Las Brujas en Europa en la época moderna



Cuando hablamos de las Brujas, viene a
nuestra mente la imagen de mujeres viejas, pobres, desgreñadas,
pálidas, llenas de arrugas, encorvadas, deformes, hoscas,
supersticiosas, malévolas. Y cómo evitar encontrarnos con estas
características si el mismo Shakespeare en Macbeth nos habla de estas
mujeres como "agentes de las tinieblas" o "hermanas fatídicas" .


En cualquier enciclopedia podemos encontrar un concepto de Bruja
similar al siguiente: "Mujer que tiene un pacto con el diablo, por el
que este le otorga poderes para hacer el mal. Mujer, generalmente
mayor, fea y desastrada…" Pero, ¿de dónde proviene este concepto? ¿En
toda la Historia de la Humanidad han existido las Brujas? Desde antaño,
como veremos más
adelante,
han existido mujeres con "poderes" especiales -hechiceras o curanderas-
que les otorga la naturaleza para realizar actos de predicciones, para
perjudicar a alguien, o simplemente como sanadoras; pero en ningún caso
atribuidas al concepto de Bruja. La Bruja es un concepto moderno que se
gestó en un periodo de caos y terror en una sociedad con valores
dogmáticos y
donde los
conceptos del Bien y el Mal se hallaban fuertemente arraigados según la
doctrina cristiana había establecida desde siglos. El estigma hacia
estas mujeres fue colectivo, algo que favoreció a que hasta hoy
tengamos un estereotipo tan marcado en nuestras mentes.

El mundo de los primeros tiempos.


Desde antaño, el hombre siempre ha interpretado su vida, su espacio y
su tiempo a través de las concepciones que su mundo le otorga y que
siempre han estado presentes en la Historia de la Humanidad. Con el
pasar del tiempo y todos los avances tecnológicos que existen hasta
hoy, podemos mirar nuestro entorno de una manera científica: el sol, la
luna, las estrellas, el firmamento, el día, la noche. Pero cuando estos
elementos conviven directamente con nosotros, involucrándonos con
ellos, podemos ver todo desde un punto de vista vital:

"…la
contemplación de un bello cielo azul, de una noche estrellada, de una
luna resplandeciente, de un horizonte tempestuoso, nos llegan más hondo
que cualquier teoría astronómica por perfecta que sea…"


En el paralelo de la Ciencia, encontraremos el Mito -como algo vital,
según Caro – ligado fuertemente a la religión, que permitió de una u
otra forma dar una explicación a su mundo. Por dar un ejemplo, tenemos
al Zeus griego o al Júpiter romano, el dios supremo, el gran señor de
los truenos . El hombre ha construido rituales para esas fuerzas
misteriosas con las que conviven y que están representadas en elementos
de la naturaleza, como el Sol, principio de vida, y la Luna, que
preside la noche y ampara a los muertos; o la Tierra como la madre de
todo, y en la misma manera, el cielo como el padre. Este pensamiento
mágico da paso a establecer el Sol o el Día como Vida, Fuerza, como el
Bien; y a la Luna o la Noche como Muerte, como el Mal .



¿Cómo situamos la Brujería en este mundo? Primero, partiendo por
relacionarlo con los acontecimientos mágicos. La Magia era atribuida a
personas -y ciertas mujeres- que tenían un fuerte contacto con la
naturaleza y que conocía todos sus secretos. En el mundo clásico se
sabe del continuo empleo de justificaciones mágicas para fenómenos
tales como producir la lluvia, calmar los vientos, parar el granizo,
expulsar las nubes, hacer prósperos los animales o las cosechas, curar
enfermedades, etc. Pero también era utilizada la Magia con torcidas
intenciones, como estropear las cosechas, enfermar los animales de los
enemigos, debilitar a estos mismos… La muerte también se creía
provocada por hechizos. Esto es un claro ejemplo el porqué asociar el
Mal con los actos de hechicerías, que han estado presentes siempre en
la historia.

El Mal tiene
su escenario en la noche, y sus divinidades protectoras también. Y
asimismo, estas tienen sus ministros caracterizados. Por esta razón es
que en muchos poemas de la Antigüedad, como los de Horacio, se
presentan a las hechiceras resaltando dos rasgos en particular: la Luna
y la Noche. Caro cita como ejemplo a la invocación de la Canidia
horaciana como ejemplo:

"¡Oh
confidente de mis actos, Noche y Diana, tú que reinas sobre el
silencio, cuando se realizan los ritos secretos, ahora, ahora mismo
volcad sobre las casas enemigas vuestra ira y vuestra divina voluntad!"

