grupos que lo vean. Por
ejemplo, ¿qué mejor sistema para llamar la atención, por
una parte, pero excluyendo por otra a los entrometidos indeseables o al ocasional
curioso despistado, sino presentar a la opinión pública una información
intrigante en apariencia, pero al mismo tiempo virtualmente absurda? Todo sucede
como si la mera aproximación a la realidad del Priorato constituyese
en realidad una especie de iniciación: si ésta no estaba destinada
para ti, la cortina de humo te alejará eficazmente de cualquier investigación
más profunda. Pero si lo estaba por alguna razón, no tardarás
en recibir esa orientación adicional, o en descubrir tú mismo
por medio de una serie de sospechosas coincidencias esas informaciones adicionales
acerca de la organización, gracias a lo cual todo viene a encajar repentinamente.

En nuestra opinión sería un gran error desdeñar los Dossiers
Secrets sólo porque su mensaje explícito sea demostrablemente
implausible. El mucho trabajo que se han tomado en su elaboración es
un claro indicio de que tienen algo que ofrecer. Cierto que no sería
la primera vez que un desequilibrado víctima de una obsesión dedica
toda su vida a una tarea ímproba y totalmente inútil, de manera
que el número de horas dedicado al trabajo no implica de por sí
que los resultados sean merecedores de nuestra atención y respeto. Pero
cuando nos las tenemos que ver con un grupo que evidentemente está desarrollando
un complicado plan, esto considerado en conjunto con todos los demás
indicios y pistas, evidencia sin duda que algo pasa. O intentan decirnos algo,
o intentan ocultarnos algo.

Así pues, ¿qué partido tomamos en cuanto a las pretensiones
históricas del Priorato? ¿Se retrotraen verdaderamente sus orígenes
al siglo XI y ha contado en sus filas con todos los nombres ilustres que dicen
los expedientes secretos? En primer lugar, se puede aducir que siempre es difícil
demostrar la existencia actual o histórica de una sociedad secreta. Por
definición, cuanto más éxito haya tenido en permanecer
secreta más arduo será corroborar su existencia. No obstante,
si se logra demostrar la aparición reiterada de los mismos intereses,
temas y propósitos entre los que se afirma pertenecieron a ese grupo
en distintas épocas, sería plausible e incluso sensato postular
que tal grupo ha podido existir en realidad.

Por implausible que parezca, la nómina de los grandes maestres del Priorato
(según viene dada en los Dossiers Secrets), el estudio de Baigent, Leigh
y Lincoln estableció que no es una lista arbitraria. Hay, en efecto,
convincentes relaciones entre varios grandes maestres sucesivos. Además
de conocerse entre sí, y de estar estrechamente emparentados en algunos
casos, esas luminarias compartieron ciertos intereses y preocupaciones. Sabemos
que muchos de ellos estuvieron asociados con movimientos esotéricos y
con otras sociedades secretas como los franc-masones, los rosacruces y la Compagnie
du Saint-Sacrement, todas las cuales tienen algunos objetivos comunes. Hay,
por ejemplo, un tema claramente hermético que discurre a través
de sus publicaciones conocidas, una emoción auténtica suscitada
por la perspectiva de que el ser humano llegue a convertirse en casi divino
dada la extensión constante de las fronteras del conocimiento.

Como ya hemos visto, tanto Leonardo como Cocteau utilizaron simbolismos heterodoxos
en sus obras pictóricas supuestamente cristianas. Pese a la diferencia
de 500 años, la imaginería que el uno y el otro utilizan nos los
representa como notablemente constantes en lo suyo. Y en efecto, otros escritores
y artistas plásticos relacionados con el Priorato han incluido también
motivos semejantes en su producción. Lo cual comunica bastante fuerza
a la hipótesis de que tomaron parte en algún tipo de movimiento
organizado en la clandestinidad, y que ya debía de hallarse bien establecido
en la época de Leonardo. Y puesto que se ha afirmado que tanto éste
como Cocteau fueron grandes maestres, si aceptamos sus preocupaciones comunes
como un indicio más parece razonable deducir que fueron miembros destacados
del Priorato de Sión, o por lo menos de algún grupo bastante parecido.

Es irrefutable el conjunto de pruebas que reúnen Baigent, Leigh y Lincoln
en El Enigma Sagrado en cuanto a la existencia histórica del Priorato.
Y todavía publicaron más pruebas, algunas de ellas debidas a otros
estudiosos, en una nueva edición revisada y puesta al día del
mismo libro (el cual es lectura obligada para quienquiera que se interese por
este misterio).

