En memoria a Jacques de Molay

Jacques Bernard de Molay parece haber nacido en Borgoña entre los años 1240 y 1244, aunque hay versiones que señalan que fue en el año 1243 en la ciudad de Vitry (departamento de Haute Sâone). Estudiosos nobiliarios incluyen a Molay en la genealogía de Lonvy, al ser Molay una población del Señorío de Rahon, propiedad del padre de Jacques de Molay, Señor de Lonvy, heredero de Mathe y Señor de Rahon, gran población cerca de Dôle, de la cual dependían muchas otras, pero principalmente Molay, y esta a su vez, era una parroquia de la Diócesis de Besançon, en el Deanato de Nenblans.

 
En 1265, en la ciudad de Beaune (Francia) se unió a la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón, conocidos comúnmente como Caballeros Templarios u Orden del Temple, recibiéndole el Fraile Imbert de Perand, visitador de Francia y del Portu, en la capilla del Temple de la residencia de Beaune.
 
A la muerte del Maestre Guillaume de Beaujeau en Acre, la Orden eligió como sucesor a Thibaud Gaudin, quien había puesto a salvo el tesoro durante el asedio de Acre. Tras la muerte de Gaudin el 16 de abril de 1292, Jacques De Molay se convierte en el 23avo y último Gran Maestre visible de la Orden.


Jacques de Molay

De Molay, a partir de su precaria base en Ruad, parece haber organizado entre 1293 y 1305 múltiples expediciones contra los musulmanes y hay quienes llegan a afirmar que alcanzó a estar a las puertas de Jerusalén en el año 1298, derrotando al Sultán de Egipto, Malej Nacer. En 1300 organizó una incursión contra Alejandría buscando recuperar la ciudad de Tortosa, en la costa Siria, para la cristiandad. No obstante, su vida como líder militar no se vio coronada por el éxito.

 
En 1307, el Papa Clemente V, Beltran de Goth y el rey de Francia Felipe IV "El Hermoso", ordenan la detención de Jacques de Molay bajo la acusación de sacrilegio -blasfemia- contra la Santa Cruz, simonía -compra o venta ilícita de lo que es espiritual por bienes materiales-;  herejía -sentencia errónea contra los principios ciertos de una ciencia o arte– e idolatría -adoración de la imagen del Baphomet-. Molay confesó bajo tortura, aun cuando con posterioridad se retractó, y por ello en 1314 fue quemado vivo frente a la Catedral de Notre Dame, donde se retractó públicamente de nuevo de cuantas acusaciones se había visto obligado a admitir, proclamó la inocencia de la Orden y, según la leyenda, maldijo a los culpables de la conspiración (« Malditos, sereis todos malditos, hasta la decimotercera generación»). En el plazo de un año, dicha maldición se cumplió con la muerte de Felipe IV (segun Maurice Druon, de un accidente cerebrovascular durante una expedición de caza) y de Clemente V.

 
El inicio del final
La idea de fusionar las órdenes del Temple y el Hospital, no era nueva. El primer planteamiento se había hecho en el Concilio de Lyon en 1274.

Años más tarde, siguiendo con exactitud la agenda trazada conjuntamente con el Rey Felipe IV de Francia, apodado “El Hermoso”, el Papa “Clemente V” llamó a los maestres del Temple y del Hospital a una reunión en Poitiers el 1 de noviembre de 1306.

Había transcurrido casi un año desde su posesión y ya había revocado buena parte de las actuaciones de su antecesor Bonifacio VIII. Aún sin ser iniciadas las reuniones, fueron aplazadas por un ataque gástrico de esos que incapacitaban a Clemente V hasta por varios meses. Realmente tenía cáncer de píloro.

Jacques De Molay, Maestre del Temple, llegó a Europa desde Chipre a finales de 1306 o comienzos de 1307 y arribó a Poitiers hacia mayo. Foulques De Villaret, Maestre del Hospital, llegó a Poitiers solo en agosto de 1307, justificando el atraso por las operaciones de combate en Rodas. Esto no deja de ser un punto que se preste para análisis más profundos.

Mientras el Maestre del Hospital estaba por llegar, varios asuntos fueron adelantados por De Molay. Primero: respecto a la fusión de la órdenes, fue casi el único, si no el único, en oponerse, aún contra las opiniones de quienes, como Ramón Lull, prometían el infierno a los que no apoyaran la idea conjunta del Rey y del Papa.

Recordemos que Lull era defensor de la figura de un Rex Bellator que encabezara la orden resultante de la fusión del Temple y del Hospital. Y que, para él, ese Rex Bellator era nada menos que Felipe IV, quien luego debería ser sucedido en el cargo por vía hereditaria.

Segundo: en el tema de la nueva cruzada, proponía una campaña general y a gran escala que incluyera a los reyes de Inglaterra, Francia, Germania, Sicilia y España, para derrotar las fuerzas terrestres de Egipto.

Felipe IV no estaba nada satisfecho. El Rey de Francia sentenció que las ideas de De Molay obedecían a un concepto anticuado de cruzada. Su plan de expandir los límites del reino, le llevaban a considerar que podía, él solo encabezar la campaña, sin necesidad del apoyo de otros monarcas europeos. Quería el éxito para sí solo. Calificó entonces a De Molay de ser un “anciano obstinado, falto de imaginación e interesado”.

El otro asunto acometido por De Molay fue el de solicitar formalmente al Papa una investigación “sobre ciertas acusaciones” que se habían hecho contra algunos miembros del Temple.