Aquí vemos claramente como
las dos divinidades participantes en actos mágicos son aludidas en un
mismo texto, pues su unión es inevitable. Para los latinos, la Luna
está representada como la diosa Diana, equiparada con la Artemis griega
que era una de las principales diosas, hija del dios Zeus y de Leto, y
hermana gemela del dios Apolo. Era la rectora de los dioses y diosas de
la caza y de los animales salvajes, especialmente los osos. Era también
la diosa del parto, de la naturaleza y de las cosechas. Como diosa de
la luna, se la identificaba muchas veces con Selene, también de la
mitología griega, quien era la diosa de la luna, hija del titán
Hiperión y de la titánide Tía, y hermana de Helios, dios del sol. Esta
se enamoró del joven y apuesto pastor Endimión, a quien sumió en un
sueño eterno para que nunca pudiera abandonarla. Otro nombre importante
entre los seres mitológicos es el de Hécate, diosa de la oscuridad e
hija de los titanes Perses y Asteria. A diferencia de Artemis, la que
representaba la luz lunar y el esplendor de la noche, Hécate
representaba la oscuridad y sus terrores. También era considerada
soberana de las almas de los muertos, apareciendo durante las noches
sin luna, con un cortejo de almas y perros lanzando aullidos
estremecedores. Era la diosa de la hechicería y lo arcano, y la
veneraban especialmente hechiceras o magas, quienes le ofrecían en
sacrificio corderos y perros negros.


Hécate es una divinidad propia para que se desarrollen cultos secretos
y la idea misma del terror. Pero ésta también tenía sus "ministros",
entre las que encontramos a Circe, una hechicera hija del dios Helios y
de la nereida Perseis, que con pociones y encantamientos, era capaz de
convertir a los seres humanos en animales, pero éstos conservaban la
razón, y tenían
total
conciencia de lo que les había ocurrido. Fue ella quien transformó en
cerdos a los compañeros de Odiseo y luego sorprendida de que alguien
pudiera resistirse a sus sortilegios, se enamoró de Odiseo que con la
ayuda del dios Hermes, recibió una hierba que lo hizo inmune a los
encantamientos de Circe. Y también está Medea, otra hechicera, hija de
Eetes, rey de Colquidae. Ella ayuda al héroe Jasón, que llegó a
Colquidae en busca del vellocino de oro. Medea se enamoró
desesperadamente de él y a cambio de la promesa de Jasón de una
fidelidad duradera y de llevarla a Grecia con él, le ayudó con sus
poderes mágicos a engañar a Eetes para obtener el vellocino. Ambas
hechiceras son protagonistas de hechos ocurridos en historias
legendarias, y son consideradas como hijas de Hécate. Pero también
cuántas hechiceras anónimas, que recurrían a Hécate o Diana bajo la
oscuridad o la luz de la luna para fabricar sus pociones y sus filtros,
invocando a las fuerzas oscuras con conjuros poéticos para llevar a
cabo sus actos, ya sea a través de magia maléfica, destinada a dañar o
perjudicar a otros; de magia amatoria, para concretar deseos y
pasiones; o a través de la metamorfosis, donde eran capaces de
transformarse a voluntad en animales o convertir a otros. Pero
independiente de sus poderes, a estas mujeres se les consideraba dentro
de un grupo, con su propia y clara reputación, y la gran mayoría de las
veces, fueron demandadas como mediadoras en ciertos asuntos.

El obscurecimiento del mundo en el periodo medieval.


La Edad Media siempre ha sido considerada como un periodo oscuro,
muchas veces desconocido, algo que favoreció enormemente en la
conformación de imágenes que lentamente se fueron convirtiendo en
escalofriantes y tenebrosas. Con la consolidación del cristianismo en
la sociedad europea, los antiguos valores y creencias tuvieron una
reinterpretación. Los antiguos cultos fueron considerados paganos y
heréticos, los dioses fueron asimilados a los demonios; ni siquiera los
cultos domésticos fueron tomados en cuenta. En pocas palabras, se
convirtieron en representaciones del Mal, inclusive, del Demonio mismo.
Michelet se queja al respecto:

"¿Qué
se ha hecho de la divina estrella de la mañana, cuyo centelleo sublime
más de una vez aclaró a Sócrates, a Arquímedes o a Platón?… Es un
diablo: el gran diablo Lucifer".


