El Hada

            La Luna ya estaba en su fase creciente. Morgana
estaba tumbada sobre su lecho pero no conseguía vencer el sueño. Se encontraba
en ese duermevela en el que el manto de la noche es tan fino como un velo y los
dos mundos, el visible y el invisible, se hacen uno solo.

        Sin
darse cuenta comenzó a percibir un penetrante y dulce aroma a flores, azucenas
quizás, y una ligera brisa mecía sus cabellos. Pero aquello no era una brisa,
era mucho más sutil, más bien parecía el suave aleteo de una mariposa. ¿Una
polilla tal vez?

        De
repente abrió los ojos y la vio. Su delicada y esbelta figura, los delicados y
primorosos colores de sus alas iridiscentes. Era una hada que revoloteaba
traviesa a su alrededor. Un diminuto arco iris en la oscuridad de la noche.

        Morgana
sintió el impulso de levantarse, ya que el hada parecía que así lo quería. Se
vistió su túnica púrpura, recogió sus largos cabellos negros con una cinta y
decidió seguirla.

        El hada
comenzó a revolotear nerviosa de aquí para allá por toda la estancia. Primero
se detuvo en el estante de las hierbas y señaló el que contenía la artemisa,
después, el romero, luego la salvia, también el tejo y por último la canela.
Morgana tomó su pañuelo y comenzó a coger pequeñas partes de todas aquellas
hierbas. Luego el hada señaló el cajón donde Morgana guardaba sus piedras, esta
lo abrió y el hada señaló el cuarzo, la amatista, la piedra luna y la piedra
del sol. Todo aquello resultaba de lo más extraño, pero Morgana no hizo
preguntas y se limitó a dejar que el Hada le indicara.

        El Hada
se dirigió después a la gran mesa que servía a Morgana de centro de trabajo, le
señaló el athame, una copa de plata, un cuenco con sal y el frontal de un
ciervo joven que había sido muerto durante los fuegos de Beltane.

        Morgana
tomó consigo todo aquello que le señaló el Hada y salieron de la Torre. Se
dirigieron a lo más profundo del bosque, pero no fueron al antiguo círculo de
piedras sino a un precioso claro del bosque rodeado de robles centenarios, al
abrigo de la Montaña Sagrada. Una vez allí el Hada le mostró un sendero
bordeado de jazmines y desapareció. Morgana lo reconoció al instante y
comprendió que se dirigía al nacimiento del manantial. La luz de la creciente
Señora de la Luna iluminaba el camino, el intenso olor de las flores y el
frescor de la noche avivaron sus sentidos. Cuando llegaron a la fuente natural
de dónde brotaba el agua, del corazón mismo de la montaña, comprendió que
estaba siendo llevada ante la Diosa misma.

        Al
llegar quedó fascinada ante el espectáculo que le ofrecía aquel paraje mágico.
Una pequeña laguna, protegida por una gran cueva, reflejaba un bellísimo cielo
estrellado. Alrededor, como una alfombra, se extendía mullida la hierba. Sólo
había visitado aquel lugar en una ocasión, hacía ya trece lunas, un día en el
que su tía, la Dama del Lago, le había pedido que la acompañara a recoger unas
hierbas para la celebración de Imbolc.

        Morgana
no recordaba que el lugar fuera tan hermoso y hechizante. Dejó que su intuición
la guiara, esa voz interior que la conectaba con lo sobrenatural; y actuó
segura de que la Diosa la requería a su lado.

        A la
orilla de la laguna dispuso todos los utensilios que había llevado consigo.
Trazó un pequeño círculo con las piedras. Con el athame dibujó un pentagrama en
el centro. A la derecha, el frontal de ciervo, a la izquierda, la copa con la
que había recogido agua fresca del manantial, el cuenco con sal y las hierbas.
Sin saber porqué se despojó de su túnica y quedó desnuda ante el improvisado
altar. Tomó de nuevo el athame entre sus manos y comenzó a invocar a las
Atalayas en deosil. Una vez hubo creado el círculo sagrado se sentó sobre la
fresca hierba y esperó a que la Diosa le hablara. Una gran emoción la
embargaba.

        ¿Cuánto
tiempo había pasado desde que saliera de la Torre? Era natural perder la noción
del tiempo dentro del círculo sagrado, lo había experimentado muchas veces
antes. Ya casi estaba amaneciendo. El Dios Sol no tardaría en alzarse para dar
calor e iluminar los campos con su energía. Recogió el altar, deshizo los
símbolos que había trazado sobre la hierba y lanzó a la laguna los restos del
ritual a modo de ofrenda. Todos los hijos de la Madre, vuelven a la Madre
pensó -. No recordaba nada de lo que la Señora le había
comunicado, así debía ser. Pero tenía la certeza de haber recibido su Gran Amor
y la extraña sensación de haber sido instruida, una vez más, en sus misterios.

        Una
melodiosa voz resonaba en su interior
los velos caerán y con claridad comprenderás, que con la ayuda
que recibirás, pronto todos tus temores partirán, así será
”…

, El Arte de Morgana, Todos los derechos reservados

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