La espera de Morgana

 


        
Cada Luna, ella toma su athame y,
lejos de su torre, se adentra en el círculo de piedras. Sobre el ara deposita
las ofrendas a la Diosa e invoca a los Guardianes de los Elementos. Habla con
los Antiguos para que ayuden a su caballero y descifre las señales que le hagan
encontrar el camino de vuelta, el camino que le llevará de regreso a ella.


        En lo más profundo del bosque ella
espera impaciente. Lleva muchas lunas en esa espera interminable. Hace ya
tantas, que no consigue recordar cuántas. Desde su torre, Morgana otea el
horizonte esperando escuchar en la lejanía el tronar de los cascos de su blanco
corcel, un atisbo de su cercanía, pero El se retrasa. Cuando se despidieron se
prometieron amor eterno, cada uno buscaría su propio Grial, la fuente de la
sabiduría y se reencontrarían para, juntos, continuar el Camino hacia las
Estrellas. Jamás dos seres se habían amado así. Volverían a encontrarse, sí,
pero quién sabía cuándo. Su bravo guerrero prometió volver y ella aún seguía
esperándole.


        ¿Por qué se retrasa el
reencuentro? – se pregunta Morgana – Es una Hija de la Luna, siempre ha
conseguido todo lo que se había propuesto. En su cuerpo llevaba las marcas de
su linaje y las diferentes iniciaciones por las que había pasado. La Diosa le
concedía todos sus deseos y el Dios la protegía. ¿Acaso no había pasado todas
las pruebas? ¿se trataba de otra lección de los Dioses? ¿los había ofendido de
algún modo que ella no conseguía recordar? ¿en qué se había equivocado? ¿o por
el contrario, era que ninguno estaba aún preparado para el encuentro? ¿había
perecido él en la batalla sin posibilidad de enviarle noticias o se había
perdido por los intrincados caminos? Esa incertidumbre comenzaba a desalentar a
Morgana.


        Rememoraba una y otra vez aquellos
tiempos felices en los que habían estado juntos. Días en los que se habían
amado tan profundamente que habían viajado fuera del tiempo. Aquellas emociones
estaban tan vivas y tan dentro de su ser que apenas podía recordar el rostro de
su amado. ¿Se reconocerían al verse? Morgana estaba segura de que sí. Una
simple mirada bastaría para que dos almas gemelas se reconocieran. Ella
imaginaba el momento y sabía que la sensación sería tan estremecedora que ambos
se reconocerían al instante, pero también sabía que muchos otros habían llegado
proclamándose sus valedores reclamándole su prenda.

 

        Morgana
sabía que los Dioses le habían enviado a todos aquellos guerreros porque, sin
saberlo ellos, portaban una gran lección vital para ella. Formaban parte de su
instrucción como Hija de la Luna. Y aunque ella los había amado a todos ellos,
a su manera, ninguno era Él o… ¿acaso en cada uno de ellos había un parte de
Él?
se preguntaba
Morgana
y por eso los
había amado tanto y de formas tan distintas; todos ellos habían dejado una
huella indeleble en su corazón. Una vez que habían partido, ella recordaba que
no había nada más bello que amar, amar con toda intensidad posible y hasta con locura.
Pero también era consciente de que no había nada más amado que lo que se
perdía.

 

        Ella
había amado mucho y había sido amada aún más. Qué dulce sensación es el Amor cuando
marca a los amantes con el divino fuego que consume.  Ese fuego que nos transforma en Dioses y nos
lleva al centro mismo del Universo y la Creación. Y una vez que se separan,
buscan desesperada e irremediablemente de nuevo ese delirio.

 

        Las
lunas continúan pasando y Morgana sigue esperando, tejiendo el tapiz de su
destino entre los seres del bosque, elementales de la naturaleza, unicornios,
dragones, elfos y hadas. Mecida por las cálidas manos de la Triple Diosa, unas
veces doncella, otras veces madre, otras anciana y otras… bruja. No está
sola, la Bendita Diosa del Mundo guía sus pasos.

 

Agua es mi sangre

Tierra es mi
cuerpo

Aire es mi aliento

y Fuego es mi espíritu.

, El Arte de Morgana, Todos los derechos reservados

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