Mujer Celta


Se
considera celta al pueblo conformado por tribus de raza indoeuropea
procedentes originariamente de las grandes planicies del Asia central
que 2.000 años antes de Cristo ya habitaban el centro y norte de Europa.

Entre
1.500 y 900 a.C. se extendieron por las Islas Británicas, norte de
Francia, parte de Suiza y norte de Italia. Llegaron a España en el 800
a.C. Su lengua (que dio lugar a varios dialectos) era de origen
indoeuropeo y de ella se conservan escasos registros literarios.

Tuvieron su mayor período de expansión entre el siglo III y el I a.C.

La
ancestral cultura de los celtas dejó notoria influencia en todo el
mundo occidental. Constituían una élite intelectual y guerrera con
adelantos técnicos que aportaron a las poblaciones de cada lugar al que
llegaron. A su vez ellos fueron también transformados por las
costumbres de los pueblos que conquistaron por ello no se puede hablar
de la existencia de una raza celta; sí de una cultura que es base de
varias naciones con identidad propia.

Para poder aproximarnos a
una idea aproximada de lo que fue la mujer celta es necesario entender
el contexto histórico en que vivió. Las principales fuentes que
poseemos de la sociedad celta son su marco jurídico, que puede
conocerse en los códigos y libros de leyes galas e irlandesas
recopilados en la Alta Edad Media. A través de su organización social
podemos ver el reflejo del espíritu celta original.

La célula base de la sociedad celta era la familia en el sentido extenso de la palabra, la gens indoeuropea. Esta familia se denominaba fine
y comprendía todos los parientes hasta noveno grado durante cuatro
generaciones, incluyendo desde los padres hasta los hijos de los
sobrinos. Cuando la familia crecía más allá de ese parentesco los
familiares emigraban para constituír una nueva familia. En este caso
era obligatoria la partición de los bienes familiares comunes hasta
entonces.

Las familias se agrupaban en la tribu, el tuath, que era la célula base de la sociedad de Irlanda. Los tuath
eran autosuficientes. Poseían su jerarquía social, su jefe o rey, sus
esclavos, sus bienes comunitarios, sus leyes y también sus deidades y
animales totémicos.

Los tuath era absolutamente
soberanos. Eran independientes entre si y nunca tuvieron necesidad de
agruparse. Algunos historiadores señalan que esta autonomía los hizo
débiles ante sus enemigos y fue una de las causas por las que fueron
borrados del mapa europeo con tanta facilidad.

El derecho celta
primitivo se basaba en la posesión del ganado, a diferencia del romano
basado en la posesión de la tierra. Los celtas tenían muy claro que la
tierra no podía tener dueño porque era un bien comunitario.

Eran un pueblo de pastores y guerreros, pero no eran nómades. Cada tuath
poseía un territorio fijo, pero las fronteras eran móviles porque no
les gustaba poner límites a la tierra, y siempre consideraron que la
tierra no podía tener dueño.

El sistema feudal celta funcionaba
a partir de un “contrato de ganado” establecido entre señor y siervo
ante un druida (más tarde un sacerdote). Esto significaba que el señor,
dueño del ganado, lo cedía a un siervo para que lo cuidara y sacara
provecho del mismo.

Todos, tanto los siervos como las mujeres u
hombres libres tenían derecho a acceder a un “contrato de ganado” y
este contrato sobrevivió hasta muy tarde en Irlanda. Las mujeres podían
poseer rebaños, hecho gracias al cual participaban plenamente de su
sociedad; al contrario de lo que sucedía a las mujeres de sociedades
feudales basadas en la propiedad de la tierra y en los “contratos de
tierra”.

La sociedad celta presenta rasgos muy arcaicos. Se
encuentra a mitad de camino entre las sociedades patriarcales
agrícolas, estructuradas en torno a la posesión de la tierra por parte
del padre; y las sociedades matrilineales, en las cuales la mujer es el
gran símbolo de fecundidad y el nexo fundamental de la familia.

Aunque
hubo reinas mujeres -como la famosa Boadicea que organizó una gran
revuelta contra los romanos, o Cartismandua, la reina de los Brigantes
que traicionó a su pueblo- el rey del tuath era habitualmente un hombre.

La mujer tenía derecho a elegir marido y no podían casarla sin su consentimiento; derecho del que carecían romanas y griegas.

Las
jóvenes podían casarse a partir de los 12 años. Llegado el momento se
organizaba un festín al que invitaban a todos los jóvenes. Allí la
muchacha elegía por sí misma y cuando lo había hecho ofrecía agua al
muchacho para lavarse las manos. Este gesto implicaba que ya estaban
casados (¡parece que el muchacho no podía negarse!).

