Las Brujas en la Historia de Occidente

El próximo 31 de octubre
se celebra el día de las brujas, una conmemoración que ha sido
importada de Estados Unidos, pero que ya hace parte de las fiestas
importantes de nuestros niños y niñas, pero pocas veces nos detenemos a
pensar en quienes han sido verdaderamente esos personajes y cual ha
sido el rol que han desempeñado a todo lo largo de la historia. Por
otra parte la bruja, como personaje histórico y literario, me ha
llamado siempre poderosamente la atención; es por ello que el presente
artículo hace una breve reseña de esa mágica figura por la que a veces
sentimos miedo o atracción.

La bruja o hechicera es un personaje
legendario, se remonta incluso a la época de los faraones griegos. En
el libro “Las Sociedades Secretas”, de Peter Gitlitz, se menciona un
papiro encontrado en una de las pirámides, donde se puede observar al
faraón Ramsés III con punciones en diversas partes del cuerpo,
exactamente donde el faraón decía sentir dolencias. Según el papiro
ésto habría sucedido en el año 1.100 a. de J.C.

En la Grecia
antigua también se practicaba el oficio de la brujería. Los autores
clásicos hacen alusión a ellas y a sus pócimas mágicas. Teócrito nos
habla de ellas en su obra “Idilios” Y Horacio hace referencia a una
mujer de nombre Canidia, cuyo oficio era la preparación de perfumes y
de bebedizos para rendir culto a Príapo, el dios del sexo.

Pero
las brujas de la antigüedad estaban muy lejos de ser consideradas como
los seres maléficos del medioevo. En el mundo antiguo, como ocurre aún
hoy en día en los llamados “pueblos naturales”, no se hacía una clara
distinción entre magia y religión. La preparación de bebedizos y el
ejercicio de la magia estaban reservados a personas que gozaban de gran
prestigio dentro de la comunidad. Por otra parte sólo podía trabajar en
el oficio la persona que hubiese cumplido con largos y penosos años de
aprendizaje.

La persecución de las brujas sólo se inició en el
siglo XIV. En realidad las mujeres que serían posteriormente
perseguidas, torturadas y asesinadas en la hoguera o ahogadas en los
ríos, eran sacerdotisas al servicio de diosas de antiguas religiones
precristianas, religiones en su gran mayoría de origen panteísta. Su
gran crimen fue seguir profesando las creencias de sus antepasados, en
una época donde el cristianismo luchaba por asegurar su dominio como
única religión monoteísta en territorio europeo.

En la Alta Edad
Media, las brujas eran aquellas mujeres campesinas que conocían muy
bien su entorno, sabían qué plantas eran benéficas para las diversas
enfermedades que aquejaban a su familia y comunidad. Pero por este
conocimiento, que además era un oficio ejercido por los judíos (a
quienes sólo se les permitía ejercer los oficios concernientes a la
medicina, al comercio y a la de prestamistas), serían perseguidas
implacablemente por la Santa Inquisición. El manejo de las pócimas
curativas, es decir las primeras nociones científicas, no podían ser
del dominio femenino. A las brujas se las comenzó a quemar,
supuestamente, por herejes, pero la razón verdadera era por ser amantes
del conocimiento. No solamente se les quemaba, sino que se les sometía
a torturas y vejámenes sin límites; para lo cual se desarrollaron
aparatos de una alta sofisticación como la Dama de Nuremberg. Pero de
todas las torturas la peor era la psicológica, la persecución que se
les infligía llegaba a límites tan insoportables que sucumbían
rápidamente en la histeria colectiva, lo que agravaba aún más su
situación, puesto que sus torturadores podían aludir que estaban
poseídas por el diablo. En Alemania, por ejemplo, la caza de brujas
llegó a cotas tan altas, que en muchos poblados se quedaron sin
mujeres. Solo en Bamberg, la cacería condujo al asesinato de 600
personas, la mayoría de ellas mujeres, incluyendo a las niñas y algunas
veces a los hombres; por otra parte hay que tener en cuenta que los
poblados rara vez superaban los 2000 o 3000 habitantes. Pero el juicio
más famoso lo es sin duda la cacería de brujas emprendida en Salem
(Estados Unidos), en el invierno de 1.602; y llevada magistralmente a
las tablas por el dramaturgo Arthur Miller. Las acusadas, al menos en
un principio, pertenecían a las clases menos favorecidas, la primera en
ser acusada fue una esclava llamada Tituba, que además carecía de
cualquier derecho otorgado a los habitantes del pueblo. Le siguieron
una pobre mendiga, y una mujer que convivía en unión libre con un
funcionario. Estas mujeres eran consideradas como una mancha para la
comunidad puritana de su tiempo, se salían de los convencionalismos
exigidos por la época, por lo tanto no encajaban dentro de su
comunidad. La cacería sólo paró cuando llegó a las capas más
importantes de la sociedad, 18 meses después de haberse iniciado. Había
dejado 19 muertes, entre ellas la de un hombre. Frente a las muertes de
Europa, especialmente Alemania, esta cifra parece ridícula, no obstante
dejó una herida profunda en la sociedad norteamericana; y si Arthur
Miller no hubiera exorcizado ese dolor, es muy posible que la herida
nunca hubiese cerrado del todo. Se cree que la razón verdadera que
motivó todo el juicio, era una disputa concerniente a la posesión de
tierras.

