El Grial Templario de Toledo


"Casas del Temple", en la actualidad simples
viviendas, en la Plaza del Seco, Toledo, España.

 


Inscripcines coránicas alabando a Dios, conservadas
por los templarios.

 

La vinculación de Toledo con
los tesoros sagrados no se limita al Santo Grial. Varias crónicas y leyendas
hacen referencia a la enigmática Cueva de Hércules, un extraño recinto
relacionado con el último rey godo y con la misteriosa Mesa de Salomón, también
desaparecida.

 


TRAS LAS HUELLAS DE LA ORDEN EN
ESPAÑA

El grial templario de Toledo

Aunque los misteriosos caballeros desaparecieron hace casi
siete siglos, la monumental ciudad de Toledo podría esconder aún hoy pistas
sobre la fascinante relación entre los templarios y el recipiente sagrado. Una
modesta iglesia cargada de simbología, extrañas leyendas sobre los misteriosos
guerreros y una enigmática virgen negra nos ponen tras la pista de la
reliquia.

Rafael Alarcón.

Entre los numerosos misterios
que todavía guarda la ciudad de Toledo hay uno referido al Grial. ese símbolo
enigmático de la sabiduría y el poder regenerador de la Divinidad, tanto en el
plano físico como espiritual, que según los trovadores medievales era custodiado
por templarios y tenía su origen en España (AÑOCERO, 47).

El trovador
templario alemán Wolfram von Eschenhach (1170-1220), en sus principales
epopeyas, Parzival y Títurel, describe una Orden religioso-militar de caballeros
que persigue fines místicos, basados en el mito del Imperio Universal, la tierra
Santa y el Templo Espiritual: dicha organización recibe el nombre de "Orden del
Grial" y sus miembros el de "Caballeros Templarios". Aunque parece que Wolfram
no inventó nada. Él mismo se encarga de aclararnos que no es el autor original
de su relato sobre el Grial. El Parzival traduce a otro autor: Kyot el
Provenzal.

Nadie sabe quién puede ser este Kyot. Wolfram no lo trata como
su igual un juglar que le ha proporcionado materia para un poema, sino como un
maestro con autoridad esotérica, que le ha legado una enseñanza valiosa. Lo
llama "maestro bien conocido", y habla de él como de la única autoridad que
conviene invocar a propósito del Grial: "Kyot es el nombre del encantador. Todo
lo que él contó en lengua francesa, yo voy a repetíroslo en alemán". De Provenza
vino este cuento, en su forma auténtica, a país alemán. Un maestro que por el
carácter de sus revelaciones que implican a la Orden del Temple en la historia
del Grial, pudiera pertenecer a la caballería templaría o a su entorno
inmediato. Un personaje que inspira y controla el trabajo de Wolfram, y que
también era templario. Aunque, para nuestra sorpresa, el propio Wolfram declara
que el origen último de la historia del Grial se encuentra en España. Según este
trovador templario:

"Kvot, encontró en Toledo, entre unos Manuscritos
abandonados, esta aventura en escritura arábiga. Fue preciso que aprendiese a
distinguir los caracteres. Resultó muy ventajoso para él haber recibido el
bautismo, pues de lo contrario esta historia habría quedado ignorada. ya que no
existe pagano tan sabio como para revelarnos la naturaleza del Grial". El autor
de estos manuscritos era "un musulmán, Flegetanis, famoso por sus
conocimientos". Este extraño sabio era astrólogo y descubrió "un Objeto, una
piedra, que se llamaba Grial. Había leído claramente su nombre en las estrellas.
Una legión de ángeles lo había bajado a la tierra. Desde entonces habían de
ocuparse de él hombres tan puros como los ángeles. Kvot buscó, en los libros
dónde habría un pueblo lo bastante puro como para poder ser el custodio del
Grial hasta que encontró lo que buscaba" que la morada del Grial entre los
humanos estaba en los confines de España, y que "dicho Templo, construido según
los planos del propio Dios, era una construcción edificada siguiendo el modelo
poligonal, ternario e irradiante, de los santuarios de la Orden del Temple,
consagrado al Espíritu Santo y guardado por templarios".