Sumándole la importancia de la tradición oral preponderante durante
este periodo, contribuyó también a difundir el concepto del Mal ya
personificado, ese "diablillo" que Michelet comienza a introducir en el
hogar, tentando y seduciendo a los hombres, y especialmente las
mujeres, interviniendo en sus débiles mentes para que le sirvieran y
así hacer daño en el mundo regido por Dios y la Iglesia, y por una
sociedad donde la característica principal era la desigualdad, las
injusticias y el abuso. El diablillo que lentamente poseería a la mujer
a través de un pacto, para así concederle sus deseos y el ascenso
social y moral que anhelaba -y necesitaba- luego de toda la represión e
injusticias que habían recaído sobre ella.



Las legislaciones cristianas del Imperio, condenaba los cultos
idolátricos y casi todas las prácticas mágicas. Esto permite avalar que
creían en la Magia, pues había un reconocimiento de su existencia.
Entre las "artes" mágicas que fueron tratadas como hechicerías, y que
se realizaron intentos teológicos por interpretarlas en forma no real,
están la Astrología, la Adivinación, la Necromancia, la Matemática, los
maleficios, la fabricación de filtros, la creencia de los sortilegios,
entre otros. Inclusive en las mismas expresiones artísticas, en las
portaladas góticas de las Iglesias, donde se ordena el Mundo centrado
por Dios, rodeado por ángeles y santos, quedando abajo los mortales, y
en la parte más inferior o acechando por los rincones, demonios,
espíritus malignos de horribles formas.


Se estableció firmemente una dualidad entre lo cristiano y lo pagano
bajo un punto de vista moral, bien definidas y antagónicas: se resaltó
la imagen de los cristianos como cultivadores del Bien y de las
virtudes, y la de las personas que vivían en el vicio y cultivaban el
Mal. Así nacieron los servidores de Dios y los servidores del Demonio,
del Diablo, ese ser sobrenatural o fuerza capaz de influir en las vidas
humanas. Estos servidores conservaron los cultos idolátricos y las
creencias
paganas, entre los que cohabitaban hechiceros y hechiceras, de los que
se decía que practicaban la demonolatría, un culto supersticioso
rendido al diablo. Sin duda alguna esto debía provocar un fuerte temor
en la gente. Miedo a las mujeres especialmente, el que culminó, según
Delumeau, en el inicio de los Tiempos Modernos.


El miedo ha sido y será un factor siempre presente entre los Hombres,
miedo a lo que no tiene explicación, a lo desconocido, a lo oculto. Uno
de los miedos que más penetraron durante la Edad Media, fue el miedo a
la mujer, tema antiguo, pero reforzado durante este periodo y también
durante la Modernidad, quizás, por el mismo auge que tuvo la brujería y
la persecución de las brujas. Las mujeres están más cerca de la
naturaleza -de hecho, por muchas culturas, especialmente las
americanas, la Naturaleza y la Tierra son consideradas como madres en
la concepción de su mundo: la Madre Naturaleza y la Madre Tierra- y por
estar mejor informadas de sus secretos, siempre se le han atribuido el
poder de profetizar, de curar o perjudicar por medio de recetas
misteriosas, de filtros y pociones misteriosas. Porque todo lo que la
rodea es misterioso: en sociedades con estructuras patriarcales se
temía al "otro sexo", pues los hombres -en término genérico- no poseían
rasgos ni actitudes que las mujeres, por naturaleza, adquirieron, como
la maternidad y el amamantamiento. La menstruación, las secreciones y
el líquido amniótico provocaban repulsión y un fuerte rechazo hacia las
mujeres, considerándolas impías y peligrosas, al extremo de no
permitirles incluso el ingreso a las iglesias estando en estas
condiciones. Delumeau habla también sobre el temor a la castración
debido al deseo femenino de poseer un pene, pues se decía que al tener
relaciones sexuales, las mujeres seccionaban el miembro masculino a
través de la vagina. También fue acusada de ser portadora de males:
así
fue Eva, que introdujo el pecado al mundo, el pecado original, comiendo
del fruto prohibido; y Pandora, que por curiosidad abrió la caja que le
encomendaron los dioses, y de la que brotaron innumerables males para
el cuerpo y tormentos para la mente.