Lo que demuestran las pruebas en cuestión es que existió una
sociedad secreta, en funcionamiento desde el siglo XII, pero ¿es el moderno
Priorato de Sión su legítimo heredero? Ciertamente, y aunque no
es forzoso que uno y otro grupo estén vinculados como se pretende, el
moderno Priorato da muestras de un conocimiento íntimo de la sociedad
histórica. A fin de cuentas, han sido sus miembros actuales quienes nos
dieron a conocer por primera vez la existencia del Priorato en el pasado.

Jesús y María Magdalena

Los registros secretos, si prescindimos de la mitomanía merovingia,
conceden gran relevancia al Santo Grial, a la tribu de Benjamín y a María
Magdalena, personaje del Nuevo Testamento. Por ejemplo, en Le Serpent Rouge
figura la declaración siguiente:

Se diría, en efecto, que hay una dificultad de entrada para poner en
relación unos temas tan diversos en apariencia como la Magdalena, el
Santo Grial, la tribu de Benjamín –y no digamos ya la diosa egipcia
Isis– con el linaje merovingio. Los Dossiers Secrets explican que los
francos sicambrios, de quienes descendían los merovingios, eran de origen
judío, o más exactamente eran la tribu perdida de Benjamín,
que emigró a Grecia y luego a la Germanía, donde se convirtieron
en sicambrios.

Sin embargo los autores de El Enigma Sagrado complicaron el panorama todavía
más. Según ellos, la importancia del linaje merovingio no era
fantasía de un puñado de monárquicos excéntricos.
Con esta afirmación trasladaban todo el asunto a otro terreno completamente
distinto, y tal que desde luego captó la imaginación de los millones
de entusiastas lectores del libro. Decían que Jesús se había
casado con María Magdalena y que esa unión tuvo descendencia.
Jesús sobrevivió a la cruz, pero su mujer salió del país
sin él, y se llevó los niños a una colonia judía
afincada en lo que hoy es el sur de Francia. Fueron los descendientes de éstos
quienes llegaron a ser caudillos de los sicambrios, y así se creó
el linaje real de los merovingios.

Es innegable que hay buenas razones para propugnar que Jesús estuvo
casado con María Magdalena –o por lo menos tuvo algún tipo
de relación íntima con ella–, e incluso que sobrevivió
a la Crucifixión. En realidad, y aunque muchos crean lo contrario, no
fue necesario esperar a la obra de Baigent, Leigh y Lincoln para que alguien
propusiera esos dos asertos, que habían sido discutidos entre numerosos
académicos muchos años antes de su publicación.

Las premisas subyacentes en su argumentación tropiezan no obstante con
una dificultad principal, y nuestros autores tenían muy claro que así
era, por lo cual evitaron escrupulosamente llamar la atención sobre ella.
Para ellos, los merovingios son importantes porque eran descendientes de Jesús.
Pero si éste sobrevivió a la cruz, sería imposible decir
que murió por la redención de nuestros pecados, ni que resucitó.
Según eso, no fue divino, ni era el Hijo de Dios. Siendo así,
¿para qué íbamos a fijarnos en sus supuestos descendientes?,
cabría preguntar.

En ese grupo de descendientes tan traído y llevado figura, según
se cree, nada menos que el mismo Pierre Plantard de Saint-Clair. Pese al lenguaje
hiperbólico que utilizan algunos comentaristas cuando se refieren a esa
hipótesis, cumple observar que él nunca ha pretendido ser descendiente
de Jesús. Nunca se subrayará lo bastante que lo que confiere a
la idea del linaje merovingio su pretendida importancia no es la idea cristiana
de que Jesús fue Dios encarnado, con lo cual sus descendientes habrían
sido divinos de alguna manera. El fundamento de toda la creencia es que como
Jesús era del linaje de David y por tanto rey legítimo de Jerusalén,
ese título recae automáticamente en su familia futura, aunque
sólo sea en el plano teórico por ahora. El poder que se reclama
para la conexión merovingia no es divino sino político.

El documento Montgomery cuenta la historia de Yeshua ben Joseph (Jesús
hijo de José), casado con Miriam (María) de Betania (personaje
bíblico que muchos creen fue la misma persona que María Magdalena).
A consecuencia de una insurrección contra los romanos, María fue
detenida y si le devolvieron la libertad fue sólo porque estaba embarazada.
Entonces huyó de Palestina hasta recalar en la Galia (en lo que hoy es
Francia), donde dio a luz una hija.

Aunque se comprende fácilmente por qué Baigent, Leigh y Lincoln
traen a colación el documento Montgomery en apoyo de su hipótesis,
es extraño que no profundizasen más en ciertos aspectos del relato.
En esta crónica se describe a María de Betania como «sacerdotisa
de un culto femenino»; lo mismo que la afirmación de que los merovingios
adoraban a la diosa Diana, esto introduce en la historia un matiz claramente
pagano, difícilmente conciliable con la noción de que el principal
interés del Priorato tenga que ver con la continuidad del linaje del
rey judío David, el cual incluye a Jesús, como se sabe.