Por extraño que
pueda parecer, en Toledo aún quedan señales de esa relación entre los templarios
y el Grial. Como en la leyenda de Wolfram, se trata de una piedra depositada
dentro de un octógono, en un santuario custodiado por templarios.

El
Temple en Toledo

Dependiendo de la poderosa encomienda de Montalbán,
la Orden del Temple se asentó, extramuros de Toledo, en el pequeño monasterio
mozárabe dedicado a los santos gemelos Servando y Germano, obtenido hacia 1152 y
conocido como "Cigarral del Alcázar", y cuyas ruinas fueron demolidas en 1927.
Dentro de la ciudad poseyeron una antigua mezquita, próxima al Alcázar, que
convirtieron en iglesia de san Miguel el Alto. Esta iglesia estaba unida a la
hospedería y residencia de los caballeros, conocidas como "Casas del Temple", un
conjunto de edificios de los que aún quedan importantes restos en las calles
contiguas de la Soledad, san Miguel y plaza del Seco. Levantado en el siglo XII
sobre restos romanos y visigodos, la riqueza decorativa, como artesonados
mudéjares de vigas talladas con leyendas arábigas, yeserías morunas y arcos de
herradura, demuestra que debió ser mansión de musulmanes acomodados antes de
pasar a la Orden. Lo más curioso es que los templarios conservasen las
inscripciones coránicas de los muros, mezclándolas con sus propios latines en
honor de Nuestra Señora y con sus escudos de cruces rojas. Bajo estas casas
existen laberínticas galerías y estancias, excavadas en la roca viva, que las
comunicarían con la iglesia y bajarían luego hasta el río según una tradición
inmemorial. Son conocidas como "Bodegas de Vázquez", "Cuevas de San Miguel" o
"de los Candiles". La fantasía popular las hace escenario de las más fabulosas y
esotéricas tradiciones, contando que allí escondieron los templarios sus tesoros
antes del arresto. Desde ellas iniciaba su ronda espectral la "Procesión de las
Ánimas", cuando a las doce de la noche la campana de san Miguel tocaba sola para
avisar a los vecinos, a fin de que no saliesen de sus casas, mientras los
fosforescentes espíritus templarios vagaban por el barrio bajando hasta el río y
regresando a la iglesia antes del amanecer.

Un rico
simbolismo

La iglesia de san Miguel el Alto todavía conserva símbolos
templarios en su interior, a pesar de haber sido abandonada en 1842, de sufrir
los bombardeos del cercano Alcázar en 1936, y padecer una "reconstrucción" en
los años cuarenta, cuando se derribó su claustro para levantar una escuela
parroquia¡. La torre mudéjar delata su origen islámico, aunque una de las
campanas sea todavía templaría. En sendos pilares de la nave, los capiteles
muestran escudos con la cruz roja del Temple, a pesar de que el esoterismo de
sus esculturas está cubierto por una gruesa capa de cal. En el pavimento,
diversas lápidas sirvieron de sepultura a olvidados donantes de la Orden. Y en
el arruinado claustro se ha salvado milagrosamente el gran "Cuadrado Mágico" del
patio, compuesto por losas negras, en todo semejante al existente en San Pedro
de Arlanza (Burgos), que una leyenda dice fue colocado allí por un sabio del
monasterio templario de Alveinte, donde hubo otro igual, para robar su ciencia
al Diablo (AÑO/CERO, 33 y 133). No menos curiosa es la lauda funeraria del
claustro, de 1194, perteneciente al judío Zabalab quien, tras bautizarse, llegó
a ser presbítero de la iglesia templaría.