Con este temor, durante el siglo XIII, se acabó con la situación
ambigua sobre los actos de las brujas y hechiceras, aunque en su gran
mayoría fueron consideradas netamente ilusorias, pero todas tenían un
turbio origen diabólico. Es en este momento cuando la imaginación se
llegó a concretar, y la aparición de los Aquelarres, la Misa Negra y
los Sabbats se hizo inevitable.


Los aquelarres, de acuerdo con la mayoría de los expertos, eran
reuniones de brujos y brujas, en mayoría mujeres, además de un líder,
generalmente masculino. Este líder estaba considerado como ministro del
diablo, y muchos de sus fieles le trataban como si fuera el mismo
demonio. Tradicionalmente se le representaba vestido de negro o con
disfraz de macho cabrío o cualquier otro animal que tuviera cuernos. Se
reunían una o dos veces por semana para que las brujas pudiesen llevar
a cabo ritos de culto al demonio. La Misa Negra era parodia de la misa
católica, burlándose del valor sacro de la misa cristiana, y en la cual
se le rendía culto al Diablo. Invertían los crucifijos, recitaban
oraciones tradicionales al revés, realizaban bendiciones con agua
sucia, utilizaban como altar el cuerpo de una mujer desnuda,
sacrificaban animales o ejecutaban extrañas prácticas sexuales y
orgiásticas. Los Sabbats eran otras reuniones donde se congregaban
masivamente miles de alegres asistentes, incluyendo los brujos y brujas
con sus novicios. En todos estaba presente el Diablo; se exacerbaban
los vicios, los excesos, las orgías y las iniciaciones a los futuros
servidores del Mal. Según Michelet, para que los aquelarres tomaran la
forma de una guerra declarada a Dios, era necesario llegar al fondo de
la desesperación, y haber perdido todo el respeto hacia este y los
dogmas de la Iglesia.

El inicio de las persecuciones.


La situación en torno a la brujería se tornó más compleja y delicada
desde que los actos heréticos comenzaron a ser perseguidos y
 castigados. Es necesario recalcar que en un principio las
persecuciones
se realizaban tanto a brujos como hechiceras, lo que queda recalcado en
el Canon Episcopi redactado en el siglo X:

"Los
Obispos y sus oficiales deben trabajar con toda su fuerza para
desarraigar completamente de sus parroquias el pernicioso arte de la
hechicería y de los maleficios inventados por el demonio. Y si ellos
encuentran a un hombre o a una mujer, seguidores de este mal, deben
arrojarlos de sus parroquias, sucia y vergonzosamente…"


Cuando se comenzaron a realizar las persecuciones a la brujería como
tales, no se obraba con total severidad ante estos actos. Caro comenta
que el papa León VII en una instrucción decía respecto a los acusados
de hechicerías que "aunque la vieja ley los castigaba con la muerte, la
justicia eclesiástica les perdonaba la vida, para que hagan penitencia"
; y más tarde, el papa Gregorio VII, en el siglo XI, escribió al rey de
Dinamarca pidiendo que se evitara en lo posible la
persecución
de mujeres inocentes bajo el pretexto de que habían causado tempestades
y epidemias. Esto denota una cierta conciencia y juicio respecto a la
veracidad de las acusaciones realizadas hacia las brujas.