Una cosa que empezábamos a ver muy evidente era que la ambición
motivadora del Priorato no podía ser el poder puramente político
que postulan Baigent, Leigh y Lincoln. Una y otra vez los Dossiers citan personas,
sean los propios grandes maestres u otras vinculadas con el Priorato, que no
fueron primordialmente políticos, sino ocultistas. Por ejemplo, Nicolás
Flamel, gran maestre desde 1398 hasta 1418, fue maestro alquimista; Robert Fludd
(1595-1637) era rosacruz; y más cerca de nuestra época, Charles
Nodier (gran maestre de 1801 a 1844), uno de los más influyentes promotores
de la renovación moderna del ocultismo. Incluso sir Isaac Newton (gran
maestre de 1691 a 1727), hoy más conocido como científico y matemático,
fue también devoto alquimista y hermético, que poseía ejemplares
de los manifiestos rosacruces y llenó los márgenes de anotaciones
de su puño y letra. Y también está Leonardo da Vinci, naturalmente,
otro genio totalmente mal entendido por los modernos, pareciéndoles que
un intelecto tan agudo no podía ser sino producto de una mentalidad materialista.
En realidad, y tal como hemos visto, extraía sus obsesiones de otras
fuentes completamente distintas, que hacen de él un candidato idóneo
más a la nómina de los grandes maestres del Priorato.

Sorprende que, si bien reconocen los intereses ocultos de muchos de estos personajes,
Baigent, Leigh y Lincoln no parezcan darse plena cuenta de lo que significaban
tales obsesiones. Al fin y al cabo, en muchos de esos casos lo oculto no era
una afición ocasional, sino la verdadera empresa principal de sus vidas.
Y nuestra propia experiencia indica que los individuos relacionados con el moderno
Priorato también son ocultistas asiduos.

Ocurre algo ahí, pero dado el esfuerzo que se le viene dedicando desde
hace siglos es muy poco probable que se trate únicamente de la legitimidad
de la monarquía francesa. Lo que sea debe implicar un peligro tan grande
para el status quo que incluso ahora, pese al Siglo de las Luces y a todo lo
que ha sobrevenido después, hay que tenerlo en secreto, cuidadosamente
vigilado por una red clandestina de iniciados.

Casi desde el principio de nuestro estudio tuvimos la invencible sensación
de que había en efecto un secreto, celosamente guardado por un reducido
grupo de elegidos. Conforme avanzaba nuestra investigación no podíamos
desprendernos de la sospecha de que los temas que íbamos detectando en
la biografía y la obra de Leonardo tenían un estrecho paralelismo
con los que descubríamos en el material difundido por el Priorato. Sin
duda valía la pena verificar las insinuaciones de que esos mismos temas
estaban entretejidos asimismo en la obra de Jean Cocteau.

Ya hemos descrito el mural de ese artista en la iglesia de Notre Dame de France
en Londres. Pero ¿qué relación tendría ese imaginario
de sorprendente originalidad con una obra muy anterior, como la de Leonardo,
y con un movimiento supuestamente esotérico e incluso herético?

La semejanza más obvia con las obras de Da Vinci es que el artista se
autorretrata dando la espalda a la cruz. Como ya hemos mencionado, Leonardo
se pintó de esa manera a sí mismo, por lo menos dos veces: en
la Adoración de los Magos y en la Última Cena. Considerando la
expresión que pone Cocteau en su propio rostro, que es, cuando menos,
de profundo rechazo de toda la escena, no sería descabellado tratar de
parangonarla con la violencia que expresa Leonardo al apartarse de la Sagrada
Familia en la Adoración.

La importancia de llamarse Juan

Aunque los Grandes Maestres adoptan en la organización el sobrenombre
de Nautonnier o «timonel», también reciben el nombre de Jean
(Juan) o, si son mujeres, Jeanne (Juana). Por ejemplo, Leonardo aparece en sus
listas como Jean IX. Vale la pena mencionar que, aún tratándose
de una orden de caballería tan antigua, el Priorato asegura haber practicado
siempre la igualdad de oportunidades en su sociedad secreta, y cuatro de sus
grandes maestres han sido mujeres. (En la actualidad una de las secciones francesas
del Priorato está al mando de una mujer). Sin embargo esa política
es totalmente coherente con la verdadera naturaleza y los objetivos del Priorato
según hemos llegado a entenderlos.

Los títulos que usa el Priorato en su organización jerárquica
dan una idea de sus preocupaciones. De acuerdo con los estatutos, por debajo
del Nautonnier hay un grado compuesto por tres iniciados, y debajo de éste
otro de nueve individuos que son «cruzados de San Juan».