El símbolo que más nos interesa
se encuentra en el baptisterio. Allí podemos ver un recipiente gótico de piedra
negra pulida, con forma de gran copa, cuyo borde muestra una cabalística
inscripción, con la cruz del Temple, y cuyo pie descansa sobre una figura
octogonal compuesta por ocho losas negras… Es la pila bautismal, del siglo
XIII, de los caballeros templarios. ¿Estamos ante el símbolo del Grial, dentro
del octógono radiante, tal como afirman los manuscritos toledanos encontrados
por el maestro Kyot según la epopeya de Wolfram? El milagro ocurrido en esta
pila bautismal, un milagro griálico, así parece indicarlo.

Este insólito
prodigio se narra en la vieja leyenda toledana conocida como "El bautismo de
sangre" o "La cruz del arzobispo Tenorio", aunque dicho prelado no adquirió la
cruz hasta sesenta y tres años después de suprimido el Temple. En 1375, nada más
acceder al cargo, el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, mandó registrar los
subterráneos existentes bajo la iglesia y Casas del Temple tentado por la
tradición del tesoro oculto. Aunque tan sólo encontró allí la preciosa "Cruz del
Milagro" y un puñado de cuerpos momificados como los existentes en otras
iglesias toledanas. Dicha cruz o "Cristo del Milagro", era una pieza románica de
Limoges, de doble brazo, semejante a la templaria de Caravaca que, decían
perteneció al comendador del Temple. Los cuerpos correspondían a los caballeros
templarios de la casa, pues era frecuente enterrar en estas catacumbas debido a
la escasez de suelo y porque la sequedad de la roca conservaba los cadáveres de
forma natural; allí siguen todavía, aunque el clero los oculte celosamente e
impida su visita. Ambos elementos, cruz y momias, constituyen junto con la pila
bautismal los actores de la antedicha leyenda de tintes
griálicos.

Templarios momificados

Cuentan los viejos que,
tras la derrota cristiana de Alarcos, en 1195, las avanzadillas almohades se
presentaron amenazadoras ante los muros de Toledo. Los templarios se aprestaron
para defender su sector de la muralla, correspondiente al barrio de San Miguel
y, la noche anterior a la batalla, el comendador reunió en la iglesia a los
caballero para poner sus vidas en manos de Dios. A verlos rezar, su corazón se
entristeció, pensando cuántos morirían al día siguiente defendiendo la ciudad, y
pidió a Dios una señal para saber quiénes caerían en combate En ese instante,
sobre la cruz roja que lo monjes-guerreros portaban en sus capas apareció la
imagen del Cristo que el comendador tenía en su cruz de mando. Entendió que, por
ese medio, Dios le señalaba quiénes iban a morir al día
siguiente.

Creyendo el comendador que hacía u bien con ello, pues más
falta le hacían guerreros vivos que santos muertos, al amanecer tan sólo destinó
a las murallas a los caballeros que no habían recibido en sus cruces el aviso
divino. Marchó con ellos al combate y dejó a los señalados orando en la iglesia.
Rechazado el ataque musulmán, regresaron los templarios sin haber sufrido una
sola baja, para comunicar a sus compañeros la feliz jornada, y los encontraron
muertos sobre las losas de la iglesia, con los cuerpos secos, momificados. A
mayor milagro, el agua que llenaba la copa de la pila bautismal se había
convertido en sangre, la de aquellos templarios escogidos para recibir el
martirio por su fe y alcanzar el cielo de los justos. El agua sólo recuperó su
verdadera naturaleza cuando el comendador bañó su cruz en ella, bautizando en la
sangre de los mártires templarios la imagen del Cristo.

Comprendieron que
el Señor había querido castigar así la soberbia del comendador, que creyó poder
burlar los designios de Dios. A pesar de todo, los "elegidos" habían recibido el
bautismo de sangre del martirio que les estaba destinado. Sus cuerpos
momificados recibieron sepultura en uno de los subterráneos del templo y el
crucificado de la cruz de mando fue conocido desde entonces como "Cristo del
milagro". Expuesto en la Capilla del Bautismo, junto a la griálica pila recibió
el fervor de los templarios y del pueblo toledano, que lo tenía atosigado con
sus peticiones y exvotos. Las gentes tomaron costumbre de santiguarse con el
agua aquella pila, y aún de llevarla en recipientes porque decían que era mano
de santo para curar heridas de arma blanca.