Ya entre los siglos XII-XIII, la persecución a los herejes que se
entregaban a las prácticas mágicas, fue avalada por concilios y bulas
papales. En el año 1231, el papa Gregorio IX funda oficialmente la
institución de la Inquisición a través de la bula Excommunicamus, donde
el pontífice redujo la responsabilidad de los obispos en materia de
ortodoxia, sometió a los
inquisidores
bajo la jurisdicción del pontificado, y estableció severos castigos. El
cargo de inquisidor fue confiado mayoritariamente a los franciscanos y
a los dominicos, a causa de su mejor preparación teológica y su
supuesto rechazo de las ambiciones mundanas. El año 1326, el papa Juan
XXII, después de consultarlo con teólogos y obispos, redactó la bula
Super illius specula, donde se asimiló completamente la brujería a una
herejía, y la Inquisición recibió la facultad para perseguirla. Los
magos o las brujas, al adorar al diablo y firmar un pacto con él,
volvían la espalda a la fe verdadera; por lo tanto merecían ser
llamados herejes. Durante los siglos siguientes, XIII-XV, se
multiplicaron los escritos y documentos que impulsaban la represión, en
conjunto con la introducción del temor a la mujer ya antes comentada,
la idea del peligro que esta representaba, de la facilidad con la que
podía ser llamada a la tentación y por ende ser proclive a ejecutar el
Mal. Entre estos documentos destacan el Formicarius (1435-1437),
escrito por el dominico alemán Johannes Nider, que consta de doce
capítulos escritos en forma de diálogo entre un teólogo y un hombre que
pretende enterarse del pensamiento recto en materia de maleficios; y el
Malleus maleficarum (1486) escrito por Jacob Sprenger y Heinrich
Kramer, y de la que luego me remitiré.

El
Formicarius es la primera obra demonológica que insiste en el papel de
la mujer en la brujería, tema que el Malleus desarrolla
incansablemente. Este último está precedido por la conocida bula del
papa Inocencio VIII, el Summis desiderantes affectivus (1484), donde da
pie para la persecución de las personas que practican brujería o
hechicería, encantamientos o que utilizasen de algún modo las "artes
mágicas" en regiones alemanas:

"…
Decreto por la presente, en virtud de nuestra autoridad apostólica, que
se permitirá a los inquisidores en estas regiones ejercer su oficio de
Inquisición y proceder a la corrección, encarcelamiento, y castigo de
las personas mencionadas para sus ofensas y sus crímenes…"



El Malleus Maleficarum, además de adjuntar al comienzo de la obra la
bula de Inocencio VIII, permitió más que ningún otro libro, identificar
la magia popular como una forma de herejía. El carácter sistemático del
libro hizo de él una herramienta fundamental para quienes lo
utilizaron. Se realizaron 14 ediciones entre 1487 y 1520, más que
ninguna otra obra de demonología. Como ya hemos mencionado, el Malleus
trabaja al borde de la obsesión el papel de la mujer en la brujería. De
hecho, la primera parte consta en la necesidad de creer en las brujas
(nótese el femenino) y de sus vínculos con el Demonio.

Para
justificar la preponderancia de la mujer en temas diabólicos, he de
citar algunos extractos que me parecen interesantes para comprender
porqué la superstición se encuentra sobre todo en las mujeres:

"Y
de la maldad de las mujeres se habla en Ecclesiasticus, XXV: "No hay
cabeza superior a la de una serpiente, y no hay ira superior a la de
una mujer. Prefiero vivir con un león y un dragón que con una mujer
malévola". Y entre muchas otras cosas que en ese lugar preceden y
siguen al tema de la mujer maligna, concluye: todas las malignidades
son poca cosa en comparación con la de una mujer (…) ¡Qué otra cosa
es una mujer, sino un enemigo de la amistad, un castigo inevitable, un
mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un
peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la, naturaleza
pintado con alegres colores!…"

"Otros
han propuesto otras razones de que existan más mujeres supersticiosas
que hombres. Y la primera es que son más crédulas; y como el principal
objetivo del demonio es corromper la fe, prefiere atacarlas a ellas
(…) La segunda razón es que, por naturaleza, las mujeres son más
impresionables y más prontas a recibir la influencia de un espíritu
desencarnado; y que cuando usan bien esta cualidad, son muy buenas;
pero cuando la usan mal, son muy malas…"

"…es
mejor llamarla la herejía de las brujas que de los brujos, ya que el
nombre deriva del grupo más poderoso. Y bendito sea el Altísimo, quien
hasta hoy protegió al sexo masculino de tan gran delito; pues Él se
mostró dispuesto a nacer y sufrir por nosotros, y por lo tanto concedió
ese privilegio a los hombres…"


También se plantea la existencia de posible herejía al afirmar que la
brujas existen, o si "las personas que sostienen que las brujas no
existen deben ser consideradas como herejes, o si se las tiene que
considerar como gravemente sospechosas de sustentar opiniones
heréticas". Pero a pesar de todo, hay cierta consideración respecto a
las acusaciones, pues estas deben ser comprobadas con el mismo acusado :