Se refería a “… esas cosas, falsamente atribuidas a ellos, según sostienen algunos, y absolverlos si son hallados inocentes, como afirman, o condenarlos si son hallados culpables, lo cual no creen de ninguna manera”.

Eran las acusaciones “de grave impropiedad” formuladas por tres caballeros expulsados de la Orden: Esquieu de Floyran, Prior de Montfaucon; Ferdinand Pelet Prior de Mas d´Agenais y Gerard de Byzol, Caballero de Gisors.

En agosto, el Papa acepta los argumentos de De Molay y decide, “no sin gran pena, ansiedad y congoja”, abrir la investigación. Y así lo informa al Rey, pidiéndole no tomar acción alguna mientras se halle incapacitado.

Satisfecho y aparentemente tranquilo, De Molay regresa a París en septiembre. Un mes después, el jueves 12 de octubre, fue uno de los portadores del féretro en el funeral de la cuñada del Rey, Catherine de Courtenay, esposa de Carlos de Valois.

Al alba de ese viernes 13 de octubre de 1307, fue sacado de la cama, arrestado, recluído en prisión y sometido inmediatamente a toda clase de vejaciones.

En París hubo 138 arrestos. Más de 550 caballeros, venidos de todo el reino, fueron confinados en unos 30 lugares. Muy pocos, tal vez no más de 24, lograron escapar a esa primera redada. Piers Paul Read, habla de 15.000 caballeros, sargentos, capellanes, sirvientes y trabajadores apresados.

 
En la sala baja del Temple, desde la semana siguiente, se interroga a los 138 templarios capturados en París y se les aplica tal nivel de tortura, que provoca en los siguientes días la muerte de 25 de ellos.

Se extraen rápidas confesiones bajo el suplicio. Incluyendo la valiosísima confesión del Maestre. En palabras del abate Vertot: “sólo se escuchaban gritos de aquellos a quienes se atenazaba, se quebraba o a quienes se desmembraba en la tortura”.

Bernard de Nadro, a quien se torturó aplicándole fuego en al planta de los pies, muestra en un interrogatorio posterior los huesos de sus talones en la palma de las manos y así implora la piedad a los jueces.

El 22 de noviembre, Clemente V emite la Bula Pastoralis Prae-eminentiae, ordenando la detención “prudente, discreta y secretamente” de todos los templarios de Europa y la puesta de sus bienes bajo control de la Iglesia.

A raíz de la bula papal, Jacques De Molay revoca su confesión en presencia de los tres cardenales que envió Clemente V de Poitiers a París. Dice P. P. Read que “se abrió la camisa para mostrar las marcas de la tortura en su cuerpo, ante lo cual los cardenales lloraron amargamente, sin poder hablar”.

Siguieron otras retractaciones. Y, desde luego, las inmediatas cremaciones de quienes osaban retractarse. De Molay se salva temporalmente de la hoguera.

El fin
El 18 de marzo de 1314, luego de una larga y accidentada permanencia en los calabozos del Rey, una vez asignados los bienes del Temple al Hospital, el anciano y agotado De Molay rechaza la condena a prisión perpetua y es quemado vivo a fuego lento, junto con el Maestre de Normandía Geoffroy de Charney, en un islote del Sena situado entre los jardines del rey y la Iglesia de los hermanos ermitaños de San Agustín.

Cuentan las crónicas que ambos recibieron la muerte con el mayor valor y entereza que es dable imaginar “despertando admiración y sorpresa entre todos los que asistieron”.

Se retractaron antes de sus confesiones obtenidas bajo tormento y la leyenda presenta a Jacques De Molay antes de morir, maldiciendo al Papa Clemente V y al Rey Felipe IV de Francia, Le Bel, más o menos con estas palabras:

“Clemente, juez inicuo y cruel verdugo, te cito a comparecer ante el tribunal de Dios en cuarenta días y a ti, Philippe, antes de un año”.

Finalizado el sacrificio, el pueblo, rompiendo los cordones de la guardia, se abalanzó sobre la hoguera para rescatar algunos huesos calcinados, a fin de guardarlos como reliquias.

Maldición o no, Clemente V (Bertrand de Gott o Goutt), murió de diarrea, a raíz de su cáncer de píloro, en la noche del 19 al 20 de abril de 1314, dentro de los cuarenta días de la muerte de Jacques de Molay. Su cadáver, ante el asco que produjo a sus asistentes, permaneció abandonado y desnudo toda la noche. Luego, durante la velación, cayó una vela que incendió el catafalco, carbonizando medio cadáver.

En 1577 los calvinistas entraron en Uzeste, destrozaron su tumba, quemaron sus restos y lanzaron las cenizas al piso. Así mismo, Philippe IV “Le Bel”, rey de Francia, murió de fiebre y gangrena el 29 de setiembre de 1314, a raíz de las heridas ocasionadas luego de caerse del caballo durante una cacería, a causa de un jabalí. El olor que desprendían sus llagas era tal, según se dice, que resultaba repugnante y nauseabundo acercarse a su lecho de muerte.

 
Recuerda Carlos Raitzin que René Guénon, afirmó que la destrucción de la Orden del Temple marcó el comienzo de la ruptura de Occidente con la Tradición Primordial. Al haberse pisoteado, a mansalva, los valores espirituales por excelencia que representaba la Orden, es decir, los correspondientes a los niveles esotérico e iniciático, tenía que haber necesariamente una adversa reacción a nivel cósmico. Hoy esa tradición “perdida” se conserva en la Masonería.

 
 
Fuente: internet, diversas fuentes

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