La escala tiene seis grados más, pero el organismo director está
formado por los tres principales, que totalizan los trece miembros de mayor
categoría.
Dicho organismo tiene el nombre de Archikyria, en el que reconocemos el tratamiento
de respeto del término griego kyria, equivalente al moderno «Señora».
Pero más concretamente, en el mundo helenístico de los últimos
siglos a.C. era un epíteto de la diosa Isis.

El primer gran maestre de la sociedad fue, conviene mencionarlo, un Juan verdadero:
Jean de Gisors, aristócrata francés del siglo XII. Pero el acertijo
está en que el nombre de adopción dentro del Priorato fue «Jean
II». De ahí las cogitaciones de los autores de El Enigma Sagrado.

Otro «Juan» relacionado con el asunto y que da mucho que pensar
es el mencionado en un libro de 1982, Rennes-le-Château: Capitule Secrete
de France, de Jean-Pierre Deloux y Jacques Brétigny. Se sabe que ambos
autores estaban íntimamente relacionados con Pierre Plantard de Saint-Clair
–por ejemplo, en los años ochenta formaban parte del entorno de
éste, cuando fueron a verle Baigent, Leigh y Lincoln–, y desde
luego él colaboró en el libro, y no poco. La obra de Deloux y
Brétigny es pura propaganda del Priorato, en realidad, y explica cómo
se formó la sociedad.

Según esta narración, la intención principal había
sido formar un «gobierno secreto» cuya cabeza visible sería
Godofredo de Bouillon, uno de los caudillos de la Primera Cruzada. En Tierra
Santa, Godofredo se encontró con una organización llamada la Iglesia
de Juan y el resultado fue que formó «un magno designio»,
y «puso su espada al servicio de la Iglesia de Juan, esotérica
e iniciática, que representaba la Tradición: aquélla basada
en la primacía del Espíritu». De ese magno designio nacieron
tanto el Priorato de Sión –esa organización que siempre
pone a sus grandes maestres el nombre de «Juan»– como los
caballeros templarios.

Y tal como dice Pierre Plantard de Saint-Clair:

«Así, a comienzos del siglo XII aparecían reunidos los
medios espirituales y temporales que iban a permitir la realización del
sueño sublime de Godofredo de Bouillon. La Orden del Temple sería
la espada de la Iglesia de Juan y el portaestandarte de la primera dinastía,
y las armas obedecerían al espíritu de Sión». El
resultado de este ferviente «juanismo» iba a ser un «renacimiento
espiritual» que «trastornaría toda la Cristiandad».
Pese a su evidente importancia para el Priorato, este énfasis alrededor
de «Juan» seguía envuelto en la más extraordinaria
oscuridad: al principio de esta investigación ni siquiera sabíamos
qué Juan era el así reverenciado.

Pero ¿a qué razones obedece tanta oscuridad? ¿Por qué
no dicen de una vez a qué Juan se refieren? ¿Y por qué
el reverenciar a cualquiera de los santos Juanes, por enfervorizadamente que
sea, iba a constituir una amenaza para los propios fundamentos de la cristiandad?

Al menos es posible aventurar una suposición en cuanto a qué
Juan tiene en mente el Priorato, si la obsesión de Leonardo por el Bautista
vale como indicio. Pero la idea que el Priorato tiene de la misión de
Jesús dista de ser ortodoxa, y no parecería lógica tanta
reverencia hacia el hombre que supuestamente no fue más que el precursor
del Mesías, a menos que el Priorato, como Leonardo, reverenciase a Juan
el Bautista por encima de Jesús mismo.

Esa no es una idea baladí. Porque, de existir alguna razón para
creer que el Bautista era superior a Jesús, entonces las consecuencias
sí serían inconcebiblemente traumáticas para la Iglesia.
E incluso si la opinión del «juanismo» se fundara en un equívoco,
son indudables los efectos que ejercería esa creencia si se diese a conocer
más ampliamente. Sería casi como la herejía definitiva…
y los Dossiers Secrets insisten reiteradamente sobre el carácter anticlerical
de los descendientes de los merovingios y cómo fomentaron positivamente
la herejía. Parece como si el Priorato quisiera transmitir la idea de
que la herejía es buena cosa, por alguna razón concreta que él
sabe.

Comprendimos que la supuesta herejía del Bautista tendría repercusiones
asombrosas, y que si queríamos averiguar más acerca del Priorato
iba a ser necesario que encarásemos la cuestión de Juan el Bautista.
Aunque al principio no estábamos seguros de encontrar ningún indicio
que corroborase tal herejía.

Extraído del libro La revelación
de los templarios
, de Lynn Picknett y Clive Prince

Fuente: http://mpfiles.com.ar

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