"…
Más aun, debemos tener en cuenta la gran cantidad de personas que sin
duda, debido a su ignorancia, serán encontradas culpables de este
error. Y como el error es muy común, el rigor de la justicia estricta
puede ser atemperado por la piedad. Y en verdad es nuestra intención
tratar de excusar a quienes son culpables de esta herejía, antes que
acusarlos de hallarse infectados de la malicia de la herejía. Es
preferible, entonces, que si existieran graves sospechas de que un
hombre sostiene esa falsa opinión, no sea condenado en seguida por el
gran delito de herejía. (Véase la glosa de Bernardo a la palabra
condenado.) En verdad se puede juzgar a ese hombre como a una persona
de quien se tienen serias sospechas, pero no se lo condenará en su
ausencia, ni sin escucharlo…"


Otro punto -entre los muchos que trata- es sobre ese miedo a la
castración que hablamos anteriormente, y que en el Malleus se le dedica
un amplio comentario. Se preguntan si las brujas pueden maquinar una
ilusión engañosa para aparentar que el órgano masculino ha sido alejado
por entero y separado del cuerpo :

"…
cuando lo hacen las brujas, es sólo un asunto de hechizo, aunque no es
una ilusión en opinión del que lo sufre. Pues en verdad y realidad su
imaginación puede creer que algo no se encuentra presente, ya que
ninguno de sus sentidos exteriores como la vista o el tacto, pueden
percibir que esté presente. De esto puede decirse que hay una verdadera
atracción del miembro en la imaginación, aunque no en los hechos…"


Sobre esto, citan un divertido ejemplo, que narró un Venerable Padre de
la casa Dominica de Spires, donde un día mientras escuchaba
confesiones, un joven en le dijo muy acongojado, que había perdido el
miembro. Asombrado ante eso y nada dispuesto a creerle, tuvo pruebas de
ello cuando el joven le mostró el hecho al quitarse las ropas. Le
preguntó luego si sospechaba de alguien lo hubiese hechizado, a lo que
el joven respondió afirmativamente. Entonces le dijo al joven que fuera
a ella lo antes posible y la ablandarla con palabras dulces y promesas.
Así lo hizo, porque al volver le contó que estaba intacto y que había
recobrado todo. Y el sacerdote le creyó, pues lo confirmó con sus ojos.



La segunda parte, más narrativa y casuística, según Caro, desarrolla
dos temas; el primero explica hasta donde llega el poder de las brujas,
y el segundo, cómo combatirlo y acabar con sus males, concibiendo a
brujos y brujas como parte de una secta, tomando ejemplos del
Formicarius de Nider. La tercera parte trata del procedimiento a seguir
durante las interrogaciones. Para iniciar una causa basta la acusación
o denuncia de un particular. El juicio debe ser sencillo, rápido y
definitivo. El juez debe tener plenos poderes, pues él tiene que
decidir si el acusado puede defenderse, elige al abogado defensor, pone
las condiciones del juicio, convirtiéndose en acusador más que
cualquier otra cosa. Las torturas las realizaban a voluntad del juez, y
eran para hacer declarar al reo, y si aún de este modo no lo hacen, es
definitivamente un acto de encantamiento diabólico. No se aceptaba la
ordalía, y la retractación y el arrepentimiento muchas veces no
lograban librar de la muerte al condenado, pues la brujería no sólo era
considerada un crimen religioso, sino también era un delito civil. Las
interrogaciones a los reos constaban de varias preguntas, como las que
efectuó el Consejo de Madrid en 1609 ante un caso de presunta herejía.
Era un cuestionario dividido en catorce preguntas que debían
realizarlas a los acusados y a los
testigos, entre las que seleccioné las siguientes:

"
1° En que dias tenian las juntas y quanto tiempo estavan en ellas y a
que hora yvan y bolvian y si estando alla o yendo o viniendo oyan relox
campanas o perros o gallos del lugar mas cercano y quanto estava el
lugar mas cercano de la parte donde se juntavan.

2° Si sabian los dias y horas en que se havian de juntar; o, si havia alguna persona que las avesava y llamava y quien era.
5° Si yvan vestidas o desnudas y donde dexavan los vestidos y si los hallavan en la misma parte donde, o, en otra.