El
matrimonio era una alianza entre dos familias regido por un complicado
código de normas de funcionamiento de los bienes comunes de la pareja.
Ambos cónyuges pagaban una dote de idéntica cantidad. Hombre y mujer
tenían absoluta igualdad de derechos y gran autonomía económica uno
respecto del otro. Cada uno conservaba sus bienes personales cuando se
divorciaban y los bienes comunes se repartían entre ambos.

Al
diferencia de lo que sucedía en Roma y Grecia, la mujer no entraba a
pertenecer a la familia del hombre, y continuaba poseyendo sus bienes.
Si enviudaba conservaba su patrimonio, mientras que el de su marido iba
a parar a la familia de él. Lo mismo sucedía si moría ella.

El
matrimonio no tenía carácter sagrado. No era más que un contrato con
cláusulas, si estas no se respetaban el matrimonio quedaba
automáticamente anulado. No tenían ceremonias matrimoniales, salvo el
festín antes mencionado, ni existía el concepto de matrimonio
religioso. Mas bien el matrimonio era considerado un acto de libertad
de los esposos, una especie de unión libre protegida por las leyes que
siempre era posible disolver mediante el divorcio.

Era normal
que las personas se casaran y divorciaran catorce veces o más y eso no
entrañaba ningún problema. Además el divorcio celta no era un repudio
en beneficio del hombre, como en otras sociedades patriarcales, sino
que hombre y mujer estaban situados en plano de estricta igualdad. Las
leyes comprendían numerosas causas por las cuales se podían divorciar
siendo el divorcio de común acuerdo una de ellas.

Los celtas
oscilaban entre la monogamia, la poligamia y hasta la androgamia que
significa que una mujer se casa con varios hombres (Cesar habla en sus
crónicas acerca de tribus bretonas que la practicaban). La poligamia
estaba muy extendida y todo hombre solía tener además de su esposa una
o más concubinas.

Con las concubinas el acuerdo era por un año.
Solían comenzar y acabar durante las ceremonias de Beltane o Lammas,
aunque otras fuentes lo citan en Imbolc. Acabado el año ambos eran
libres de renovar o no el llamado “matrimonio anual”.

Los
“matrimonios anuales” no perjudicaban jamás a la esposa original, la
única que recibía el título de esposa. Las concubinas debían colaborar
con ella en el trabajo de la casa y la esposa tenía la potestad de
rechazar la presencia de alguna concubina en la residencia familiar si
no le gustaba. Si el marido no respetaba su lugar ella podía
divorciarse. Además la esposa recibía la dote que la concubina pagaba
al marido. Al finalizar el concubinato la concubina recuperaba su dote.

No
siempre el hombre era el cabeza de familia. Según sus leyes había hasta
tres sistemas diferentes de situación de la mujer respecto del hombre.
A saber:
– Cuando hombre y mujer tenían el mismo dinero, había
igualdad de condiciones e independencia jurídica y económica de uno
respecto del otro.
– Si la mujer tenía menos dinero estaba en un rango inferior respecto del marido.

En el caso de que la mujer tuviera más dinero, ella era cabeza de
familia indiscutible. El marido carecía de autoridad y se lo llamaba “hombre bajo el poder de una mujer”.
Este hecho, que no significaba deshonra alguna, muestra sin duda
reminiscencias de estructuras relacionadas sociedades matrilineales.

Otras reminiscencias matrilineales se encuentran en la literatura irlandesa y galesa donde los héroes son nombrados “según su madre y no según su padre” (Conchobar, hijo de Ness; Gwydyon y Arianrod, hijo e hija de Don, Cuchulain hijo de Dechtire…). Esto indica que la sucesión matrilineal aún no había desaparecido de la memoria de los narradores.

Las
mujeres llevaban el cabello largo y trenzado, y a veces lo recogían en
complicados peinados. Eran muy aficionadas a los adornos; utilizaban
collares, brazaletes de bronce, plata u oro y cosían pequeñas campanas
en los bordes de sus túnicas. Llevaban capas con dibujos de rayas o
cuadros de brillantes colores; las que tenían más recursos las usaban
con bordados de oro y plata.

Tanto hombres como mujeres cuidaban mucho su apariencia y la obesidad les desagradaba profundamente. "Tratan de no engordar ni de ponerse panzudos", cuenta el griego Estrabón y también "…nadie debe exceder la longitud fijada por los agujeros del cinturón”.

Las
mujeres desempeñaban un papel importante en la educación de los niños y
de los jóvenes. Era costumbre que los hijos se enviaran a criar con
otra familia, estableciendo con las familias adoptivas lazos a veces
más profundos que con los propios familiares de sangre.