¿Pero quiénes eran en realidad estas mujeres llamadas
brujas? Después de la persecución emprendida por la Santa Inquisición,
a las brujas se les ha identificado siempre con el mal, con las fuerzas
ocultas y con el culto a Satanás. La cacería de brujas corresponde a la
represión religiosa y sexual, ésta última derivada de un fuerte
sentimiento de misoginia, que ha caracterizado la tradición
judeocristiana. La represión si bien había comenzado desde el siglo XIV
no es sino hasta el año de 1.560 cuando se pondrá en marcha la gran
maquinaria de horror e ignominia en contra de las mujeres conocidas
como brujas. Dicha persecución obedecerá a oscuros sentimientos de
poder político y ambición económica. Por supuesto que había una
creencia generalizada en cuanto a la existencia de la hechicería se
refiere, hechicería que era mal comprendida, puesto que las mujeres que
la practicaban eran generalmente curanderas y parteras; que por su
mismo oficio, como se anotaba anteriormente, conocían muy bien su
entorno natural, algo que podía parecer insólito para el escaso o nulo
conocimiento científico de su tiempo. Cuando la cacería se desató,
cualquier acontecimiento que supuestamente se saliera de lo normal, era
considerado de origen satánico: Una enfermedad, la muerte de un ser
querido o de un animal, una sequía o una inundación… Si una mujer
auxiliaba a alguien con hambre y éste moría poco tiempo después, la
mujer en cuestión podía ser acusada de poseer poderes maléficos. Es de
suponer que estas creencias que simplemente correspondían a la
ignorancia que se tenían sobre la ciencia o sobre las fuerzas
naturales, contribuyeron al ejercicio de venganzas personales. Pero
también “cazar” brujas otorgaba poder político dentro de la comunidad a
la que se pertenecía, puesto que el “cazador” ganaba “respeto”, un
respeto que como es fácil suponerlo era más bien derivado del temor a
ser también acusado de prácticas de hechicería. El oficio de “cazador”
llegó a ser verdaderamente lucrativo desde todo punto de vista, ésto
incluía la edición de manuales que enseñaban como combatir la brujería.
El más famoso de todos fue el Malleus Malificarum. En Francia, el juez
que mandase a la hoguera o a la horca a cierto número de brujas,
adquiría prestigio dentro de su profesión y en el seno de la sociedad
de su tiempo.
Los hombres que también cayeron dentro de esta
ignominia, generalmente habían sufrido en carne propia la persecución
de sus hijas, sus esposas, hermanas o madres; es decir habían caído en
desgracia ante su comunidad. Se estima que entre 1.560 y 1.760 murieron
asesinadas en territorio europeo más de 100.000 "Brujas". Para entonces
cualquier rescoldo de religiones paganas había sido sofocado por las
Iglesias Católica y Protestante. Pero lo que es verdaderamente insólito
es que en el ocaso del siglo XX las comunidades campesinas europeas aún
seguían perpetuando imaginarios que supuestamente habrían desaparecido.
Me refiero a la condena a la hoguera de la cual fue víctima Estaricha
Yokanovich, una mujer serbia de 71 años, quien fuera golpeada con un
hacha por su yerno y nieta para evitar que huyera de la hoguera donde
finalmente moriría. Estaricha había sido víctima del mandato empleado
por la Inquisición siglos atrás: “No dejes con vida a la hechicera”. Y
si bien este relato pareciese haber ocurrido en el siglo XVI, fue tan
solo en el año de 1995 cuando la intolerancia e ignorancia revivieron
una vez más los horrores de esta macabra Institución.

Fuente:
http://beluesfeminas.blogspot.com/

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