Otro misterio, quizá mayor
que el "milagro de la sangre", ronda todavía por los muros de San Miguel el
Alto. Me refiero al de la imagen de Nuestra Señora que allí veneraban los
templarios, citada al menos desde 1174. En la caballería tradicional, tan
definida por el místico Ramón Lull en su Libro del Orden de Caballería (fines
del siglo XIII), el verdadero honor está basado en la búsqueda de la perfección
interior puesta al servicio de una idea trascendente: la entrega a Dios en la
persona de los desvalidos, por quienes el caballero debe pelear para
restituirles la justicia. Y la lucha verdadera no era contra el rival, sino
contra uno mismo para derrotar su parte negativa, subiendo un peldaño más en el
camino de la perfección. Perfección interior que permite una pureza de espíritu
imprescindible para acercarse al Grial, la copa del Conocimiento absoluto, que
estaba en la cima de la iniciática búsqueda caballeresca primitiva. Y la Dama
sin nombre, objeto del amor cortés de aquellos caballeros espiritualmente
combativos, no era sino el símbolo de Nuestra Dama, Nuestra Señora la Virgen
Negra, la Dama del Saber Eterno, a quien el caballero griálico debía
encomendarse y a quien debía ofrecer sus trabajos para que le ayudara en la
búsqueda de sí mismo.

Los templarios -con más razón pues eran a un tiempo
guerreros y monjes elegidos por el cielo para custodiar el Grial-, veneraban a
la Dama Negra, la Virgen Madre, y tenían esta devoción especial, en forma de
imagen de Virgen Negra en algunas de sus iglesias, como Nuestra Señora de la
Encina en Ponferrada (León), Nuestra Señora de la Vid en Castillejo de Robledo
(Soria), Nuestra Señora del Temple en Ceinos (Valladolid), Faro (Ourense), Toro
(Zamora) y un largo etcétera. En la provincia de Toledo sabemos que poseyeron
vírgenes negras en Talavera de la Reina y Montalbán, hoy desaparecidas, y una
que vistió el hábito del Temple, por lo que se la conoce todavía como Nuestra
Señora de la Monjía, en Novés (Toledo), la cual afortunadamente conserva su
color negro, su leyenda mistérica y la ancestral fuente iniciática, sincretismo
de viejos cultos a las hadas del agua, las wouivres o melusinas
célticas.

Dice la tradición que en su toledana iglesia de san Miguel
veneraban una imagen de María, de nombre ignorado. Lo que parece atestiguado por
las inscripciones latinas que, en la Casa del Temple, los caballeros colocaron
en alabanza a la Virgen Madre, situándolas junto a las inscripciones coránicas
que alaban a Dios. Sin embargo, la imagen mariana de su iglesia ha desaparecido.
¿Realmente? Por los indicios simbólicos, debió ser una Virgen Negra. La única
imagen de estas características existente en Toledo no se halla entronizada en
ninguna iglesia y nadie conoce su origen. Pegada al ábside catedralicio se alza
la gran sala capitular; al exterior del muro sur, a media altura, se halla una
hornacina protegida por cristal emplomado y reja, alumbrado todo por un pequeño
farol. Allí se oculta una imagen, popularmente conocida como "Virgen del Tiro".
Extraño nombre que según antiguos cronistas parece proviene del "tiro" de
cuerda, accionado por una polca, que estuvo situado sobre ella para introducir
en el obrador de cera los materiales. Es una Virgen Negra de advocación
olvidada, que nadie sabe de dónde ha salido. Allí está desde tiempo inmemorial,
al menos desde que Enrique Egas construyó la sala capitular entre 1504 y 1512
por orden del cardenal Cisneros. ¿Procede quizá de la iglesia templaría, tras
haber estado arrinconada en las bóvedas catedralicias junto a otras muchas obras
medievales?.