Cuando
llegaba el momento en que los jóvenes guerreros debían iniciarse en el
oficio de las armas, los enviaban junto a unas mujeres guerreras
extremadamente misteriosas, medio brujas medio amazonas, establecidas
por lo general en el norte de la isla de Bretaña.

Esas mujeres
guerreras, educadoras y brujas, eran también iniciadoras sexuales. Ello
nos recuerda una vez más que la libertad sexual entre los celtas era
muy grande, no existían tabúes sexuales ni noción de pecado vinculada
al sexo. La fragilidad del matrimonio es una prueba de ello así como la
práctica del concubinato, en el que la concubina estaba tan bien
considerada socialmente como la esposa.

Estuviera casada o no la
mujer tenía acceso a funciones muy diversas. No hay rastros históricos
de mujeres druidesas; aunque sí de magas y profetisas. Es muy
importantes recordar que en la iglesia celta cristiana las mujeres
podían celebrar misa hasta que la iglesia de Roma lo prohibió.

Históricamente
se conoce la existencia de monasterios de sacerdotisas. Los más famosos
fueron el de Kildare en Irlanda, el de la diosa Sul en Bath (Isla de
Bretaña), y la Isla de Mona donde vivían muchas sacerdotisas. La Isla
de Mona fue arrasada por los romanos, que asesinaron a las mayores, y
violaron repetidamente a las jóvenes para dejarlas embarazadas y
obligarlas a mezclar su linaje celta con el romano.

El celtas
fue un pueblo guerrero por naturaleza, capaz de luchar de manera muy
ruda unos contra otros por un insulto o por el simple placer del
combate. Los autores de la antigüedad clásica citan a las robustas
mujeres celtas, siempre dispuestas a ayudar a sus esposos en guerras o
disputas, o siendo ellas mismas las protagonistas de las mismas. "Toda una tropa de extranjeros sería incapaz de oponer resistencia a un solo galo si éste llamara a su mujer en su ayuda",
escribe el romano Marcellinus. Tal era su fervor guerrero y el
desprecio de la muerte que ostentaban que tanto hombres como mujeres
tenían la costumbre de luchar desnudos, ornados sólo con sus armas, un
cinturón y un torque (collar celta). Hay registros históricos de esta
costumbre en Galicia y Asturias, así como en Francia, Irlanda, Gran
Bretaña, Italia, Bélgica, etc.

Dice Diodoro de Sicilia: “entre los galos las mujeres son casi de la misma talla que los hombres, con los cuales rivalizan en coraje”.

Cuenta Amiano Marcelino: “El
humor de este pueblo es pendenciero y arrogante en exceso. El primero
de ellos en llegar a un enfrentamiento con los romanos hace frente a
varios de ellos a la vez, sin otra ayuda que su esposa, una campeona
aún más temible. Es digno de ver a esas marimachos, con las venas del
cuello hinchadas por la ira, balanceando sus robustos brazos blancos
como la nieve, y blandiendo pies y puños asestando golpes como una
catapulta.”

La sociedad celta también practicaba la
homosexualidad como relata Aristóteles y puede verse en ciertos relatos
épicos como el de Cuchulain. Algunas (no todas) de las mujeres de la
institución de las guerreras eran lesbianas.

Al igual que el
hombre, la mujer celta disfrutaba de su libertad y de los derechos que
le correspondieran por su rango social o fortuna personal. Podía
convertirse en jefa de familia, reinar, ser profetisa, guerrera, maga,
educadora, iniciadora; podía casarse o permanecer “virgen” -es decir soltera-, podía divorciarse y heredar.

Han
sido necesarios más de veinte siglos para que las mujeres recuperásemos
sólo algunos de esos derechos y privilegios perdidos a manos del triste
avance de la jerarquía patriarcal de bárbaros, romanos y católicos.
Ojalá que el espíritu de indómita libertad, fuerza, poder e igualdad de
nuestras ancestras celtas nos inspire siempre iluminando el camino a
seguir para que la fuerza de la femenina retorne y se haga visible para
defender a nuestra amada Madre Tierra.

Fuentes
¿Quiénes eran los celtas? Pablo Rodriguez Leirado.
La verdad sobre los druidas. Gälic Druham. Ediciones 29. 2001
Rituales celtas. Alexei Kondratiev. Editorial Kier. 2001
La mujer celta, mito y sociología. Jean Markale. MRA. Ediciones S.L. 2005.
El hada Morganna. Jean Markale. Booket. 1991.
El zodíaco lunar celta. Helena Paterson. Edaf. 2002

Fuente: APUNTES DE MARIANNA GARCÍA LEGAR http://circulosdemujeres.blogspot.com/2007/09/la-mujer-celta.html

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