Si se untan para yr a las dichas juntas y en que parte y si dizen
algunas palabras y quales y con que unguento y de que se haze y quien
lo haze y si tienen el unguento o las cosas de que se haze (…)

11°
Si se confesavan en ese tiempo y si confesavan estas cosas a sus
confesores y quantas vezes las confesaron y si rescivian el Sanctisimo
Sacramento y quantas vezes lo hizieron y si dizian oraçiones de xrianos
y quales.

14° Quando examinaren
algun testigo o reo le pregunten los complices y a cada uno de los
complices le pregunten lo mismo para ber si contestan en los actos y
delictos y en la complicidad, para que mejor se pueda averiguar y
aclarar la verdad"



Durante el siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, los procesos y
ejecuciones de brujas se multiplicaron por toda Europa, alcanzando su
punto cúlmine entre los años 1560 y 1630, donde la locura por las
hogueras ardiendo se acentúo más que nunca. Todo esto acaeció junto a
los procesos Reformistas, que apoyándose en las falencias y el
desprestigio de la Iglesia y de los eclesiásticos, venía a dar solución
religiosa a la angustia de las personas que se veían sumergidas en el
pecado y en la miseria provocada en tiempos anteriores por las guerras,
las hambrunas y las pestes. Lutero estimuló la persecución de brujas y
judíos, pues como estos discrepaban de la fe verdadera, sólo podían ser
hijos del diablo, criaturas del demonio. Y luego los
Contrarreformistas, que en un clima de intolerancia, optaron por
recuperar los territorios

protestantes
a través de las armas, persiguiendo y castigando a estos nuevos
herejes. A pesar de esto, ambas doctrinas coincidían en algo: en el
castigo a la Magia y la persecución de las brujas.



El mundo europeo occidental moderno estaba sumergido en una fuerte
crisis religiosa, moral, social y económica. Tanto las brujas como los
judíos servían de demostración para hacer notar que el Mal emanaba
desde estos herejes que invocaban al Anticristo. La población más
afectada se veía tentada en atribuir todas las desgracias que acaecían
en el mundo a las fuerzas
demoníacas,
puesto que sentían más desprovistas ante ellas. Es normal, entonces,
encontrar estadísticamente durante este periodo más denuncias de con
respecto a maleficios y hechicerías. Todo daba paso a creer con más
fuerza que nunca en la presencia inminente del Mal y del mismo Satanás
en el mundo, y que toda catástrofe o crisis que acontecía, era debido
al producto del accionar de éste a través de sus fieles servidoras: las
Brujas.

Estamos frente a
una situación inevitable. El estereotipo de la Bruja ya ha sido
instalado en la mentalidad colectiva de la sociedad europea, y todos
esos fuertes rasgos que tanto la caracterizan, han dejado huellas que
perduran en el tiempo hasta hoy. Vimos como el proceso como se formó
este estigma, desde las magas de la Antigüedad hasta las hogueras
ardientes de
la Inquisición.
¿Y qué queda ahora? ¿Buscar culpables? ¿Culpables etéreos, como la
desigualdad social, las constantes injusticias, la ignorancia, la
exacerbada imaginación, Dios, el Demonio? ¿Quizás culpables más
concretos y tangibles, como la Iglesia y la Inquisición? ¿Fue acaso la
Iglesia el principal responsable de la estereotipación de estas mujeres
con las miles de hogueras encendidas que iluminaban la Europa moderna?
Delumeau expone un cuadro en el que se aprecian, en un periodo de
tiempo limitado, el total de las ejecuciones conocidas en ciertas
regiones de Europa. Y claramente, logra advertirse que muchos datos
entregados anteriormente en otras obras son evaluaciones bastante
fantasiosas o incluso excesivas -como es en el caso de Michelet, que
menciona la muerte en tres meses de 500 brujas sólo en Ginebra, durante
el año 1513- . Pero debemos tener en cuenta que durante este periodo la
Iglesia Católica no sólo perseguía a las brujas, a todas las personas
acusadas de practicar la hechicería o las "artes mágicas", sino también
reprimía a los judíos, a los moros y a los protestantes. Es importante
destacar también que las teorías demonológicas no fueron asunto
exclusivo de la Teología, pues muchos filósofos, físicos y matemáticos
debatían sobre el tema en las universidades europeas más prestigiosas.
Incluso se puede decir que el estudio de la demonología fue un impulso
precursor para la ciencia moderna, especialmente en el tema de la
medicina.