No deberíamos olvidar que la grandiosa catedral de Toledo
fue comenzada por al arzobispo-cronista don Rodrigo Jiménez de Rada, en gratitud
a la Virgen por la victoria de Las Navas de Tolosa (1212) sobre los musulmanes,
batalla ganada con la colaboración de las Órdenes Militares, entre las que
figuraba un fuerte contingente templario, y con la ayuda celestial de Nuestra
Señora. Y no perdamos de vista que don Rodrigo era amigo de la Orden y nieto del
comendador templario de Novillas (Zaragoza), don Pedro Tizón (a mediados del
siglo XII).

La Virgen del Tiro tiene todos los caracteres de una Dama
Negra del Grial. Por su color, postura, atributos y tamaño, parece una imagen de
fines del siglo XII o comienzos del XIII. Muy estilizada, la vestimenta de la
madre y la postura lateral del niño los asemejan a la imagen de la Mare de Dèu
del Claustre, en Solsona (Lleida), que dicen es una copia de la Virgen Negra de
la Daurade, en Toulouse (Francia). Y es la única en Toledo sobre la que no
quedan datos, pues de todas las demás, incluidas otras dos que tienen ciertos
caracteres de Virgen Negra: la del Sagrario (en la catedral) y la de la
Esperanza (en San Cipriano) -que por cierto dicen que son "primas"-, se conserva
algún recuerdo de sus orígenes y andanzas. ¿Estamos ante la imagen perdida que
recibió culto en la iglesia templaría, junto con la prodigiosa pila bautismal y
el milagroso Cristo del comendador?.

Cuando el Temple fue extinguido, el
arzobispo toledano don Gutierre Gómez de Toledo tomó posesión de sus, riquezas,
tras perseguir, encarcelar y hacer torturar a los caballeros. Los bienes fueron
empleados según conveniencia; generalmente los utensilios del culto como
cálices, crucifijos e imágenes eran reutilizados tras un examen minucioso para
borrar posibles símbolos templarios. Aunque no sería hasta la época barroca
cuando se darían los procesos más descarados de ocultación. A veces, en el caso
de las imágenes de santos o de vírgenes, sobre todo si eran famosas y de gran
veneración, se retiraban del culto por un tiempo. Luego volvían a aparecer,
cambiados sus hábitos, su color. sus símbolos e, incluso, sus tradiciones v
leyendas. Otras eran relegadas a destinos humildes, poco destacados, como
ermitas, humilladeros y hornacinas.

Es constante la tradición popular
sobre el despojo sufrido por esta posesión toledana del Temple, a partir de
1312. La iglesia fue convertida en parroquia, las Casas del Temple se
transformaron en casas de vecindad y sus mejores objetos sagrados e imágenes se
los apropió el clero catedralicio.
Y este pillaje continuó durante siglos.
Aunque no sin consecuencias. A principios de los años setenta del pasado siglo,
la anciana custodia de la torre catedralicia, doña Sagrario, además de narrarnos
la leyenda de "El bautismo de sangre", nos contó la de "La venganza del Temple".
Cuando en 1756 se colocó en la catedral su gigantesca "campana gorda" al tocarla
se rompieron todos los cristales de Toledo y muchos cacharros de barro y
cerámica en cocinas y salones. Ello no fue debido al desmesurado tamaño de la
campana sino a que, para completar el bronce de su fundición, se emplearon las
campanas de la torre de san Miguel el Alto. Y sí la venganza del Temple no causó
mayor desastre, es porque en la iglesia de los caballeros dejaron una de las
viejas campanas templarías marcada con su "cruz de hábito".

También el
viejo guarda del Teatro Rojas, don Luis, nos contó por aquellas fechas, además
de la leyenda de "La cruz del arzobispo Tenorio" una conseja sobre "La maldición
de la alacena templaría". Según este relato, hacia 1845, unos vecinos quisieron
hacer una obra en su parte de la vieja Casa del Temple; apareció entonces una
alacena mudéjar de yesería, conocida pronto como "Botica de los Templarios", y
los felices descubridores se frotaron las manos ante aquel pequeño "tesoro".
Primero la ofrecieron al Museo Arqueológico Nacional y, al no ser aceptada por
éste organismo, fue comprada para el Museo South Kensington de Londres (hoy se
encuentra en el Museo Victoria y Alberto de la capital británica), por su agente
en España, J. F. Riaño, Director General de Archivos y Académico de San
Fernando. Dicen que los codiciosos vecinos no pudieron disfrutar su "tesoro"
pues acabaron desahuciados. Además, los obreros que realizaron la obra murieron
poco después por diversos "accidentes" e incluso el intermediario padeció varios
"contratiempos de salud". El saqueo de este templo del Grial no podía quedar sin
castigo.

En la actualidad, la Casa de los Templarios ha sido rehabilitada
parcialmente y sus propietarios han habilitado algunos salones como restaurante.
Lo que aquellas estancias han perdido en misterio y esoterismo lo han ganado
nuestros ojos, que pueden volver a contemplar algunos jirones de su esplendor y
nuestros estómagos que pueden solazarse con buenos vinos y manjares.

El
caso de la iglesia de San Miguel el Alto es distinto. Todavía conserva intacto
el aura de inquietante espiritualidad que dejaron m ella los caballeros. Y
todavía espera una profunda restauración que saque a la luz los diversos
símbolos que rodeaban al "símbolo" maestro del Temple: el Grial, la piedra
cósmica, piedra negra de luz, copa de la sangre regeneradora, que solo los
espíritus puros podían contemplar y a los que ella concedía el Conocimiento
supremo. Muchos enigmas, históricos y esotéricos, apenas rozados por los
investigadores, planean inquietantes sobre este fabuloso emplazamiento
templario, que se manifiesta como auténtica "Morada Filosofal", cuyos elementos
son otras tantas páginas repletas de sugerentes pasajes simbólicos. Algunas de
estas páginas han sido arrancadas y otras emborronadas, pero el conjunto todavía
puede ser leído, y su texto resulta elocuentemente esotérico e
iniciático.

Uno de esos párrafos es bien significativo, pues deja
entrever que en la casa toledana de los caballeros hubo una de aquellas
enigmáticas comunidades de hermanas templarías. Según la leyenda de "La rama de
laurel", en la hospedería del Temple daban a los pobres la "caridad", un cuenco
de sopa y un trozo de pan. A cierto mendigo le pareció un día que la sopa estaba
demasiado clara y porfió con la hermana templaría que la repartía. Discutieron y
el pordiosero, arrancando la rama de un laurel que asomaba por las tapias del
huerto, arremetió contra la templaría. Ésta aguantó cuanto pudo hasta que,
colmada su paciencia, le arrebató la rama de las manos para devolver los golpes
al mendigo. Arrepentida luego de su cólera, en la soledad de su celda se azotó
con ella en penitencia durante siete noches. Después ofreció la rama manchada
con su sangre a la Virgen Morena de san Miguel y la plantó en el claustro de los
caballeros. Allí la regó cada día, tanto con agua como con lágrimas de
arrepentimiento hasta que, por milagro divino, echó raíces y creció para
convertirse con los años en un frondoso árbol que recordaba a todos que Dios
prefiere mansedumbre a ira. ¿No se trata acaso de un nuevo milagro griálico, la
sangre derramada que hace brotar la vida en un laurel, símbolo de la
inmortalidad y ello por intercesión de la Virgen Negra?.

Doña Sagrario
afirmaba que conocía esta leyenda, como todas, por su bisabuela, que se las
contaba de niña. No tenemos confirmación documental, pero lo cierto es que en
una guía de Toledo del Patronato Nacional de Turismo, editada en francés en
1932, aparece un mapa en el que, junto a la iglesia de San Miguel figura la
"Casa de las Templarías". Y el texto afirma: "junto a san Miguel están las
llamadas Casas del Temple o también Casa de las Templarías". ¿Quizá la tradición
templaría de Toledo no está todavía perdida, a pesar de lo que quieren hacernos
creer?.


Escudo con la cruz roja del Temple, en un capitel de
la iglesia de San Miguel el Alto.

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