Sin pretenciones de aminorar la responsabilidad de la Inquisición
frente a las conocidas persecuciones y cazas de brujas, ya que nadie
puede desmentir que hubo muchas por todas las regiones europeas, además
de una gran variedad de condenas y castigos, hay algo que quiero
plantear y de una manera muy sencilla: si la Inquisición hubiese
castigado los crímenes de la
brujería
con el dogmatismo y la severidad que tanta fama le hizo ganar, ¿por qué
motivo entonces preocuparse en hacer entablar juicios a los condenados?
¿Cuál sería la razón del Malleus? ¿Para qué tanto interrogatorio?
Primero, porque una de las principales misiones de la Inquisición,
además de castigar los actos heréticos, era -aunque parezca extraño-
hacer justicia. Volveré a citar un fragmento del Malleus: "…Y como el
error es muy común, el rigor de la justicia estricta puede ser
atemperado por la piedad. Y en verdad es nuestra intención tratar de
excusar a quienes son culpables de esta herejía (…) En verdad se
puede juzgar a ese hombre como a una persona de quien se tienen serias
sospechas, pero no se lo condenará en su ausencia, ni sin
escucharlo…". No desmiento que pudieron existir jueces que abusaban
de su poder. La corrupción no está escrita, y sin embargo, los hombres
igual la practican. Referente al cuestionario también antes mencionado,
el que realizó el Consejo de Madrid en el año 1609, Caro hace un
comentario al respecto: "…Refleja de modo bastante claro la opinión
de muchos inquisidores españoles que, ya en el siglo XVI, no sólo
dudaban de la realidad de los actos atribuidos a las hechiceras, o,
mejor dicho, a las brujas, sino que creían que, en su proporción mayor,
eran ilusiones, aunque, a veces, diabólicas…" No podemos decir que la
Inquisición fue la culpable de la difusión del estereotipo de la Bruja,
sino que fue el imaginario colectivo lo que permitió dar fama al
Demonio, a sus actos y a sus servidoras.



Entonces, ¿por qué se formó esta imagen de la Bruja? Entre muchos
factores y variables que podrían dar respuesta a esta interrogante,
creo que una bastante importante y destacable, ha sido el Miedo. El
Miedo del que habla Delumeau cuando habla sobre las mujeres, y el Miedo
que provoca instantáneamente en el ser humano el Mal y todos sus
derivados. La mayoría de las personas, por naturaleza, reaccionan con
temor ante las cosas y las situaciones desconocidas, a eso que le causa
inseguridad, extrañeza, incertidumbre. El Diablo, los demonios, las
fuerzas malignas tienen el poder de cohibir a los individuos,
principalmente, como lo fue durante esta época, por significar herejía,
tentaciones, y por ende, Pecado. Quizás el temor más grande no era
hacia las fuerzas oscuras del Mal, sino temor al castigo que Dios le
otorgaría por dejarse influir
por
el Demonio. Pero este miedo fue colectivo y masivo, habitaba en la
mente de todas las personas, una mentalidad proveniente desde hace
siglos, desde el pensamiento mágico y mítico, y remarcado por el temor
nacido entre el caos y la crisis que imperó durante casi todo el
periodo moderno. Julio Caro dice que vivimos en un valle de lágrimas,
por el lado de los perseguidos y de los perseguidores, "porque una de
las características más grandes del que persigue es la de que siempre
tiene miedo; mucho miedo…"

Referencias:

– Caro Baroja, Julio; Inquisición, Brujería y Criptojudaísmo, Editorial Ariel, Madrid, 1974
– Caro Baroja, Julio; Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid, 1986
– Delumeau, Jean; El miedo en Occidente, Editorial Taurus, Madrid, 1989
– Koenigsberger, H. G.; Europa en el siglo XVI, Aguilar Ediciones, Madrid 1974
– Michelet, Jules; Historia del Satanismo y la Brujería, Editorial Dédalo, Buenos Aires (no figura año)

Palacios, Enrique; Mujer y magia en el occidente medieval: una
aproximación a la brujería en Europa desde el siglo VII al XV (tesis),
Universidad de Chile, Facultad de Filosofía y Humanidades, Departamento
de Ciencias Históricas, Santiago de Chile, 2000

– The Malleus Maleficarum, traducción por Fredy Núnez Munarriz
http://www.malleusmaleficarum.org

Fuente:
http://stepanchikovo.blogspot.com

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